Con hueso, sin hueso
A los Consejos Centrales y demás
dirigentes
del Apostolado de la Cruz y la Alianza de Amor |
Por el título, parecería que voy a hablar de aceitunas: con hueso, sin hueso. Pero no.
Voy a hablar sobre la autoridad. En México, una forma popular (y medio vulgar) de
expresar que una persona tiene un cargo de autoridad, es diciendo que tiene "un
hueso".
En los grupos de Iglesia, así como en
organizaciones de otro tipo, ordinariamente hay alguien que tiene la autoridad:
coordinador/a, presidente, animador/a, superior/a, párroco, obispo
Casi siempre esa
autoridad le es concedida por un período determinado. Por tanto, quien durante un tiempo
tuvo autoridad, después deja de tenerla.
¿Qué sucede en el interior de la persona
cuando deja de tener autoridad en un grupo, asociación, comunidad, congregación,
parroquia, diócesis?
Con
hueso
En estas páginas me fijaré únicamente en
la autoridad dentro de la Iglesia, pues en otros grupos la manera como se entiende y se
ejerce la autoridad es muy diferente (cf Lc 22, 24-27).
La autoridad en la Iglesia es un servicio.
No es un privilegio o una dignidad. Es un ministerio en favor de los demás.
Sabemos que «todo cargo es carga», pues
implica responsabilidad, esfuerzo y tiempo. Por eso muchos rechazan los cargos de
autoridad. Esto se debe a la pereza, al acomodamiento, a la tendencia a evitar riesgos,
críticas o problemas.
Ser elegido o nombrado para un cargo de
autoridad significa reconocimiento por parte del grupo. Es una manifestación de que me
valoran, de que creen en mis capacidades, de que confían en mí. Esto me hace sentir
valioso y digno de confianza.
Dejar de tener el cargo, es perder todo
eso.
¿Qué nos sucede cuando, después de haber
tenido "un hueso", dejamos de tenerlo?
Sin
hueso
Al dejar un cargo, podemos sentirnos
contentos por haber sido liberados de la carga, pero esto no quita que vivamos un proceso
de duelo, de luto, pues perdemos algo que significa mucho para nosotros.
¿Cómo reaccionamos ante esta pérdida?
con rabia y rebeldía: «Aquí no tenemos lugar los
viejos», «Son unos ingratos; no valoran todo lo que yo hice por ellos»
con depresión: «Yo ya no sirvo», «Me quitaron porque
lo hice mal»
Si consideré que tener un cargo fue una conquista mía, entonces
dejar de tenerlo puedo interpretarlo como un fracaso.
con racionalización: «Tuvieron razón en no
reelegirme», «Qué bueno que haya otras personas mejores que yo»
con celos y envidias: «Ya verán que el nuevo
coordinador no hará ni la mitad de lo que yo hice», «La eligieron porque es más rica /
joven / atractiva que yo, pero yo soy más capaz que ella»
Ya no tengo el cargo, ¿ahora qué?
Pues con sinceridad no negar que, para mí,
no es indiferente no tener ya el cargo. Sólo así puedo superar las tentaciones que se me
presentan.
Una tentación es buscar reconocimiento y gratitud de
parte del grupo al que serví. Y para esto recordarles, una y otra vez, todo lo que yo
hice, lo que me sacrifiqué por ellos, los problemas que tuve que enfrentar, las metas que
alcancé.
Otra tentación es querer ejercer todavía una influencia
sobre el grupo, y convertirme así en una autoridad paralela. Esto sólo consigue que el
grupo se divida. Hay personas que sienten hacia mí una deuda de gratitud o que están
vinculadas afectivamente conmigo; yo puedo seguir influyendo en el grupo a través de
ellas.
La tercera tentación es cambiar de grupo o crear uno
nuevo donde yo siga teniendo la máxima autoridad: «Yo tengo mucho que dar, pero aquí ya
no me quieren; buscaré otra comunidad donde sea útil y me valoren.» Esto se agrava
cuando otros grupos eclesiales andan "a la caza" de personas capacitadas y con
experiencia, para aprovecharlas en sus obras.
Otra tentación es volver a tener en el grupo una actitud
pasiva o, cuando mucho, receptiva, como cuando ingresé. «Yo ya trabajé; ahora me toca
descansar».
¿Cómo
superar estas tentaciones?
