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Misioneros del Espíritu Santo
desde hace 25 años

Fernando Torre Medina Mora, msps.

Por tanto yo, N…, delante de la Iglesia representada por el P. Eugenio Sánchez, y con mis hermanos aquí presentes, hago a ti, Dios omnipotente, por un año, los votos de castidad, pobreza y obediencia, en la Congregación de los Misioneros del Espíritu Santo, según sus Constituciones.

 

Un 17 de agosto pronunciamos esas palabras. Expresaban nuestro «firme deseo de responder al llamado de Dios», y nuestra decisión de «seguir más de cerca a Jesucristo, sacerdote y víctima, y de trabajar por extender el reinado del Espíritu Santo en el mundo entero».

25 años después (más viejos, pelones, canosos y gordos —sólo Gustavo García se libra de esta cuádruple caracterización—), renovamos nuestra alianza con Dios.

La celebración fue el 19 de agosto, en Jesús María. Consistió en una Eucaristía y una comida. ¿No eran éstos los dos elementos de celebración de las primeras comunidades cristianas? ¿No fue así como Jesús celebró la pascua, su Pascua, con sus amigos?

No quisimos que fuera una celebración “nuestra”, sino que tuviera una dimensión comunitaria. Participaron muchos Misioneros del Espíritu Santo —desde los postulantes hasta el P. José Guzmán, que era Superior General cuando entramos al Noviciado—, religiosas de varias Congregaciones de la Familia de la Cruz, miembros del Apostolado de la Cruz y la Alianza de Amor, familiares de los seis, amigos de diversas épocas, personas de Jesús María, personas a las que hemos servido en nuestro apostolado…

La Eucaristía fue una verdadera celebración: viva, alegre, participada, sabrosa. Comenzó con la procesión que los sacerdotes hicimos desde la Cruz del Apostolado; queríamos significar nuestro peregrinar, como Iglesia, en este Año Jubilar. Luego el P. Jorge Ortiz hizo una presentación de nosotros; él fue nuestro primer formador, quien nos recibió en el Postulantado. Además de decir los trabajos que habíamos realizado y algún rasgo de cada uno, recordó algunas anécdotas de cuando éramos postulantes y estábamos más broncos.

Por sorteo le tocó presidir a Gustavo. Cada uno motivó un momento de la liturgia: Carlos Quiñones, el rito penitencial; Antonio G. Saravia —Archi—, la renovación de votos; Gustavo, la oración de los fieles; Luis Carlos Cervantes, la presentación de ofrendas; Marcos Alba, el prefacio; yo, la acción de gracias después de la comunión, con la consagración a la Virgen María. En la homilía cada uno dijimos unas palabras.

Animó la celebración un coro formado por postulantes, novicios, Hijas del Espíritu Santo y jóvenes de Jesús María, y dirigido por Myriam, hermana de Gustavo. Durante la comunión, Marcos entonó un canto que recientemente compuso; se titula: «El sueño aquél». Qué bien expresa nuestros sentimientos de ese día:

No me canso de vivir agradecido, porque un día tú me llamaste con amor,
tu llamada inesperada, misteriosa, me rompió mis planes, mi vida cambió.

Empecé a correr contigo la aventura y por ti gustoso todo lo dejé,
y tus sueños se volvieron mis anhelos y el sentido de mi vida en ti cifré.

Quiero decirte que, aunque tú sabes que muchas veces yo te he fallado,
el sueño aquél de anunciar tu reino no se ha acabado
y aún tengo vivo aquel anhelo de estar contigo hasta el final.
Quiero decirte, Jesús, que con el tiempo yo de ti más me he enamorado,
que cada día soy más feliz de estar a tu lado
y que no dejo de sorprenderme de que tú sigas confiando en mí.

Aquí estoy como al inicio y hoy te entrego el dolor de no dar todo por tu amor,
la tristeza de no serte fiel en todo, los despojos de mis luchas y mi error.

Necesito oír de nuevo tu llamada, como el día en que la aventura comenzó,
necesito que me alientes y que enciendas otra vez en mí el amor y la ilusión.

Para todos los participantes, esa Eucaristía fue una experiencia de la fidelidad y el amor de Dios.

