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HA
MUERTO Héctor Carriedo Valencia, MSpS.
¡Aquí estamos ya! Y, apenas si
serán las once o doce de la mañana. Cuánto trabajo le ha dado recorrer
el último tercio del camino. Si no es por Simón no habría podido
llegar hasta aquí. ¿Tú sabes, porque has hecho detrás
de Él este camino? Esos dos vienen obligados por su condena. Morirán con Él, de la
misma manera que Él: las manos y los pies traspasados, fijos al madero, asfixiados por el
peso de su propio cuerpo. Muerte lenta, inexorable. Tú, ¿por qué lo has seguido? Yo también quiero gritarle como
ésos que lo ven y menean la cabeza: Si has dicho que destruyes el santuario y lo
levantas en tres días
¡Sálvate! ¿Qué no ves que apenas comenzaba a creer en ti?
¡Baja de esa cruz! ¿Cómo me pides andar detrás de ti rumbo a nuestro Dios? Dios no es
un Dios de muertos sino de vivos." Estoy segura que cada uno de los que
ahora le insultan antes fue un corazón anhelante de esperanza, hambriento de sentido para
este vacío de siglos, que creyó encontraría hartura en sus palabras. Baja ahora de la cruz, que los
poderosos, los letrados, los que comercian con la religión no se salgan con la suya.
Ellos no quisieron, no quisieron nunca tu palabra ni a ti. ¡Oh Mujer! Y lo único que atino a
hacer es manifestarte, como un chiquillo pegado a las faldas de su madre, mi
desesperación. Mira como se le ha ido saliendo la
vida por esas heridas sangrantes, lentamente, gota a gota. Y aún no son ni tres horas de
que fue puesto en su lecho de muerte. ¡Toda una vida en sólo tres horas! Una vida
gastada hora tras hora manteniéndose abierto a los demás, abierta a Dios día a día
buscando cómo construir un mundo mejor en donde ustedes, con su afán de dominio, y
nosotras, con nuestro miedo a la soledad, nos pudiéramos descubrir hermanos y hermanas.
¡No! A una vida así no le bastan tres horas; se necesitan segundos sin límite, minutos
eternos de recapitulación. Y tú, acobardado, quejándote de tú desesperanza. ¿No vez
que este momento es para Él el tiempo de la verdad? Date cuenta que para Él es el
momento definitivo de ponerse ante su fracaso o ante su éxito con toda radicalidad. ¡Lo
hecho, hecho está! No hay manera de corregir nada. ¿Acaso has olvidado todo lo que te he
contado de su actitud confiada delante de Dios hasta tal punto de llamarle Padre? Óyelo
cómo grita. ¿Es acaso que hubo otra forma de dar testimonio de la verdad? Él quiso
traernos un mensaje de paz de parte de Dios y recibe la muerte de un maldito de Dios.
Escucha su grito y métete a su dolor: «Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has
abandonado?». Es como si le dijera: «Si acaso he obrado mal, dime en qué». Sí, también me contaste su afán
por ocuparse de las cosas de su Padre; que todo lo quería hacer como su Padre. Ahora, en
este momento, me parece que a quien busca es a su Padre. Pero
¿quién es su Padre?
¿Dónde está su Padre? Me dijiste que en aquella ocasión respondió de una manera
extraña: «Si me conocieran a mí conocerían también a mi Padre». Él tiene a Dios por
padre. ¡Mira! A quien busca es a Dios. Contemplándolo atentamente puedo sentir su mirada
de fracaso porque no lo encuentra entre nosotros, con nosotros, en nosotros. Su mirada es
de desconcierto, de abandono. A los que habló de vida le dan la muerte. Me acuerdo cuando me pidió de beber.
Ahora bien sé que fue un pretexto para abordarme. ¡Siempre fue tan respetuoso en su
trato para con nosotras! Con cuanta desconfianza le reclamé. Pensé: este judío quiere
burlarse de mí. «Si conocieras el don de Dios me contestó; si conocieras al
que te pide de beber». Y desde entonces lo he seguido. He procurado conocerlo atisbando
en sus gestos y palabras para descubrir sus motivaciones, intuyendo sus criterios, sus
gustos
en fin, descubrirlo a Él. ¡Nunca me dijiste si bebió! En
cambio tú apuraste a grandes sorbos el agua que Él te daba: bebiste de otra agua mejor.
