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Nuestro Señor nos ha llamado a ser
Misioneros para que seamos sus auxiliares en la obra de la salvación de los
hombres, para que de veras seamos santos y santificadores. Jesús, en un día feliz, dijo a cada uno de
los futuros Misioneros, aunque de distinta manera: “Ven, sígueme”…
Ese día fue el de nuestra vocación. Y, al entrar al noviciado, correspondisteis
al llamamiento de Nuestro Señor. ¡Fuimos todos y cada uno, elegidos por Dios! Elección divina, siempre inmerecida, y que,
por lo mismo, manifiesta mucho más la infinita misericordia de Dios para
nosotros. 2. ¡Qué hermosa vocación la nuestra, mis
amados hijos! ¡Oh, la Vocación, el llamamiento de Dios!
¿Quién comprenderá, en este mundo, lo grande, lo sublime, lo divino que
es? 3. Un día vimos brillar, en el fondo de
nuestra alma, una luz pequeña… ¡Esa luz era nuestra vocación!… ¡No
empezó nunca a brillar… un día la vimos, nosotros, brillar!… ¡Pero brilló esa lucecita, desde la
eternidad, en Dios, en el Corazón de Dios, en el amor que ha tenido para
cada miembro de esta amadísima y misteriosa familia de Adán y Eva! ¡La gratitud es el aire que respiran
nuestras almas! Nosotros sabemos cómo nacimos, y nos sentimos privilegiados
entre todos… ¡Oh sí, nuestra vocación, la vocación de
cada uno de nosotros, fue un acto especial del amor de Dios! 4. El amor se paga con amor, y no se puede
pagar de otra manera… Pero ese acto de amor especial de todo un Dios, ¿acaso
se puede agradecer plenamente de alguna manera? No, pues es infinito, diré,
como el mismo Dios. El único modo de agradecer la gracia de nuestra Vocación
es el don completo, hecho
a Dios, nuestro Padre amantísimo, de todo lo que somos.
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