Después fue la comida en el claustro de la casa de ejercicios. Éramos más de 500. Reinaba un ambiente familiar, a gusto. Para la distribución de los alimentos contamos con la colaboración de varias personas del Apostolado de la Cruz. «Está riquísima la barbacoa que trajo la familia del Archi», decían; pero nosotros, por estar recibiendo abrazos y felicitaciones, ni tiempo teníamos para comer. «Luis Carlos, ven acá; una foto con los cuates». No dejábamos de saludar a familiares, amigos y a personas que han estado vinculadas a nuestra vida religiosa. Luego algunos aprovecharon para ir a la Cruz a hacer una oración, y visitar el museo de Conchita o la huerta. Poco a poco nos fuimos despidiendo; todos íbamos alegres, satisfechos (en todos sentidos), agradecidos y entusiasmados.

La celebración estuvo precedida por cuatro días de reflexión y encuentro de los seis que cumplíamos años. El martes 15 fuimos a Bajío de San José, Jal., para participar en el funeral de la mamá de Marcos. El miércoles, en la casa de la Alianza de Amor de Jesús María, tuvimos un retiro con el P. Luis Ruiz, quien fue nuestro Maestro de novicios; en tono de confidencia nos dijo: «Me gustaban los grupos difíciles, con los apáticos me sentía bien mal: por eso me sentí tan a gusto con ustedes». El jueves (día del aniversario) en la mañana celebramos con las Religiosas de la Cruz; luego nos fuimos de nuevo a Bajío de San José, para compartir con Marcos lo que estaba viviendo por la muerte de su mamá. El viernes a media mañana nos regresamos a Jesús María. Por la tarde hicimos los últimos preparativos para el día siguiente.

Un elemento clave fue constatar que el grupo es una bendición para nosotros. Los seis amamos a la Congregación y estamos identificados con nuestra vocación; tenemos buena relación entre todos, y hay algunas amistades entre nosotros; los encuentros que hemos tenido han sido gozosos y fructíferos (tan es así, que ya pusimos fecha para la reunión de los años 2001 y 2002). El grupo es una referencia cercana y estable para cada uno: «Las comunidades cambian, el grupo permanece». Todos coincidimos en que el cariño y el apoyo de los demás había sido un elemento importante para la perseverancia.

Este aniversario fue una gracia para nosotros. Hicimos un alto en el camino y nos dimos tiempo para reflexionar; enderezamos la dirección y cobramos nuevos ánimos para reemprender la marcha. Además, creció nuestro amor a la Congregación y el aprecio por «nuestra hermosa vocación»; aumentó nuestro deseo de seguir a Jesucristo; y nos dio un nuevo impulso para colaborar con Él en la construcción de su reino de paz, justicia, amor.

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Nota 1:  En un momento de nuestra reunión surgió la idea de hacer una crónica para compartir con otros lo que estábamos viviendo, y agradecer tantas felicitaciones y muestras de cariño. Como a la mera hora no decidimos quién la escribiría, yo asumí esa tarea. Pero ésta no es la crónica “oficial”, pues no fue revisada por los otros cinco, sino una crónica mía, en la que trato de interpretar la experiencia de todos. La escribí con el deseo de que nuestros hermanos de Congregación, los visitantes de esta página de Internet y otras personas se alegraran con nosotros, nos ayudaran a darle gracias a Dios y nos apoyaran con su oración para que sigamos adelante.

 

Nota 2: Si te interesa conocer el “rollo” interno de este aniversario, puedes leer los párrafos que vienen a continuación. Como en el cine, aquí van algunos avances: Por qué celebrar nuestro aniversario. Jesús María. El P. Luis Ruiz. Nuestros formadores. La comunidad de Jesús María y los demás Misioneros del Espíritu Santo. Las Religiosas de la Cruz. Los ausentes. La familia Alba Romo. De la abundancia del corazón. Las Mañanitas.

Por qué celebrar nuestro aniversario

Desde hace años, los integrantes del grupo nos hemos reunido unos días, cada año, para compartir nuestra vida (dificultades y logros, tristezas y alegrías…) y para ayudarnos mutuamente a seguir por el camino escogido. En la reunión que tuvimos en enero del 99, nos preguntamos si valía la pena hacer algo para celebrar nuestro 25° aniversario de profesión religiosa: «¿No será querer darnos importancia?» «Otros grupos anteriores no han hecho nada, ¿por qué nosotros sí?» «El 17 de agosto del 2000 será igual que cualquier otro día, ¿para qué organizar una celebración?»… Sin embargo, decidimos sí “hacer algo”. ¿Por qué?

