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KOSOVO
Y LA TERCERA
GUERRA
MUNDIAL

Ismael Gómez Gordillo M., M.Sp.S.

Día a día se han agravado las cosas en Los Balcanes, allá lejos de México —desde donde escribo— y acá, cerca del corazón de todos –a donde nos llega el dolor.

Entre información y desinformación captamos todos que por un lado están Milosevic y los serbios "purificando" la región de albaneses; por otra está la OTAN, con Clinton en la cabeza del apoyo bélico, purificando a la humanidad de Milosevic. De diálogos eternos, por el rejuego de sordos gritándose, se ha pasado a la acción violenta en creciente, con escenas angustiantes, en nuestros noticiarios televisados, tanto para los involucrados en la zona, como para el resto del mundo, que hace memoria histórica de la desastrosa y aterradora Segunda Guerra Mundial de 1939 - 1945.

En esta situación, más que en ninguna otra, las noticias llegan cargadas de la pasión por las partes: quienes compadecen a los albaneses, satanizan a Milosevic y se extrañan de que no sea colgado en las horcas modernas (= desaparecido o misteriosamente asesinado); quienes defienden a los serbios culpan a Clinton y a los aliados en la OTAN, de estar haciendo negocio billonario de armas (con b de millones de millones), a costa de la vida de propios y enemigos, bajo el rubro de defender a la humanidad. Como en toda guerra, la neutralidad significa complicidad y somos presionados a tomar partido. Yo ya lo tomé y te invito a tomar lo mismo: "guerra a la guerra o la tercera guerra mundial".

«LA TERCERA GUERRA MUNDIAL»

Así se llama un libro que me han regalado recientemente, cristianamente optimista, brotado de un grupo de mujeres en Costa Rica. No me toca promoverlo, pero sí hacerme eco de su contenido a mi manera, con el crédito de la inspiración.

Se trata de una guerra definitiva que haga la guerra a todos los conflictos humanos: familiares, universitarios, personales y grupales, obreros y patronales, políticos y religiosos (incluyendo las guerras santas católicas de ayer y de hoy): la guerra de la civilización del amor.

Se trata del amor en todas sus formas, como arma «vivífera», que es lo contrario a «mortífera». Es esa guerra que emprendió Jesús y cuyos componentes estratégicos están armados de la verdad, la bondad, la belleza, la unidad y la vida divinas que han de encarnarse en nuestra rastrera historia humana en situación de escalada permanente de violencia fratricida, como la que estamos soportando.

En nuestra espiritualidad a encarnar aquí y ahora, con la posibilidad de irradiación de una bomba atómica de salvación, ese amor está acelerado (aceleración atómica) por la «pureza» y el «sacrificio».

¿De qué nos sirve escandalizarnos de los desterrados, los muertos, culpables o inocentes, de los errores de la OTAN y las bravatas de Milosevic, si en casa hacemos lo mismo a escala corta que, por otra parte, llena nuestra vida diaria? Si queremos adquirir un «criterio objetivo» sobre las subjetividades de esa guerra espantosa, tenemos que pulsar cómo está mi parámetro personal en relación con mi entorno cotidiano. Algo así como la traba en el ojo propio respecto a la paja en el ajeno. Aquí vemos traba en los lejanos, pero hemos de purificarnos de una paja en el personaje de mi espejo, que posiblemente llena el ojo de tal manera que de tanto quejarnos no cambiamos.

ARMARNOS DE AMOR «PURO»

En esta época en que todo se negocia hemos contaminado el amor y lo hemos hecho objeto de compra-venta: te amo para que me ames; te amo con 10 para obtener 100 ó más —si te dejas. Nuestro amor está contagiado de la ley del mercado: es amor comercial. A gran escala es lo que está sucediendo en Los Balcanes: más que guerra de humanismo es guerra de consumismo con la sospecha (de nuestra parte) de lo que hay detrás, a saber «el interés». En palabras más directas yo temo que detrás de la defensa del humanismo de la OTAN esté el interés del botín. No puedo (ni quiero intentar) descubrirlo, pero la Europa implicada con Clinton me recuerda esa lucha fontal para el mundo occidental allá en Troya, en que «regalaron» un magnífico caballo… cargado de guerreros, por lo que se consagró la expresión "temo a los regalos de los griegos" ("timeo damnaos dando", me recuerdo que se dice en latín lacónicamente).

