Fernando Torre Medina Mora, msps.
Los santos son para nosotros ejemplo y
estímulo. El mes pasado reflexionamos sobre el celo apostólico de Conchita Cabrera de
Armida; veamos ahora al P. Félix de Jesús. Conocer la manera como él se entregó a
servir a los demás, puede encender en nosotros el deseo de llevar a todos la Buena
Noticia de Jesucristo.
Félix Rougier Olanier estudiaba en la
Cartuja de Le Puy. Tenía unos 18 años cuando llegó a su escuela Mons. Eloy, un obispo
misionero que empleaba los últimos años de su vida en buscar vocaciones. A la sombra de
la imagen de la Sma. Virgen, les habló con fuego sobre las misiones de Oceanía.
Concluyó diciendo: «Los que se sientan llamados por Dios para ir a ayudarme en esas
lejanas misiones, levanten la mano».
Félix, auvernés de pura sangre, dice:
«Yo miré en torno mío, sin que ninguna mano se levantara; sentí interiormente un
movimiento irresistible, y me determiné en un segundo, a irme con el Obispo misionero, y
levanté la mano».
Las misiones se convierten en su sueño.
Dar a conocer a Jesucristo es su ideal.
En 1882, cuando hacía sus estudios de
preparación para el sacerdocio, Félix Rougier va a Tolón, a ver a Don Bosco para
suplicarle que lo bendiga y pida a Dios la curación de su mano derecha, pues quiere ser
sacerdote. Días después va a la Catedral para oír predicar a Don Bosco. Éste se acerca
a Félix y, con visión profética, le dice: «Dios te hará ganar muchas almas».
El sueño de ir a Oceanía se retrasa, pues
una vez ordenado sacerdote sus superiores lo destinan a Barcelona. Allí enseña Sagrada
Escritura durante ocho años.
«La Sma. Virgen lo necesita para una
fundación en Colombia», le escribe el Superior General en 1895. El P. Félix escribe:
«¡A Colombia!
El sueño de toda mi vida
el sueño de ser misionero
finalmente se iba a realizar». Al pie del sagrario exclama: «Oh mi buen Jesús
me
pongo en tus manos para ser tu apóstol donde te plazca. Tú te complaces en servirte de
los instrumentos más miserables para realizar tus designios misericordiosos en favor de
las almas. Concédeme ser ese instrumento, y para eso me entrego sin reserva a Ti por las
manos de la Sma. Virgen, a quien confío este asunto».
Durante los seis años que el P. Félix
permaneció en Colombia tuvo una actividad apostólica amplia e intensa. Fue un incansable
misionero. Nada lo detenía. De él, dice el P. Juan María Till: «lo que me llamó la
atención, y realmente causó gran admiración, era la actividad grande del P. Félix y su
espíritu emprendedor, es decir, su gran celo para hacer bien a las almas y a los
pobres
Yo admiraba sinceramente su fuerza de resistencia física, sí, pero también
la energía con que arrostraba los trabajos más duros: viajes a caballo por los ardientes
llanos y las montañas escabrosas
Nunca lo oí quejarse del cansancio».
En 1902, sus superiores lo mandan a
México. Es superior de la comunidad que atiende la Parroquia Francesa, en el templo del
Colegio de Niñas. Allí tiene más trabajo que en Colombia. «Yo estoy muy contento
aquí, pues hay trabajo para diez».
El Espíritu Santo le inspira buscar un
campo de mayor perfección. El 4 de febrero de 1903, a través de Conchita Cabrera de
Armida, Jesús le revela cuál será ese campo: las Obras de la Cruz.
Al enterarse de que hay una congregación
religiosa femenina que vive la Espiritualidad de la Cruz, el P. Félix pregunta: «¿Hay
un Oasis de hombres?» La respuesta de Conchita fue: «No
, pero lo habrá». El
Jueves Santo de ese año, Conchita le manifiesta que él ha sido escogido por Jesús
«para fundar a su tiempo el Oasis de hombres».
En 1904, el P. Félix se despide de
Conchita y se embarca rumbo a Francia. Va a pedir a sus superiores el permiso para hacer
la fundación. Conchita se desahoga escribiendo en su Cuenta de Conciencia: «De veras,
¡Dios mío!, Tú sabes que no tengo del padre Félix sino ejemplos que imitar
Siempre obediente. Siempre tierno para los pobres y para toda aflicción, en donde quiera
que la veía. Siempre desprendido de los bienes terrenos, caritativo, complaciente, y
dispuesto a cualquier sacrificio
El fuego del amor divino que ardía en su corazón
era constante, y yo me admiraba de su fuerza y ternura sin igual
La actividad es su
centro. Sus días en México fueron llenos de buenas obras, siempre haciendo el bien,
siempre consolando, ayudando y enjugando lágrimas. En la Penitenciaría, cuando iba a
confesar a algún reo, me platicaba que después le besaba los pies».
Sus superiores le niegan el permiso y lo
mandan a Barcelona. Durante los diez años de su destierro, el P. Félix tenía las manos
atadas para trabajar en lo relativo a la fundación de los Misioneros del Espíritu Santo.
Pero no las tenía atadas para hacer el bien. En Barcelona comenzó pidiendo limosna para
el sostenimiento de la Capilla Francesa y dando clases a niños de cinco a doce años.
«Siendo la santísima voluntad de Dios, hacer eso u otra cosa ¿qué importa?» Después
dio clases en el seminario y ayudó a muchas comunidades religiosas.