  • Porque queríamos dar gracias a Dios por su fidelidad durante estos años, y por todos los dones que nos ha concedido.

  • Porque queríamos agradecerle el bien que Él, a través de nosotros, ha hecho en la Congregación, en la Iglesia, y en tantas personas concretas.

  • Porque necesitábamos que las personas que nos quieren, nos ayudaran a darle gracias a Dios.

  • Porque somos conscientes de la necesidad que tenemos de que otras personas nos apoyen con su oración. «Si los invitamos a una Eucaristía, seguro que pedirán por nosotros».

  • Porque la vida tiene también una dimensión festiva, y los grandes acontecimientos los celebramos sentándonos a la mesa con los amigos, y sentándonos a la Mesa con el Amigo.

  • Porque, como sujetos históricos, nos hace mucho bien recuperar y dar un realce especial a los aniversarios de los hechos importantes de la vida. Y nuestra profesión es uno de los más importantes.

  • Porque queríamos expresar nuestro cariño y gratitud a las personas que nos han acompañado en nuestro caminar como Misioneros del Espíritu Santo.

  • Porque queríamos que nuestros familiares y muchas personas que queremos y que nos quieren se alegraran con nuestra alegría; y también para dar ocasión de que nos mostraran su afecto.

  • Porque esas celebraciones tienen un impacto vocacional, pues manifiestan ante los demás, sobre todo ante los jóvenes, el valor y la belleza de la vida consagrada.

  • Porque a los seis nos encanta la pachanga.

Jesús María

En principio habíamos pensado celebrar nuestro aniversario en Guadalajara, pero luego cambiamos. Fue una decisión atinada, pues Jesús María es nuestro lugar de origen. Guarda para nosotros recuerdos especiales. En ese lugar hemos vivido momentos trascendentes de Congregación. Allí se bebe agua pura, recién salida del manantial: el agua que brota del Corazón traspasado.

En Jesús María, la Cruz del Apostolado nos esperaba con los brazos abiertos. En diversos momentos, cada uno por su lado, nos dimos nuestras escapadas para ir a orar al pie de esa Cruz (lástima que con los arreglos que hace tiempo le hicieron, ya no se pueda abrazar), y pedir fortaleza, sencillez, pureza, humildad, celo apostólico, fecundidad… y la perseverancia hasta la muerte.

El viernes 18 celebramos la Eucaristía en la capilla de la Soledad (la de la casa de ejercicios). Yo presidí la celebración. Gustavo me recordó que allí les avisé a los integrantes del grupo juvenil al que pertenecíamos, que había decidido entrar a la Congregación.

El P. Luis Ruiz

El miércoles 16 tuvimos un día de retiro dirigido por el P. Luis Ruiz. Quisimos invitarlo, pues él fue nuestro Maestro de novicios; y el Maestro deja una huella imborrable en quienes fueron sus novicios.

Nos dio dos pláticas: una sobre el radicalismo evangélico («Seguir a Jesús implica darlo todo y siempre. Hagan de Jesucristo el centro afectivo y efectivo de su vida») y otra sobre Nuestro Padre como modelo de ese radicalismo («Nuestro Padre nos impulsa a vivir nuestra afectividad como consagrados sin miedos ni inhibiciones, pero también con audacia y prudencia»). Más que sus palabras, me hizo bien su presencia: un sacerdote-MSpS maduro y sabio. Con solo verlo se reavivaban en mí muchos sentimientos y vivencias de los años del Noviciado.

A la 1 p.m. celebramos la Eucaristía en la capilla de Guadalupe. Presidió Luis. En la homilía nos compartió cuáles elementos le habían ayudado en su vocación. Son estos seis: el ambiente que vivió en su familia, la oración, la relación con la Santísima Virgen, la vida comunitaria, el haber trabajado en las casas de formación y la Espiritualidad de la Cruz. Todos coincidimos en que varios de esos elementos también a nosotros nos habían ayudado a llegar hasta este momento.

En el evangelio, Jesús nos dijo: «Donde están dos o tres reunidos en mi nombre, allí estoy en medio de ellos» (Mt 18,20). Durante esos días de reflexión y convivencia, constatamos lo real de esa afirmación. Nuestro afecto fraterno hacía real la presencia de Jesús. Nuestra unión como grupo es actualización y anuncio del Reino. Pero a la inversa es aún más real: el centro de nuestra amistad es Jesucristo; de no ser por Jesucristo, ni nos habríamos conocido. Y si nos reunimos esos días fue porque Jesús sigue siendo el centro de nuestras vidas: por eso Luis Carlos vino de Milán; Gustavo, de Oxnard; Marcos y Archi, de Guadalajara; Carlos y yo, de la Cd. de México.

