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Carlos Fco. Vera Soto, MSpS La fecundidad de la vida cristiana es impredecible. ¿Quien le iba a decir a Teresa Martin que en torno a su vida sencilla y oscura y a sus escritos -pocos y también humildes-, se iba a concentrar un huracán de gloria? Pasan ya de 103 años de la muerte de esta Carmelita Descalza que vivió una vida ordinaria en un convento del norte de Francia, en Lisieux. Vida breve en realidad pues Teresa murió apenas de 24 años, después de 9 de vida religiosa. Entró al Carmelo por concesión especial a los 15 años, después de sortear impedimentos de todo tipo; llegó hasta los pies del anciano Papa León XIII y en audiencia le suplica con lagrimas en los ojos que le de permiso de entrar. El Papa sólo le profetiza que entrarás si Dios lo quiere y ¡Dios lo quiso! Hace su entrada con la frescura de la juventud pero con la decisión de un soldado: Su convicción: Hacerse santa, una gran santa. Descendiente de militares normandos Teresa hereda una valentía y una terquedad sin límites. Hija menor de una familia medio burguesa, acostumbrada a los pequeños lujos y las blanduras, dará prueba de un heroísmo admirable en la oscura cotidianidad del convento. Al entrar al Carmelo, dos hermanas le preceden y después de ella, entrará otra y finalmente lo hará su prima hermana; así, cosa inaudita, Teresa vive su vida religiosa en medio de sus tres hermanas y de su prima carnal: Sor Inés de Jesús (Paulina), Sor María del Sagrado Corazón (María), Sor Genoveva de la Santa Faz (Celina) y su prima Sor María de la Eucaristía (María Guérin). La cercanía de sus familiares más le sirvió a Teresa de sacrificio y renuncia que de consuelo. Descubre en la Espiritualidad del Carmelo una fuente purísima para alimentar su propio espíritu y ensanchar sus horizontes a toda la Iglesia. Adivina que es desde el Amor como se llega a todo el Cuerpo Místico de Jesús que es su Iglesia. Preocupada por la salvación del hombre, alimentó un deseo ardiente de predicar y evangelizar a los paganos, de llevar la salvación a toda la tierra, de bautizar, curar, ayudar a la humanidad. Por obediencia y encargo de sus superioras cruzó correspondencia con dos misioneros en tierras paganas y oró y se sacrificó por ellos con una generosidad exquisita. Entre sus hermanas de religión, vivió alegre y modestamente una vida monótona en apariencia, pero surcada por profundísimos hilos de amor a Dios y al hombre. Por invitación y orden de su hermana Paulina, a la sazón Priora del Convento, puso por escrito sus recuerdos de infancia; más adelante su hermana María le pide que le escriba una carta explicándole Su Caminito, es decir, la manera como explicaba Teresa a las novicias el camino de la infancia espiritual. Con estos dos manuscritos bases, se compuso la Historia de un Alma, traducido a todas las lenguas habladas y uno de los libros más leídos del mundo. Teresa escribió además poesías, que hoy son consideradas como la flor de la lengua francesa por la perfección de la forma y la profundidad del contenido. Se le ha comparado: lo que es San Juan de la Cruz para la lengua española, lo es Teresa de Lisieux para la lengua francesa. Escribió también algunas pequeñas obras de teatro que se ponían en acto entre las monjas, llamadas Recreaciones y sus hermanas, recogieron en el lecho de muerte sus Ultimas Conversaciones, que fueron escritas con unción y avidez. Este es el bagaje, que se completa con algunas cartas a sus familiares y hermanas en religión, modesto en cuanto a la cantidad, riquísimo en cuanto a la calidad, de nuestra tercer Doctora de la Iglesia. Teresa muere
víctima de la tuberculosis, rodeada de sus hermanas, en medio de grandes sufrimientos y
diciendo como últimas palabras lo que constituyó su vida diaria Dios mío, os
amo; convencida de que moría de amor. Ella escribió a uno de sus
hermanos sacerdotes con los que tenía correspondencia: No muero, entro
en la vida. La increíble vida póstuma de esta oscura carmelita, la fecundidad que
procede de Dios, estaba por empezar. De Teresa de Lisieux, Teresita, la Florecilla, han escrito grandes personalidades y muchas seguirán escribiendo. Su doctrina ha inspirado a Papas, Obispos, Sacerdotes, Congregaciones Religiosas de hombres y mujeres; tiene una enormidad de títulos: La estrella de mi pontificado, la más grande santa de los tiempos modernos la llamó Pío XI, Patrona principal de la Misiones Universales, Patrona secundaria de Francia, Doctora de la Iglesia, quien sabe cuantas distinciones más seguirán. Teresa lo predijo: Todos me amarán. En Lisieux se levantó una enorme basílica por suscripción universal para honrarla. Casi no hay Iglesia en donde no haya una imagen suya. Con motivo del 50 aniversario de su muerte la urna con sus restos se pasea por toda Francia (1947). Es una santa de la que podemos decir, popular entre las populares, tanto como Francisco de Asís. ¿Su secreto? Puso el acento de la vida cristiana en el amor y la misericordia; o mejor dicho en el Amor Misericordioso que Dios tiene a sus hijos. Se alejó, adelantándose al Vaticano II, de una imagen del Dios justiciero, severo y vengador de las culpas. Nos hizo una transparencia del verdadero Dios de Jesucristo a través de su devoción al Niño Jesús y a la Santa Faz, dos manifestaciones de la debilidad de Dios. En medio de una sociedad legalista y con resabios jansenistas, Teresa recuerda al mundo que Dios decide abajarse hasta nuestra nada y hasta nuestro pecado con tal de atraernos a si, por eso: Amor con amor se paga, respondió ella en la que fue su divisa. El mensaje de Teresa es profundamente actual; en un mundo disparado por la competitividad, las luchas por el status, el consumismo salvaje, el neoliberalismo que tritura a grandes masas de población en beneficio de unos cuantos, somos iluminados con la pequeña luz de la Doctora de Lisieux:
En la vida y en la obra de la pequeña Teresa hay una invitación a confiar plena y totalmente en Dios y a responder con amor efectivo a las iniciativas de ese Dios. El paso triunfal de los restos mortales de Teresa entre nosotros será una oportunidad para recordarnos el amor que Dios tiene por los más pequeños y a la vez de pedir que por intercesión de su pequeña esposa nos traiga bienes y bendiciones: ...Si, robaré... Desaparecerán del cielo muchas cosas que yo os traeré... Seré una ladronzuela, cogeré todo lo que me plazca ( Ibíd., p 920).
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