En cambio el AMOR A LO CRISTO JESÚS es «puro», sin intereses de lucro, sino «victimal»: para dar vida y darla en abundancia, aun a costa de la propia muerte. Es «perder» la vida para ganarla hecha Reino del Padre; es abrir espacio a la fraternidad universal, configurada paso a paso de esfuerzo y perdón, de donación y trabajo, de discernimiento comunitario y compromiso con el Espíritu santificador. Se trata de amar por el gusto de amar, superando la tentación de la recompensa terrena y agradeciendo la posibilidad de asemejarnos al Padre de los cielos, al Jesús de la cruz y al Espíritu indiscriminador que en Pentecostés se derramó sobre «todos», hombres y mujeres, con irradiación a "Partos y Medos, Elamitas y habitantes de Mesopotamia, Judea y Capadocia, Ponto y Asia, Frigia y Panfilia, Egipto y los distritos de Libia, junto a Cirene, romanos residentes, judíos y prosélitos, cretenses y árabes..." (Hch 27-11). Cito esta larga lista porque ahí se dice que TODOS escuchaban en la única lengua universal: la del amor redentor de Jesús, el reconciliador de ayer y hoy. No faltó quien dijera "están bebidos" (verso 13), como ahora nos repiten a los optimistas «ingenuotes».

LANZAR EL AMOR «SACRIFICADO».

Armados de amor puro, es necesario organizarnos para que llegue a todos como tarea «sagrada»: eso entiendo por «amor sacro o sacrificado». Es un amor que pide todo de nuestra vida: una vez recibido como don precioso, requiere:

  • Tiempo y dedicación;

  • Planificación y revisión;

  • Ver – juzgar – actuar; contemplar – contrastar – caminar u otros métodos;

  • Desprendimiento y tenacidad;

  • Lucha por la verdad y paciencia en la adversidad;

  • Entrenamiento y riesgo…

En una palabra es amor que requiere medirse por la Cruz de Jesús, o más bien incluirse en ella, con Él y por Él para que irradie fuego de su Corazón de Hijo, calor del Padre y luces del Espíritu. Un amor que no es sacrificado, por puro que sea se desvanece, como el de novios o esposos que ya no se llaman, se buscan, se regalan y se abrazan.

PLATAFORMA DE LANZAMIENTO DE LARGO ALCANCE: LA ORACIÓN

Una ventaja de este mundo globalizado es que podemos lanzar desde nosotros, aquí y ahora, a todas las partes implicadas en el conflicto (cada vez más extenso y menos controlable) la fuerza de la oración. ¿Espiritualismo —reclaman los sensatos? Definitivamente sí. Es un espiritualismo que le falta a este mundo de materialismo, que en términos más actuales se desglosa en consumismo, idolatría del placer instintivo, avidez de poder terreno medido en bolsa de valores, dolarización frente al «euro» (actual moneda europea unida). Requerimos de espiritualidad exagerada (= la del Espíritu divino) para dar vida a los "huesos secos" (cf Ezequiel cap. 37) en que está quedando la Yugoslavia de otrora. Independientemente de la autenticidad o no de las apariciones de Medujorie, María nos enseña desde el Evangelio hasta Los Balcanes, pasando por el cerro del Tepeyac, a ORAR.

Se trata de una oración comprometida. No basta orar diciendo "por la paz"; es necesario «cometer» actos de paz, como los vándalos cometen actos de crimen. Orar por la paz es comprometerse en lograrla en nuestros «Balcanes mexicanos nacionales» que tienen idénticas raíces que los lejanos: discriminación por raza y/o religión (una política idolatrada, inconmovible, expresada en guerra de baja intensidad como en el Chiapas de hoy, es una especie de religión dogmática pagana).

 

María nos enseña a cultivar la paz en el Magnificat:

  • Proclamando las maravillas del Señor;

  • alegrándonos en Dios Salvador y no en la venganza;

  • reconociendo la humildad de nuestra condición sin etender ser jueces universales;

  • incluyéndonos en la bienaventuranza (buena aventura) de seguir a Cristo;

  • asumiendo que el Poderoso puede hacer obras grandes por medio de nosotros;

  • dándole el crédito a su Nombre, que está sobre todo nombre: Señor (cf Filipenses 2);

  • incluyéndonos en su misericordia de generación en generación;

  • dejándole al Padre las proezas de su brazo: dispersar a los soberbios de corazón y sus armas; derribar de sus tronos a los potentados y exaltar a los humildes; empobrecer a los ricos y enriquecer a los pobres con la perla preciosa: Cristo Jesús contemplativo, solidario y victimal;

  • renovando nuestra pertenencia al pueblo de Dios, a la Iglesia, germen del Reino.

Si hacemos vida estas manifestaciones del AMOR INCONDICIONAL tendremos autoridad para pronunciarnos sobre lo bueno y lo malo de la guerra de Los Balcanes, y formaremos «cadena de amor» con las víctimas para abrirles el corazón y, quizá nuestros hogares, avanzando posiciones para que la guerra del amor sea la última y definitiva al convertirse en la civilización del amor.

Gracias por soñar conmigo al ritmo de los sueños de Jesús.


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