Durante la cena y sobremesa nos pusimos a recordar las anécdotas del Noviciado. Luis se veía contento, «como gallina con sus pollos» —dijo alguno—. La presencia del P. Edgar Sánchez nos sirvió mucho, pues hechos que para nosotros eran de sobra conocidos, para él eran totalmente nuevos; entonces los contábamos con más ganas, estimulados por su asombro y su risa. A las 10 se despidieron Luis y Edgar, habiéndonos regalado el gozo del encuentro fraterno.

Nuestros formadores

Durante esos días de reflexión vimos la trascendencia que habían tenido en nuestra vida los formadores que tuvimos. Sin duda que lo que hoy somos se debe, en parte, a las semillas que ellos sembraron en nuestros corazones.

Faltando una semana para la celebración, se nos ocurrió hacer una invitación explícita a los que fueron nuestros formadores; era una manera de expresarles nuestro agradecimiento por todo lo que habían hecho por nosotros. Por diversos motivos algunos no pudieron asistir, pero sí contamos con la presencia de Jorge Ortiz (formador en el Postulantado y el Teologado), Rafa Ledesma (Noviciado), Juan Carreón (Teologado).

En nuestras preces decíamos:

- Te pedimos, Padre bueno, que recompenses abundantemente las preocupaciones, el tiempo empleado, los esfuerzos y el amor de nuestros formadores.

- Bendícelos, Señor, pues por tu gracia y su trabajo, somos Misioneros del Espíritu Santo.

En una eucaristía de esos días, recordamos con nostalgia y gratitud a hermanos fallecidos que habían colaborado en nuestra formación: Luis Wagner, José Cabral, Roberto de la Rosa, Paco Orozco, Federico Garibay, Jesús Medina, Rafael Oviedo…

La comunidad de Jesús María y los demás Misioneros del Espíritu Santo

«Queremos que vengan a celebrar su aniversario con nuestra comunidad», nos dijo el P. Melecio Picazo, cuando llegamos a Jesús María. Y el viernes 18 fuimos a cenar con ellos. Queso, pan y vino, sazonados con la plática amena y el afecto de todos. Echamos de menos la presencia y la alegría de Marcos.

El 19, la comunidad de Jesús María se portó de maravilla; nos hicieron sentir en casa; de ellos dependió que todo resultara bien. El P. José Guzmán se encargó de conseguir regalados dos puercos y de que hicieran las carnitas —estuvieron deliciosas—; el P. Homero Martínez, con un eficaz equipo de cocineras, preparó la comida; el P. Fernando García consiguió las sillas que se necesitaban para tanta gente; y el P. Mele coordinó todo y estuvo pendiente de cada uno de los pormenores. «Son éstos los detalles que hacen que en la Congregación te sientas en familia», me dijo un hermano. ¡Qué cierto!

Pero también los postulantes y novicios de San Luis, con sus respectivos formadores, tuvieron una parte importante en la celebración: desde colocar las sillas y organizar el estacionamiento, hasta el canto y el servicio del altar en la Misa; pasando por hacerla de edecanes, distribuir los alimentos y recoger la basura.

Otros Misioneros, con su presencia, su alegría o su colaboración, hicieron que de veras fuera un festejo congregacional. Y muchos otros que no pudieron asistir se hicieron presentes a través de una llamada telefónica, una carta o un correo electrónico.

Las Religiosas de la Cruz

Las Religiosas de la Cruz de Jesús María nos invitaron a que celebráramos con ellas la Eucaristía del jueves 17, día del aniversario.

Echamos un disparejo y le tocó presidir a Gustavo. Nos acompañó el P. Almaraz, de la diócesis de Saltillo. Como era de esperarse, en la homilía hablamos todos. ¡Estábamos de fiesta!

Por esas “coincidencias” de Dios, estuvieron presentes las integrantes del Consejo General; además era onomástico de la M. Beatriz Buenfil, Superiora General, y cumpleaños de la H. Rosa Inés Rodríguez.