En Saint-Chamond, durante cinco años,
realizó su apostolado como profesor y director espiritual del colegio. En ese tiempo,
como en los años siguientes, el P. Félix dedicó muchas horas, casi todos los días, a
escribir cartas. «¡Cosa terrible es la correspondencia! ¡Cuánto tiempo devora! Pero a
veces se hace amar mucho a Jesús y es tiempo muy bien empleado»; «sólo tengo por fin
hacer bien a las almas».
Otros medios que el P. Félix utilizó para
propagar en Europa la Espiritualidad de la Cruz fueron las ediciones y traducciones de los
libros de la Sra. Armida (especialmente Ante el Altar y Horas Santas).
En 1914 sonó la hora de Dios y el P.
Félix pudo regresar a México. El 25 de diciembre funda a los Misioneros del Espíritu
Santo.
Durante los primeros años de la
Congregación, Félix de Jesús no descansó; alternaba su trabajo de formador con el de
promotor vocacional. Posteriormente a esto se añadió la predicación a sacerdotes y
religiosas, la dirección espiritual, las fundaciones de comunidades de Misioneros del
Espíritu Santo, los viajes, los escritos
Félix de Jesús no podía ver una
necesidad sin compadecerse y sin sentirse impulsado a responder a ella:
para dar de comer a los pobres que dejaba la guerra civil
en Colombia, funda "El Pan de los pobres de san Antonio";
para difundir el espíritu de la Cruz, a fines de 1903,
en el templo del Colegio de Niñas, comienza a publicar semanalmente una hoja parroquial
titulada La Cruz; y en 1921 funda la revista La Cruz;
para promover el amor y la devoción al Espíritu Santo,
logra que en 1925 la nación mexicana sea consagrada a este divino Espíritu;
para colaborar en la formación del clero para las
diócesis mexicanas más necesitadas, en 1929 acepta la dirección del seminario de
Castroville;
para favorecer la renovación integral de los sacerdotes,
en 1929 funda la Casa Sacerdotal;
para «hacer que la Sma. Virgen sea más conocida para
que sea más amada», en 1936 publica el libro María;
para anunciar el Evangelio de Jesucristo a quienes no lo
conocen, en 1933 funda la "Liga Nacional por la conversión de los judíos";
para «la preparación de los sacerdotes del mañana»,
funda a las Hijas del Espíritu Santo;
para evangelizar a los indígenas, funda a las Misioneras
Guadalupanas del Espíritu Santo;
para ayudar a la formación de los sacerdotes, tanto
espiritual como materialmente, funda a las Oblatas de Jesús Sacerdote;
para colaborar con Jesús en la salvación de los
hombres, impulsa el desarrollo de las Obras de la Cruz.
El P. Félix no sólo fue un apóstol, sino
que con su vida y su palabra enseñó a sus hijos e hijas a ser apóstoles, siendo al
mismo tiempo contemplativos.
La conciencia que él tenía de ser sólo
un instrumento en las manos de Dios, aparece claramente en un texto que escribió seis
meses antes de su muerte: «El apostolado no es, como casi todos se figuran, una empresa
humana, es una empresa en la cual Dios mismo quiere obrar por medio de nosotros. Jesús,
Jesús, Jesús obrando, en unión con María, por medio de sus Misioneros».
Para Félix de Jesús, lo importante en la
misión no es realizar tal o cual tarea, sino cumplir la voluntad del Padre. Donde está
la obediencia allí están las bendiciones de Dios. Si es la voluntad del Padre, lo mismo
da impartir clases a niños de cinco años, ser fundador, predicar ejercicios espirituales
a sacerdotes, ser capellán militar, dar clases de Sagrada Escritura, ser director
espiritual de obispos, ser maestro de novicios o pedir limosna.
Porque cumplió la voluntad del Padre,
Félix de Jesús ganó y sigue ganando muchas almas para Dios.
La manera como Félix de Jesús realizó su
misión es una confrontación, no sólo para las Congregaciones religiosas por él
fundadas o para la Familia de la Cruz, sino para todos los cristianos:
¿Tenemos su prontitud para responder a la llamada de
Dios?
¿Somos capaces de ver las necesidades y aflicciones de
los demás? ¿Nos compadecemos de ellos? ¿Hacemos algo para ayudarlos?
¿Somos generosos en nuestro trabajo, sin quejarnos del
cansancio?
¿Nos interesamos por los sacerdotes, por ayudarles
espiritual y materialmente, por colaborar con ellos en el trabajo pastoral, por suscitar
vocaciones?
¿Sentimos verdaderos anhelos por la salvación de todos?
¿Impulsamos el desarrollo de las Obras de la Cruz?
¿Nos alegramos cuando tenemos mucho trabajo en favor de
los demás?
¿Nos preocupamos por los pobres? ¿Somos tiernos con
ellos?
¿Tenemos iniciativa y creatividad para servir a los
demás? ¿Tenemos espíritu emprendedor?
¿Nos da lo mismo realizar cualquier tarea, siendo la
voluntad de Dios?
Félix de Jesús no estaba hecho de un
barro distinto del nuestro. Nosotros también podemos realizar nuestra misión con la
misma pasión con que él realizó la suya. Basta con que, como él, estemos enamorados de
Jesucristo, nos dejemos mover por el Espíritu Santo y busquemos siempre complacer al
Padre. Y si realizamos nuestra misión Dios nos hará ganar muchas almas.