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Cada Misionero es el primer responsable de su formación y por eso debe
tener una actitud fundamental de correspondencia al Espíritu Santo, de
disponibilidad a su gracia y de apertura a los signos de la voluntad de
Dios.
Nuestra vocación exige una formación
integral que abarque las siguientes áreas:
La evolución de nuestra persona requiere una
formación progresiva que se desarrolla en las siguientes etapas:
Terminada
la formación básica comienza la formación permanente, en la que el
Misionero del Espíritu Santo se renueva, a lo largo de la vida, en las áreas
espiritual, humana, intelectual y pastoral.
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