Varias de las religiosas allí presentes, en distintas circunstancias, habían tenido relación con alguno de nosotros: Guadalupe Delgado, Luz Angélica Arana, Socorro Corona, Guadalupe Gutiérrez, Lourdes Medina, Dolores Icaza…

Durante el desayuno nos acompañaron las madres del Consejo General; luego muchas hermanas de la comunidad hicieron “su visita” para felicitarnos. Salimos de allí cargados de libros, tarjetas, jamoncillos… y del afecto de nuestras hermanas.

Al regresar a la Cd. de México, me encontré varias felicitaciones de otras comunidades. Nuestra perseverancia está apoyada en su oración. Por eso ellas se alegraban con un aniversario que también es suyo.

Los ausentes

Los grandes ausentes fueron nuestros familiares difuntos. Por eso, en la Misa del día 19, quisimos hacer una mención explícita de ellos, pues tuvieron un papel decisivo en nuestra vocación: Ezequiel y Ma. Teresa, papás de Carlos; Buenaventura, papá del Archi; doña Trini, mamá de Luis Carlos; doña Lupe, mamá de Marcos. Cristóbal, hermano de Marcos; Rosita y Jorge, hermanos de Carlos; José Miguel, mi hermano.

Muchas personas nos avisaron que no podrían acompañarnos por diversas razones; es comprensible, pues avisamos con poco tiempo y no todos tienen posibilidad de desplazarse; además de que no enviamos invitaciones. Pero hubo seis personas cuya ausencia nos fue muy significativa: Francisco Huergo, Carlos Eduardo Martínez, Carlos Gadsden y José María Martínez (“Chema”). Ellos cuatro formaron parte del grupo (éramos “los diez”); compartieron con nosotros su vida durante los dos años de Noviciado e hicieron con nosotros la profesión temporal. Cada uno en diferente momento vio que éste no era su camino y salió. Pero siguen teniendo un lugar en el grupo y los otros seis sentimos cariño hacia ellos. Celina Buenfil, Religiosa de la Cruz, sigue pidiendo: «por mis diez».

Los otros dos son los PP. Jorge Gómez del Valle y Felipe Romero. Jorge ingresó al Noviciado cuando pasamos al segundo año; era Arquitecto, y dejaba atrás una brillante trayectoria. Mientras que nosotros teníamos unos 20 años él ya andaba por los 45. Sin entrar propiamente a las broncas que como jóvenes y como grupo teníamos, sí compartió con nosotros la vida del Noviciado; lo sentimos siempre cercano, como un hermano mayor. Como él ya era sacerdote, con frecuencia celebraba la eucaristía de comunidad, nos daba cursos o nos confesaba. Su profesión religiosa fue una semana después de la nuestra. Él tenía planeado estar con nosotros en Jesús María, pero no pudo ir, pues fue destinado a una nueva fundación en Bothell (estado de Washington).

Felipe hizo su profesión en 1969, pero salió de la Congregación. Luego decidió reingresar, estuvo unos meses en el Noviciado y emitió nuevamente sus votos con nosotros. Actualmente está en la comunidad de Orizaba. No pudo ir a Jesús María, pues ese día iba a estar con las Religiosas de la Cruz de Oaxaca.

La familia Alba Romo

Doña Lupe nos hizo adelantar nuestra reunión. La teníamos planeada para el miércoles 16, en Jesús María, pero con su paso a la Casa del Padre, nos reunimos el día 15, en Bajío de San José (sólo faltó Gustavo).

Archi me habló por teléfono: «Hoy en la madrugada murió la mamá de Marcos; mañana a las 9 es el entierro». Le llamé a Quiñones; acordamos darnos prisa y ver si era posible viajar ese mismo día rumbo al Bajío. Salir del Distrito Federal a las 5 de la tarde es una prueba de paciencia automovilística. La lentitud del tráfico en el periférico nos permitió echarnos una buena platicada. Los tres hoteles de “La Chona” estaban llenos de peregrinos que iban a San Juan, así que caímos en un hotelillo de quinta, al lado de la gasolinera. Nos acordamos de Santa Teresa: «Una mala noche en una mala posada».

Fue un funeral distinto; celebrado desde la resurrección de Jesucristo y la Asunción de María (era 15 de agosto). Concelebramos catorce sacerdotes, la mayoría de la Congregación. La iglesia estaba llena de familiares y amigos. Durante toda la misa cuatro personas se turnaban para hacer guardia junto al féretro; como eran muchos los que de esa manera querían mostrar su compasión, los turnos a veces eran muy breves.

