Se percibe que el politeísmo,
la multiplicidad de dioses, es más partidaria de la felicidad y la alegría que el
monoteísmo, las religiones de un solo Dios como el Islam o el catolicismo, ¿es así?
Estoy convencido de ello. La
mayoría de los monoteístas matan la risa, matan el goce, el placer. Es el concepto de
que vivimos en un valle de lágrimas; cargan las tintas en esa tristeza de vida y sobre
todo en la gravedad que todos debemos manifestar, porque la gravedad para los monoteísmos
es signo de inteligencia y sabiduría, y no hay tal.
(Rubio C: Elogio de la vida alegre. Reforma: El Ángel; 13 feb 2000: 4-5).
Estos párrafos están extractados de
una entrevista que hicieron a Emilio Temprano, autor del libro El arte de la risa
(aún no lo he leído). Aunque en otros puntos coincido con las respuestas dadas por el
autor, difiero de él en lo que respecta al monoteísmo y la felicidad.
Quien hace la entrevista equipara al
Islam con el catolicismo, en cuanto que ambas son religiones monoteístas. Como no puedo
dar una respuesta desde el Islam (pues no conozco suficientemente esa religión ni la
vivo), trataré de hacerlo desde el catolicismo.
Mis reacciones
Al leer esa respuesta, inmediatamente
surgió en mí un sentimiento de indignación: ¡Qué estúpido quien piense así! ¿A
quién se le ocurre que tener una multiplicidad de dioses diosesillos, en
lugar de creer en un solo Dios, hace más feliz y más alegre la vida?
Pero mi cólera se transformó en
tristeza y dolor. Si el autor afirma eso, se debe a que él así nos percibe. ¿Acaso no
es esa la imagen que hemos dado los cristianos?: personas tristes y serias,
aburridas y pesimistas; con esa «gravedad» que nos hace comportarnos de manera formal,
severa, solemne, pesada, dándonos importancia. Precisamente lo contrario a la sencillez y
la alegría del Evangelio.
Por último me invadió un sentimiento
de vergüenza con Dios. ¡Qué pena, Dios mío, que por culpa nuestra algunas personas
piensen que Tú eres enemigo de la alegría y el obstáculo para la felicidad!
¿Qué felicidad?
Me parece que en el fondo de la
cuestión hay tres errores. El primero es una concepción equivocada de la felicidad.
Muchas veces soñamos con una felicidad ilusoria (se casaron y vivieron muy
felices), una felicidad sin problemas, sin luchas, sin dolor. Esa felicidad no
existe. Bueno, sí existe, pero sólo en el cielo («Ya no habrá muerte ni lamento ni
llanto ni pena»: Ap 21,4).
La felicidad que podemos disfrutar es
frágil, conquistada día a día; una felicidad cincelada pacientemente, a base de
esfuerzo; una felicidad mezclada con sufrimiento y confrontada por las adversidades.
Soñar con una vida fácil es estar
condenados a la frustración. Prepararnos para la lucha es estar en el camino de la
felicidad.
La felicidad no es algo externo, algo
que me pueden dar o quitar los demás, las circunstancias o las cosas. Tampoco se equipara
a poseer salud, popularidad, belleza, juventud, dinero
La felicidad nace en mi
corazón; es el gozo interior de ser quien soy y de anhelar lo que estoy llamado a ser.
No confundamos la felicidad con hacer lo
que nos venga en gana. La felicidad brota de realizar lo que nos hace bien, nos ayuda a
ser mejores o hace bien a los demás; aunque implique un especial esfuerzo.
¿Qué Dios?
El segundo error es una imagen de Dios
distorsionada. Nuestra religión depende del Dios en el que creemos. Y es fácil que
nuestra idea de Dios esté deforme: sea por la catequesis que recibimos, sobre todo en la
infancia; sea por la imagen que la Iglesia y los cristianos reflejan de Él; sea por
nuestros conflictos, pues proyectamos sobre Dios nuestros miedos, deseos infantiles y
frustraciones.
Dios no es un juguete del que podemos
disponer a nuestro antojo. Dios es persona; y nuestra amistad con Él sigue las mismas
leyes de toda amistad. Hay momentos de intimidad y momentos de distancia; hay experiencias
gozosas y otras dolorosas
En nuestra relación con Él pasamos por períodos de
desconcierto, sufrimiento, duda
pero jamás seremos traicionados por Él, jamás nos
abandonará, jamás dejará de amarnos.
La imagen que yo tengo de Dios,
¿corresponde al verdadero Dios? No nos apresuremos a responder afirmativamente; seamos
más humildes. Los fariseos, por estar anclados en su idea de Dios, no aceptaron la
revelación que Jesucristo trajo. Es necesario poner a prueba nuestra imagen de Dios:
¿corresponde a la que presentan los evangelios? ¿Mi dios es el Dios de Jesucristo?
El dios que no quiere nuestra alegría,
no es el Dios revelado por Jesucristo, sino un tirano hecho por nosotros a la medida de
nuestros temores. El Dios que no puede darnos la felicidad que anhelamos, no es el
verdadero Dios, sino un ídolo que nosotros hemos creado.