A la primera tentación, hay que hacerle frente
recordando la palabra de Jesús: «ustedes, cuando hayan hecho todo lo que les mandaron,
digan: "no somos más que unos simples servidores, sólo hemos hecho lo que teníamos
que hacer"» (Lc 17, 10). Con humildad desprendámonos de "nuestra obra";
lo que hicimos, hecho está. Es vergonzoso que el antiguo líder viva mendigando gratitud.
Además, aunque nadie reconozca lo que hiciste, «tu Padre, que ve en lo secreto, te
recompensará» (Mt 6, 4).
La manera evangélica de enfrentar la segunda tentación
nos viene presentada en la persona de Juan Bautista. Sus discípulos le van a decir que
todas las gentes se están yendo con Jesús. Juan responde con una frase que nos
deberíamos saber de memoria: «Es necesario que él crezca y que yo disminuya» (Jn 3,
30).
Para superar la tercera tentación se requiere de una
decisión impregnada de humildad y creatividad. La decisión es permanecer en el grupo,
aunque parezca que esto es un retroceso, pues ya no me ofrece metas que alcanzar (en una
empresa, sí sería un retroceso que el Director General pasara a ser obrero; en un grupo
cristiano no es ningún retroceso dejar de tener autoridad). Humildad, para reconocer que
soy un instrumento en las manos de Dios; si Él me quiso utilizar para servir en el
ministerio de la autoridad, pues ¡qué bueno!; si ya no lo quiere, pues ¡qué bueno! Y
creatividad, para buscar nuevas maneras de aportar al grupo mis capacidades y mi
experiencia. De esto hablaré más adelante.
Frente a la cuarta tentación: ¡no enterrar el talento!
(cf Mt 25, 25). Lo que yo aprendí y recibí durante el tiempo que tuve el cargo, es una
riqueza que no puedo desperdiciar, pues Dios me la dio para emplearla en favor de los
demás.
Para los religiosos y sacerdotes es más
fácil vencer estas tentaciones, pues lo común es que, después de haber dejado un cargo,
sean enviados a una parroquia, una comunidad o una ciudad diferente, incluso lejana, del
lugar donde estuvo. De esta manera deja libre el espacio para la nueva autoridad y puede
aprovechar su experiencia y capacidades en otro proyecto.
Si me van a poner una inyección, de
antemano me dispongo anímica y físicamente. Así, aunque sienta el dolor, mi reacción
nunca será igual a la que tendría si me la ponen sin avisarme.
Una persona con autoridad en un grupo
eclesial, de ordinario ya sabe que su período de servicio concluirá en una fecha
determinada. Una buena forma de prepararnos para ese momento es pedir al Padre, con
suficiente anticipación, que nos dé su Espíritu para disponernos a ese cambio; pedirle
"no ser un estorbo" para quien venga; pedirle apertura de mente y docilidad de
corazón.
Todos podemos prepararnos de antemano a
dejar el cargo. Así, aunque sea un proceso doloroso, de duelo y de luto, podremos vivirlo
con serenidad.
Pistas
para quien dejó el hueso
Quien dejó un cargo, lo primero que debe
hacer es tomar una decisión. Una decisión de la que depende todo lo demás. Es ésta:
Decidir dejar de tener un influjo dentro del grupo. En palabras de Juan Bautista, que
conviene escuchar una vez más: «Es necesario que él crezca y que yo disminuya» (Jn 3,
30). No hacer sombra al nuevo coordinador, no constituirme en una autoridad paralela, no
obstaculizar su trabajo.
Después de haber estado un tiempo en el
cargo, adquirí frente al grupo una autoridad moral; mi palabra tiene peso, mis acciones
nunca volverán a ser indiferentes, mi presencia siempre es significativa. Por eso, debo
poner un freno a muchas cosas que antes hacía, es decir: no dar mi opinión, no exponer
mis puntos de vista, no aportar mis "geniales" ideas, no hacerme presente en
determinados lugares, no
, no
, no
Esta renuncia es deliberada, fruto de una
decisión. Esta renuncia es por el bien del grupo, por el bien del nuevo coordinador y por
mi propio bien.
¿Y cuando me pregunten, y cuando quieran
que yo actúe
? Pues lanzarlos a seguir al nuevo coordinador: «hagan lo que él les
diga» (Jn 2, 5).