Marcos presidió la Eucaristía; tenía una serenidad admirable, no forzada ni postiza. Lupita, hermana de Marcos, dirigía al coro y entonaba los cantos; se alternaba con Paco Padilla y Sheila, amigos de Marcos, que habían venido de Guadalajara. Jesús, el hermano mayor, al final dijo unas palabras de agradecimiento, cargadas de bondad. Sólo don Esmeragdo, en su silla de ruedas, se veía triste, muy triste, como si le hubieran amputado una parte del corazón.

En la homilía, con voz clara y firme, Marcos dio gracias a Dios por el don de la vida de su mamá: una mujer sencilla, llena de fe y amor. Sintetizó el itinerario de su vida con unas palabras del P. Félix: «de Dios, en Dios y a Dios».

De la iglesia salió una larga fila de personas hacia el panteón. Allí todo siguió en el mismo tono: Marcos decía unas oraciones y hacía pequeñas reflexiones; sus hermanas cantaban; y todos rezábamos. De esta manera, nuestra tristeza se llenaba de paz, y nuestro dolor de esperanza.

Luego nos fuimos a Atepoca, rancho de la familia, para el almuerzo. Allí estaban Eugenio, Lupita y Pachita, sus hermanos, y varios sobrinos y sobrinas. Los chistes, anécdotas y bromas querían desviar la atención de un vacío imposible de llenar: «Sin tu madre aquí, éste ya no es hogar», había dicho don Esmeragdo al llegar a la casa. Y Marcos nos confesó: «Mi preocupación es mi papá: lleva cinco embolias, está muy enfermo».

A medio día, Carlos y yo nos fuimos a Jesús María; Archi y Luis Carlos, horas más tarde. Durante el viaje, como los discípulos de Emaús, comentábamos nuestras impresiones: ¡Con razón nuestros corazones ardían al ver a Marcos, al escuchar sus palabras en la Eucaristía, al constatar la fe y la sencillez de su familia, y al compartir con ellos el pan! Fue un verdadero encuentro con el Resucitado.

Dos días después, tras haber celebrado con las Religiosas de la Cruz, volvimos al Bajío. Queríamos celebrar el mero aniversario con Marcos. En la mañana le transmitimos lo que habíamos visto con el P. Luis Ruiz en el retiro del día anterior. Por la tarde nos compartió algunos detalles de la gravedad y muerte de su mamá, y cómo había vivido él ese acontecimiento. Nos contagió su paz. Luis Carlos dijo: «Así, ¡qué distinto! La muerte de mi mamá tuve que digerirla yo solo». Y yo pedí: «Cuando muera alguno de mis papás, me gustaría que ustedes me acompañaran». Luego comentamos que, con el encuentro de esa tarde, la unidad del grupo se había estrechado. Para nosotros, ser hermanos no es sólo una bella expresión sino una realidad.

A las 8 en el templo parroquial fue la Misa; aunque era la segunda del triduo, se convirtió en celebración gozosa de nuestro aniversario. Además de nosotros seis, concelebró el P. Francisco Rodríguez. Todos dijimos una palabra en la homilía; Carlos la dijo a través de una canción. Al final de la Eucaristía nos cantaron unas “mañanitas” arregladas para la ocasión (mismas que, un poco reducidas, cantaron en Jesús María). Luego vinieron los abrazos y las felicitaciones. Y viendo tantos padres, varias personas quisieron aprovechar para confesarse.

«Mis hermanos quieren que nos juntemos para cenar, ¿cómo ven?», preguntó Marcos. No habíamos acabado de decir que sí, cuando más de sesenta parientes de todas las edades habían llenado la casa. Carlos Quiñones se las ingeniaba para entretener a un nutrido grupo de sobrinos y sobrinas. Acabamos como a la una y media.

A la mañana siguiente, Carlos, acostumbrado al ruido de coches y aviones, se quejaba de que no lo habían dejado dormir los gallos y los becerros. Después del desayuno nos reunimos para organizar los detalles de la Misa y la comida del día siguiente.

- Eugenio: dice Fernando que si nos regalas unos elotes para la comida de mañana.

- ¡Cómo no!, ahorita los mando cortar. ¿Estará bien con unos mil?

Y nos regresamos a Jesús María con la cajuela y el asiento trasero de los coches (también el de Francisco) llenos de elotes, y con la alegría de ver a Marcos tan sereno.