De una imagen de Dios distorsionada, no
se puede seguir una vida alegre y feliz.
¿Qué religión?
El tercer error es una manera opresora
de vivir la religión. Aunque nuestra imagen de Dios corresponda al Dios revelado por
Jesucristo, nuestra manera de vivir la religión no la religión misma sí
puede ser equivocada, escrupulosa, culpígena, ritualista, dañina, legalista,
fanática
en definitiva, opresora. En esto, buena parte de culpa la tenemos los
sacerdotes. Recordemos las severas críticas contra la risa que, en defensa de la
religión, hace Jorge, el bibliotecario ciego de la novela El nombre de la rosa, de
Umberto Eco.
Desde luego que no es la única manera
de vivir la religión; también podemos vivirla de manera creativa, confiada, sencilla,
alegre, festiva, liberadora, constructiva
«En Dios se alegra nuestro corazón, en
su santo nombre tenemos confianza» (Sal 33,21).
De una religión opresora, no se puede
seguir una vida alegre y feliz.
El distintivo del cristiano
La alegría es debería ser
el distintivo de los cristianos. Una persona triste, pesimista, derrotada, no es
cristiana, aunque haya sido bautizada. Sólo es cristiano quien vive, en presente, las
actitudes de Jesucristo.
Para el cristiano, es un gozo buscar a
Dios («en ti se alegren y regocijen todos los que te buscan»: Sal 70,5), y mayor
aún es el gozo de encontrarlo. Buscamos a Dios no porque tengamos obligación de buscarlo
o necesidad fisiológica (alimento) o hábito (alcohol, droga) de estar con Él. Buscamos
a Dios porque nos sentimos amados por Él, porque lo amamos, porque anhelamos el gozo de
estar con Él y disfrutar de su presencia: «Para mí, lo mejor es estar junto a Dios» (Sal
73,28).
Dios no es un dogma de fe; Dios es
persona o mejor, tres personas. Entramos en contacto con Él con todo
nuestro ser. El encuentro con Dios es fuente de alegría, es una experiencia gozosa que
afecta todas las dimensiones de nuestra persona, incluidas nuestra afectividad y
sensibilidad: «mi corazón y mi carne gritan de alegría por el Dios vivo» (Sal
84,3).
Dios es bueno, poderoso, eterno
Pero, sobre todo, Dios es sabroso. El Espíritu Santo, por el don de sabiduría,
nos hace saborear a Dios. El salmista nos invita: «Gusten y vean cuán bueno es el
Señor. ¡Dichoso quien busca asilo en Él!» (Sal 34,9).
El gozo de Dios es hacernos felices. Si
un esposo busca hacer feliz a su esposa, y un padre busca alegrar a sus hijos, ¡cuánto
más Dios! El salmista lo dice así: «más alegría das Tú a mi corazón, que si
abundara en trigo y en vino» (Sal 4,8). Y en otro salmo: «El Señor es mi
herencia, me ha tocado un lote hermoso, me encanta mi heredad» (Sal 16,5-6). ¡Me
encanta! ¡Me encanta!
Por eso, la sonrisa es casi
una identificación del cristiano. Es signo de un corazón que se siente contento,
satisfecho, amado (por Dios, por los demás, por sí mismo). Quien cree en Jesucristo, no
puede sino manifestar con un rostro radiante, unos ojos iluminados y unos labios
sonrientes la alegría de tener tal Dios. Qué afirmación tan cierta: «Feliz el hombre
que ha puesto su confianza en el Señor» (Sal 40,5).
Además de la sonrisa (fruto del
corazón), el cristiano debería saber reír (fruto de la mente). La risa es una terapia.
Reír produce un bienestar no sólo psíquico sino también fisiológico. El chiste
ha dicho el P. Marcos Alba en uno de sus cantos es un detalle que manifiesta
la presencia discreta del Espíritu Santo (nunca un chiste imaginó tener tal dignidad).
Contar bien un chiste es un apostolado. Tener sentido del humor nos hace tratables. Una
persona alegre es una bendición para cualquier grupo, comunidad o familia.
Dios es la causa de mi gozo
Si algunas personas que practican una
religión monoteísta, incluido el cristianismo católico, se manifiestan como menos
felices o alegres que quienes creen en muchos dioses, no es a causa de Dios o de la
religión; se debe a una imagen de Dios distorsionada o a una vivencia opresora de la
religión.
El testimonio de muchísimas personas
contradice la afirmación de que la fe en un solo Dios sea un obstáculo para la alegría
y la felicidad.
He aquí las palabras de la Virgen
María:
Proclama mi alma la grandeza del Señor,
y mi espíritu se alegra en Dios mi Salvador, porque se fijó en su humilde esclava, y
desde ahora todas las generaciones me dirán feliz. El Poderoso ha hecho grandes cosas por
mí: ¡Santo es su Nombre! (Lc 1,46-49).
Yo soy cristiano católico; creo en un
solo Dios. Desde mi experiencia puedo afirmar que Dios no es enemigo de mi alegría o mi
felicidad sino el fundamento de ellas. Él es «el Dios de mi alegría» (Sal
43,4).