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CUANDO
UNA
MADRE
SE VA…

Ismael Gómez Gordillo M., M.Sp.S.

Una copla española canta: "Cuando un amigo se va…." Es triste y alegre, en tono menor y con palmas que achispan el alma. Una copla parecida quiero hoy aquí cantar. No es noticia mundial, ni internacional. Ni siquiera es nacional, sólo familiar: el fallecimiento reciente de mi madre. Pero llena mi mirada desde abril como pupilente que me hace ver la nación y el mundo hoy de manera diversa… con el optimismo de que vale la pena vivir bajo la mirada del Padre, la adhesión al Hijo y la fortaleza del Espíritu Santo, como María y José, en medio de este mundo trágico y maravilloso.

ALGO SE ROMPE EN EL ALMA

Tenía mi madre 90 años y una muerte muy anunciada. Sin embargo, "algo se rompe en el alma" cuando una madre se va. Ella como referencia, punto visible que concentraba a la familia, hijos, nietos y bisnietos, se ha hecho invisible, y el alma la busca en el universo de Dios eterno. Pretende la vista señalarla entre las estrellas de una noche clara. Sin embargo, si descubre su luz no escucha ya su voz. El alma filial, sin embargo, percibe mil ecos que vienen del pasado y se empalman en el tiempo: tiernos de la infancia; pensativos en nuestra juventud entusiasta e inquieta; reclamos amorosos en tierras lejanas como España, Roma y Lima; esperanza de retorno cuando viví en Guadalajara; hechos aplauso en la visita semanal de los doce últimos años en el Distrito Federal. Voces de su silencio.

EL CENTRO DE SU VIDA:
LA FIDELIDAD

Militó en el riesgo pro cristero, con apoyos urbanos en Santa María la Ribera y fue fiel a esa fe sólida en Cristo Rey, confiada en el Sagrado Corazón y Santa María de Guadalupe hasta el último aliento de su vida. Nunca dejó de rezar al Padre Bueno por todos los suyos, los gratos y los ingratos. Enseñó esa fe y batalló por la autenticidad en la medida de sus fuerzas, su inventiva pedagógica joven y su prudencia senil.

Cumplió también la fidelidad para con su esposo, mi padre, hasta el final: su argolla de boda, que nunca se quitó y me heredó nominalmente, lo muestra "Ismael 21 XI 31" —día de su boda. Fue una fidelidad conquistada palmo a palmo, en la presencia primera y a pesar de la larga ausencia final del compañero de su madurez. En nosotros, sus seis hijos, encontraba fuerza para superar recuerdos, recelos y rencores: "sin él no los hubiera tenido a ustedes" —repetía con alegre nostalgia.

Fidelidad a nosotros: a sus cinco hijas y a mí, su hijo varón, el quinto de la familia. Se mostraba en su papel de digna «matriarca»: con su amor incondicional, más allá de lo FLORIDO.

Como Pedro y Juan ante el paralítico —según narran los Hechos de los Apóstoles— ella no nos dejó oro ni plata, pero sí una fe firme y entera en Jesús resucitado y resucitador, que ha florecido en el campo de su vasta descendencia, la cual cultivaba hecha fotografías en su cómoda del espejo, que se peleaban el lugar por estar siempre ante su mirada orante, sufriente y sonriente.

Sus conceptos religiosos eran tan sencillos como los de los Evangelios, sin glosas ni sofisticaciones. Su abono fue el testimonio coherente de lo que cultivaba. Transmitió lo que recibió —como san Pablo. Nos abrió al agua vivificante del Bautismo; nos fortificó desde la infancia en la Confirmación del Espíritu; nos enseñó a Reconciliarnos en la confesión con sinceridad; nos presentó espléndidamente con corazón de fiesta al encuentro con Jesús en la Eucaristía; cultivó mi vocación a la Orden sagrada y la vocación de cada hija: unas al matrimonio sacramental, otra a la consagración fidelísima al Señor en el Opus Dei. Todos diversos y todos unidos. Practicó la Unción de los enfermos con paciencia y como ofrenda de sus dolores con valor redentor, unidos a Cristo sacerdote.

En Santa María de Guadalupe nos mostró a la madre de todos, maestra de la vida creyente mexicana, compañera de todos los caminos, amiga discreta de ojos bajos y pródiga en cuidados por los más necesitados. No más. No menos.

Nos abrió así el camino al paraíso, con la paciencia de Job, la esperanza de Jeremías, la simplicidad de san Marcos y la intimidad de san Juan. Se comprometió en la asociación Alianza de Amor con el Sagrado Corazón de Jesús. Participó muy de cerca en los inicios de la «escuelita» sencilla y maravillosa que fundó su hermana Josefina ("la Señora Campos") para llegar a ser "mujer, esposa, madre y apóstol", que ahora cuenta con innumerables grupos en México y fuera de la República.

Nunca perdió su identidad guanajuatense y veía ciertas telenovelas más por contemplar los parajes de su ciudad natal que por sus argumentos, generalmente muy rebuscados, que no obstante la entretenían.

Todo esto, adivinado por nosotros más que dialogado, lo gozamos floreciente en todas las familias (veintitantas) que entreveran sus raíces con la suya. Al contemplar ahora fotografías a su alrededor imagino un campo florido, con toda la diversidad de flores, plantas, tierras con cultivos perfectos y periódicos, junto a otros improvisados y creativos; árboles gigantes y frágiles arbustos en desarrollo. Son tantas hectáreas cuantos fueron los años de su vida… hectáreas de vida humana en efervescencia, de vida psíquica en continua renovación y de vida espiritual en búsqueda de una mejor acogida de Dios-con-nosotros.

PRESENCIA ENTRAÑADA

Extrañarla sería declararla «extraña»: hemos de «entrañarla» —como enseñó sobre los seres amados el jesuita hindú Tony de Mello.

Por don del Padre-Madre Dios, ella nos engendró en su entraña materna; de ahí salimos a la luz uno a uno. Ahora ha salido del haz de nuestra luz solar, para pasar a nuestra entraña de hijas/o, de nietas/os y de bisnietas/os, llegados o por llegar (dos vienen en camino hoy).

Como un instrumento musical interior, cada vez que pulsemos su imagen o su palabra, ha de sonar una melodía inmortal que arrulle o despierte, que enseñe o deleite, que advierta o serene. Serán los sonidos del silencio que a María Santísima le suscitó el misterio de su Hijo y a nosotros, los hijos, el misterio de su madre.

Se sucederán en la suya las voces del Espíritu Santo que guía o retiene, sana o endereza, encauza o simplemente refresca. No se ha ido quién sabe a donde, sino que vive el cielo del amor del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo prolongado en nosotros, creadores de nuevas sinfonías para el siglo que nace y que tendrán en ella siempre unas pautas que sostengan en la unidad la gran diversidad del ayer, del hoy y del mañana, injertadas en aquel que nos prometió "Yo estaré con vosotros todos los días hasta el final del mundo".

El 25 de mayo 1999, XXX aniversario
de mi Ordenación Sacerdotal

 

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