De mí depende que el cambio de autoridad
sea para el grupo un conflicto destructivo o un relevo sereno. Los celos y las envidias de
Saúl hicieron que percibiera a David como su enemigo, y que el proceso de sucesión fuera
una lucha a muerte (cf 1 S 16). Por el contrario, el cambio de autoridad de Moisés a
Josué (cf Nm 27, 15-23; Dt 31, 1-8; Jos 1, 1-5), y de Elías a Eliseo (1 R 19, 19-21; 2 R
2, 1-15), fueron momentos de crecimiento y esperanza.
También debo evitar personalizar los
cambios que está haciendo la nueva directiva. Si modifican algo, no significa que quieren
destruir "mi obra" o, menos aún, que están en contra de mí.
Otro elemento de mucha importancia es
recordar que la vida cristiana es ante todo discipulado. Ejercer una autoridad es algo
accidental y provisional; ser discípulo de Jesús es lo fundamental.
Por tanto, ahora, sin hueso, debo valorar
mi pertenencia a una pequeña comunidad, continuar mi proceso de formación (aunque yo
haya sido el formador de los formadores), y realizar una acción apostólica. Si antes
esta acción fue directamente en favor del grupo, ahora puede ser, junto con el grupo, en
favor de otros.
Si es fundamental valorar mi pertenencia a
la pequeña comunidad, no es para encerrarme en ella, sino para que, desde allí, me pueda
lanzar a otros horizontes y pueda aportar mi riqueza a otro nivel.
¿Mi riqueza? Sí, mi riqueza, reconocida
con sencillez y gratitud, y con la responsabilidad de emplearla adecuadamente. Además de
mis capacidades (que debo tenerlas, pues por algo me nombraron para desempeñar un puesto
de autoridad), el haber estado en el cargo me ha dado oportunidad de irme capacitando, me
ha dado experiencia de liderazgo y me ha permitido tener contactos y reuniones a otros
niveles (consejo parroquial, diócesis, comisiones episcopales; consejo local, zona, a
nivel de toda la Obra).
No puedo enterrar esta riqueza; tengo que
emplearla en bien de los demás. Pero cuidando, escrupulosamente, ser fiel a la decisión
de «dejar de tener un influjo dentro del grupo». ¿Cómo armonizar esto?
Creo que un campo propicio para trabajar en
favor del grupo y para provecho de los demás, sin hacer sombra, es la expansión.
San Pablo, en sus viajes apostólicos, va
fundando comunidades. Llega a un lugar, anuncia el Evangelio de Jesucristo, imparte el
bautismo, constituye la comunidad y nombra dirigentes. Entonces se marcha a otra parte y
allí comienza de nuevo el ciclo. Así se va difundiendo el Evangelio por todo el mundo;
así va creciendo la Iglesia.
«Ya terminé mi período como coordinador,
¿ahora qué?» Ahora ir a otros lugares; ahora anunciar el Evangelio; ahora fundar nuevas
comunidades.
Debo, además, estar disponible para otros
servicios (más adelante sugeriré algunos) que me pida la nueva autoridad, pero sin
sentirme agredido o despreciado en caso de que no me pidieran ninguno.
Pistas
para quien recibió el hueso
Para evitarse conflictos con la autoridad
anterior, y para evitárselos al grupo, la nueva autoridad debe ser evangélicamente
astuta (cf Mt 10, 16). Esta astucia está formada por inteligencia, prudencia, paciencia
y, sobre todo, caridad. Y si no se pueden evitar todos los conflictos, al menos se podrán
atenuar.
La nueva autoridad, antes de actuar, debe
ver: conocer el proceso llevado por el grupo, los proyectos; conocer a las personas, la
relación entre ellas, la relación entre las diversas secciones; saber si los miembros
tienen claridad de objetivos, si están vinculados con la institución
Después, juzgar: ¿qué está pasando en
el grupo?, ¿cómo están las personas?, ¿qué proyectos conviene continuar, cuáles
dejar, cuáles iniciar?, ¿cómo renovar el entusiasmo en los integrantes del grupo?,
¿hacia dónde dirigirnos?
Y por último sólo después de haber
visto y juzgado actuar. De esta manera se evita el frecuente error de querer
comenzar de cero (con lo cual se da el mensaje: «todos los anteriores no han hecho
nada») o de empezar a caminar sin saber hacia dónde se dirige.