Ahora Él tiene sed y mira lo que le dan: sed de vida que se entrega. Sed de sentido,
necesidad de entender los acontecimientos. Tienes razón, debe estarse preguntando:
¿Habré hecho tan sólo lo que a Él le agrada? ¿Por qué entonces el fracaso? Nuestra psicología exige vencedores.
El que es derrotado es abandonado. ¡Mira lo que le dan a beber! Mitigante para su dolor. ¿Cuánto dolerán las llagas? Cuando
se ha aprendido a dar, duelen más las manos vacías que las manos traspasados. Duele más
un corazón abandonado, cuando se ha probado el amor, que un corazón traspasado. ¿Dónde
encontrar dolor semejante a este dolor? Hasta su vida se le agota ¿qué nos dará
después? Buscar consuelo y encontrar
desprecio, buscar expresiones de aliento y oír befas de burla. ¿Te acuerdas cuando te
conté lo de aquella viuda y su llanto de soledad? ¿De aquel ciego y su necesidad de luz?
¿O de aquel paralítico de años y su deseo de caminar? No, para el no hay consoladores. Nos ha engañado. Ha jugado con
nuestra esperanza. Nos ha defraudado
Si tan sólo no hubiera escogido la
muerte. ¿De qué otra manera interpretar eso que a ti también te contaron los que le
oyeron: «Se equivocan si creen que ustedes me quitan la vida, yo la doy como testimonio
de la verdad». Y ahora nosotros no tendremos más
verdad que su muerte. Esto es lo que tendremos. Pero
¡claro! Ahora me parece
entender un poco. ¡No tendremos más verdad que su muerte! Él no podía morir de otro
modo. Cuando la vida es escogida y aceptada paso a paso, la muerte no puede ser otra
muerte sino la escogida. Él vivió eligiendo: eligió sus amigos, eligió su postura ante
la Ley, el Templo y toda autoridad; escogió su verdad, eligió la libertad y la
coherencia con su experiencia de Dios como padre hasta sus últimas consecuencias . ¿No sé si sabremos en qué se
guiaba para proceder así? Nunca nos habló del Dios de los
ejércitos; ni una palabra del Dios de la venganza. Por el contrario, siempre nos
presentó el Dios de misericordia y perdón, el Dios compasivo y fiel, que no hace
distinción entre buenos y malos, entre puros e impuros, porque todos somos sus hijos. He oído decir a algunos que sabía
mirar el interior de las personas. Yo no estoy tan seguro de eso. Ahí
tienes a Simón Pedro, por no mencionar a ese que dicen lo traicionó. Recuerdo que un día le oímos decir:
«Solamente hago lo que agrada a mi Padre». Como si ése fuera su alimento. Lo que agrada a mi Padre. Pero, para
Él, decir Padre, es decir Dios. El Dios de los pequeños, de los pobres, de
los que sufren por causa de la justicia. Con estos criterios ha normado su vida, su
actuación y su palabra. Dime tú, que lo conociste más, ¿no habrá escogido bajo esta
luz todo lo que ha dicho y lo que ha hecho? ¿No habrá escogido así su tiempo y su
muerte? Solamente el que es capaz de elegir cómo vivir su vida está en posibilidades de
elegir cómo aceptar su muerte. Ahora que la vida se le escurre con su sangre derramada
quisiera preguntarle por esos criterios, por sus motivaciones, ya que no puedo
comprenderlo. ¿Comprenderlo? Cuánto tiempo
necesitamos vivir con alguien para comprenderlo? He vivido con cinco hombres y a ninguno
he comprendido. Por ninguno de ellos me sentí comprendida. Pero, a raíz de mi encuentro
con Él he comenzado a creer en mí misma, a aceptarme, a comprenderme. Con cuánto
respeto y oportunidad me hizo darme cuenta de lo que yo soy. Con firmeza pero con bondad
me hizo ver mi verdad. Cada vez entiendo menos. ¿Por qué,
pues, no ha permanecido más tiempo entre nosotros? ¡Mira! ¡Mira a tú alrededor, a
quiénes sí tendremos siempre con nosotros! ¿Cómo estos desarrapados podrán llevarnos
a la verdad de lo que somos cada uno de nosotros? ¡Cada vez entiendo menos! Ahí, frente a mí, sentado al brocal
del pozo de agua naciente, transparente, limpia y fresca, estaba Él. Aún sienten mis
oído su voz que resuena en mi interior como agua cristalina que refresca. No lo toqué
yo, el fue quien con delicadeza buscó mi mano mientras le ofrecía mi cántaro medio
lleno. Y, desde entonces, su alegría llena mi corazón. Sí, tú le viste, le oíste, lo
tocaste. Yo lo he conocido solamente a través de ti. Pero, ¿no te das cuenta que la
mayoría de las cosas que yo conozco de Él, las sé porque otros me las han contado?