De la abundancia del corazón…

De lo que dijimos en la homilía del sábado 19, se puede deducir por dónde anduvieron nuestras reflexiones de esos días. Aquí escribo algo de lo que me acuerdo; y como me acuerdo mejor de lo que dije yo, pues será más largo.

Carlos Quiñones hizo notar que su familia había crecido, pues le entregó al Señor once hermanos y ahora tiene miles. Y se aplicó las palabras de la Virgen María: «El Señor ha hecho en mí maravillas».

Archi habló de que 25 años se podrían interpretar como la mitad del camino: llevamos un buen trecho recorrido, hemos superado obstáculos, pero nos falta aún llegar a la meta.

Marcos tomó como estribillo una estrofa de un salmo: «Haz la prueba, y verás qué bueno es el Señor». Y luego narró un rosario de hechos que ponían de manifiesto, de veras, lo bueno que había sido Dios con nosotros.

Luis Carlos nombró a cada uno de nuestros papás, y resaltó su importancia en nuestra vocación. También agradeció a los miembros de la Congregación todo el apoyo que nos habían dado, y les expresó nuestro cariño.

Gustavo habló del porqué habíamos escogido Jesús María para nuestra celebración, y de las figuras de Nuestros Padres. Y terminó haciendo una invitación vocacional a los jóvenes allí presentes.

Yo hablé en segundo lugar, entre Carlos y Archi. Resumí mi experiencia en cinco puntos:

  1. Como Misionero del Espíritu Santo he sido muy feliz. Nuestra vocación, además de hermosa, es sabrosa.

  2. Me invade un enorme sentimiento de gratitud hacia Dios por haberme llamado a seguir a Jesucristo; por nuestro grupo; por haberme considerado digno de confianza para encomendarme la construcción de su Reino; por las personas que ha puesto en mi camino y a las que he servido en mi apostolado.

  3. Ser Misionero del Espíritu Santo es algo que llevo grabado en lo más íntimo de mi ser; está casi en mis genes. Soy Misionero del Espíritu Santo hasta las tripas.

  4. Jesucristo es lo que explica mi vida. Me siento muy amado por Él. Me fascina, estoy enamorado de Él y dispuesto a todo por Él.

  5. Lo importante no es haber cumplido 25 años, sino ser fieles hasta la muerte. Lo importante no es haber encontrado a Jesús, sino encontrarlo hoy, y encontrarlo definitivamente en el cielo. Lo importante no es lo que hice, sino lo que Dios me pide que haga. La mejor parte de mi vida… está por venir.

Mañanitas para el 25º aniversario de profesión religiosa

17 de agosto del 2000
Por: Ma. Elena Vázquez y Carmela Pedroza (Bajío de San José, Jal.)

 

Estas son las mañanitas
que cantaba el rey David
a los padres en su día
se las cantamos aquí.

Despierten, padres, despierten
miren que ya amaneció;
ya los pajarillos cantan
la luna ya se metió.

1. Sean ustedes bienvenidos
a este humilde lugar
dando gracias a Dios Padre
por este día sin igual.

El 17 de agosto
del año 75
el Señor los ha llamado
pa’ que fueran sus misioneros.

Coro: Este día estamos de fiesta
no lo podemos negar,
Dios ha hecho maravillas
y las podemos gozar.

2. El universo es muy grande
pero más grande el Señor
que de diferentes partes
a seis amigos reunió.

El padre Fernando Torre
es de San Luis Potosí,
también Gustavo García
y los dos dijeron “sí”.

Coro: Gustavo García Siller
hombre de mucha oración
el padre Fernando Torre
por cierto gran escritor.

3. De la Perla Tapatía
a Luis Carlos lo llamó
para que también él cumpla
la voluntad del Señor.

No se anda por los rincones
es de alegría sin igual
su nombre es Carlos Quiñones
del Distrito Federal.

Coro: Esta parroquia se alegra
y los quiere felicitar
y también por su visita
las gracias queremos dar.

4. Tenemos un grande Pío
pero no crean que es un pollo
el Archi nació en Durango
y también se llama Antonio.

Estos seis grandes amigos
que el Señor hoy los reunió
Marcos Alba nos faltaba
nuestro gran compositor.

Coro: Hoy la parroquia ha tenido
un nuevo Pentecostés
porque el Espíritu Santo
nos ha venido otra vez.

 

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