Si el líder es astuto, sabrá aprovechar
el trabajo del anterior y dar continuidad a los proyectos que sean viables. Nunca
pretenderá minimizar u opacar la obra del anterior, sino valorarla y agradecerla.
El nuevo líder debe aceptar que durante un
tiempo, digamos un año, va a convivir con "el fantasma" del anterior. Esto no
por culpa del líder anterior (que incluso pudo haber muerto), sino porque es normal que
las personas recuerden lo vivido: «con fulanita hacíamos
», «zutano nos
dijo
»
No es fácil convivir con un fantasma, pero
realmente difícil es pelearse con él o pretender borrarlo de la memoria del grupo.
Convivir significa aceptar, sin dejar que los celos me dominen, que el anterior
coordinador (aunque haya muerto o esté a mil kilómetros de distancia) sigue teniendo un
gran influjo en el grupo; que todo lo que dijo tiene peso de autoridad; que todo lo que
hizo es un modelo de conducta.
El anterior coordinador, por el simple
hecho de haber estado en este puesto antes que yo, no es mi enemigo. Debo impedir que el
grupo nos haga enfrentarnos. Debo ser intolerante a las críticas que se le hagan. A toda
costa debo evitar criticarlo yo.
Incluso puedo aprovechar las cualidades del
anterior; puedo consultarlo, pedirle su punto de vista, obtener de él información sobre
el proceso llevado. Esto con mucha prudencia y sin darle a entender que él, a través de
mí, es quien sigue dirigiendo la institución.
No se trata de depender del anterior
evadiendo mi responsabilidad, sino de saber aprovechar su experiencia y capacitación para
beneficio del grupo.
Una excelente manera de aprovechar al
antiguo coordinador y de darle un cauce a su riqueza, es lanzarlo a la expansión, a
fundar nuevas comunidades (sobre esto ya dije algo).
Otra manera, es pedirle servicios en la
formación. Pedirle que dé un curso, que organice un taller para capacitar formadores,
que elabore programas de estudio o temas de reflexión. No esperemos a que la persona
venga a ofrecernos estos servicios; vayamos nosotros a solicitárselos.
Se podría también integrarlos en otras
comisiones o equipos de servicio: elaboración y difusión de material, contacto con otros
organismos eclesiales, diseño de páginas de Internet para dar a conocer a la Obra o la
Espiritualidad, enlaces de correo electrónico con personas de otros países interesadas
en la Obra, etc., etc.
A las aceitunas sin hueso, rellenarlas con
anchoas o con pimiento. ¡Buen provecho!
No cometamos la estupidez de poner en un
rincón al antiguo coordinador, o de hacerle sentir que para nada lo necesitamos. Una
persona capacitada y con experiencia, siempre es útil; y si nosotros no le damos trabajo,
otros grupos lo harán. Si al antiguo coordinador no le queremos confiar una nueva
misión, luego no nos quejemos de que haya dejado el grupo. Al relegarlo, nosotros lo
hemos empujado a salir.
Pistas
para el grupo
En un grupo que ha vivido un cambio de
autoridad, es normal que exista descontrol. El grupo debe adaptarse al nuevo líder, y
éste al grupo. Y esto requiere tiempo.
Un cambio de directiva, para una
organización, es una gran oportunidad para renovarse y crecer. Pero esta oportunidad
puede ser desaprovechada por la misma organización, debido a la resistencia que todos
tenemos frente al cambio: «Más vale malo conocido
»
Sin apertura a la novedad y al cambio, toda
comunidad está condenada a la muerte o, cuando menos, anclada en la mediocridad.
Muchas veces el grupo, por una equivocada
fidelidad a la autoridad anterior, neutraliza las aportaciones de la nueva. Todo lo que
ésta propone es rechazado. Todo lo que dice es confrontado con lo que dijo la anterior.
Abundan las frases de comparación: «Siempre habíamos hecho así, ¿por qué ahora
no?», «La anterior animadora nos había dicho lo contrario».
Evitemos hacer comparaciones. Seamos odres
nuevos para el vino nuevo que se nos ofrece (cf Mt 9, 17).
Rompamos con nuestra inercia y lancémonos
hacia los horizontes que nos presenta la nueva autoridad. Atrevámonos a dejarnos conducir
por el Espíritu de Dios.
Fernando Torre Medina Mora, msps. |
Regresar a Temas
de reflexión
|
 |