Cuando yo comencé a caminar tras Él, era como si ya de siglos estuviera entre nosotros. Entonces
es como si entenderlo
a Él estuviera supeditado al diálogo entre nosotros. Sí, al diálogo con aquellos que,
siguiéndolo, han aceptado su verdad. Es como si Él fuera el camino para comprender al
hombre. ¿Qué ha dicho? Su voz es tan débil
que no he alcanzado a oírlo. Tú has estado atenta a Él ¿Alcanzaste a escucharlo?
¿Qué ha dicho? ¡Todo está consumado! Aún ahora es fiel a la verdad: todo
ha terminado. Ahora no siento miedo mirarlo ahí, clavado, traspasado, muerto. Nunca te he
dicho que una vez también yo hablé con Él. Yo también sentí su mirada en mi corazón
y su mano en mi hombro: «Anda reparte lo que tienes entre los pobres y luego sígueme»,
me dijo con ternura y determinación. Y, desde entonces no había podido, hasta hoy, estar
delante de Él. Sus pretensiones fueron muchas, más allá de la Ley para aquellos a
quienes la Ley basta. Pero, ahora me doy cuenta, no es Él quien me engañó, soy yo que
oí y lo que no dijo, que he esperado lo que no prometió. Nos ofrece la vida y escoge la
muerte. Somos nosotros quienes no lo hemos
comprendido. Él habló con la verdad, Él vivió para la verdad, sólo que nuestra verdad
no es su verdad. Y ahora no tendremos más verdad que
su muerte. No tendremos más verdad que su
muerte. Muerto como morirán esos otros dos, como moriremos todos nosotros. ¿Será ésta
la verdad que hace libres? ¿Acaso es la muerte el único camino para la vida? Él me prometió agua de vida. Un
manantial de vida plena. Tus palabras han llegado a mis oídos
como el agua a los labios sedientos. Ahora comienzo a ver con claridad. Su muerte es la
consecuencia ineludible de un proyecto de vida que brota de una experiencia de Dios rico
en misericordia y leal, que tiene compasión por toda una eternidad; experiencia de Dios
como padre, pero que choca contra mis intereses, contra los intereses de muchos. Es su
muerte lo que le ha permitido dar la vida a sus amigos. Es su muerte lo que le permite
asumir su vida desde una nueva dimensión. Yo lo único que quise fue mostrarte
mi amor para con Él. Fue así como pensé acercarte a su amistad, pero, ahora, ha muerto. ¡Ha muerto! Sí, esa es nuestra
verdad, una verdad que nadie nos podrá quitar. Ahora no creo por lo que tú me has dicho.
Sé, porque lo he visto morir, que verdaderamente éste viene de Dios. Con su muerte ha
vencido mi vergüenza y cobardía. Con su muerte me ha abierto los ojos. Si éste no
hubiera venido de Dios no habría podido hablar así, no habría podido vivir así, no
habría podido morir así. ¡Aquí estamos ya! ¡Vamos! Ahora
comienza todo.
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