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Ismael
Gómez Gordillo M., M.Sp.S. VICENTE
FOX resultó mayoritariamente elegido para Presidente de México el domingo 2 de julio del
año 2000. La «Alianza por el cambio», que aunaba a varios partidos
políticos lidereados por el PAN (Partido de Acción Nacional), nos da la clave de la
elección. Fueron tres largos años de campaña de hecho del ex-gobernador
del Estado de Guanajuato, para afrontar setenta y un años de gobierno PRI (Partido
Revolucionario Institucional), que obtuvo el segundo lugar en el voto popular y pasa a ser
«oposición» en el juego democrático del país. Aquí se puede exclamar (con humildad y
desafíos asumidos): vox populi, vox Dei = la voz del pueblo, la voz de
Dios, y parodiar con un poco de humor: Fox populi, vox Dei. En el Congreso no ha obtenido el PAN mayoría absoluta: están
muy equilibradas las tres mayores fuerzas políticas PAN, PRI y PRD (Partido de la
Revolución Democrática), lo que hace percibir un trabajo arduo, pero esperanzador, en la
conducción del país. CAMBIO DE ÉPOCA En la ascesis que nos enseñó Jesús, nuestro Maestro, está el
estudiar los «signos de los tiempos». Él echó en cara a los «sabihondos» escribas y
fariseos el no reconocer esos signos respecto a Él. Al dejarse llevar por sus inercias
legales tradicionales y la expectativa de un inmediatismo milagroso para subsistir en
medio del poderoso Imperio romano, pasaron por alto el que se estaba llevando a cabo: el
salto más importante (cambio de época) de su historia que fue el acontecimiento del
Mesías sufriente, gozoso-doloroso-glorioso a través de la Cruz que ellos propiciaron. No
se dieron cuenta del paso de Dios (Pascua de Cristo Jesús) y al combatirlo dieron
celeridad y cumplimiento a signos escondidos en sus Escrituras Sagradas. El cambio de gobierno en México puede interpretarse por unos
como «uno más» de esta época de cambios que hoy sucedió y mañana pasará sin pena ni
gloria (como por ejemplo los múltiples «cambios» de gobiernos italianos). Sin embargo en nuestra mano está el que signifique algo más:
un verdadero «cambio de época» que implique un avance significativo de «solidaridad
global» en la expresión de Juan Pablo II, no tanto por idolatrar la figura de Fox
y exigirle atributos divinos (o mágicos), sino por asumir todos y cada uno su
participación en afrontar nuevas utopías a mediano y largo plazo, con visión analítica
del pasado y proyectiva de futuro esperanzador, con la consigna de que la democracia
no se puede dar sin ti título del mensaje de los obispos mexicanos ante la
cercanía de las elecciones 2000. Te propongo focalizar una red de doce hilos que tengas en tu
mano para participar en crear una mística del «cambio», en que seamos, tú y yo,
actores y no sólo espectadores. LAS TRES «D» Fox como «signo de los tiempos» aparece más claro en el
contraste de la historia de México: un ayer de predominio del PRI por más de siete
decenios, con méritos indiscutibles en la construcción del país después de la
sangrienta Revolución mexicana, pero a fechas recientes con la evidencia del deterioro
por abuso de poder, asesinatos en su entraña, «dinosaurios» enriquecidos e inamovibles
y una población plagada de delincuencia, desempleo y desconfianza (tres D). Quizá
podemos ser más justos si aplicamos a este deterioro el dicho pecados son del
tiempo
; pero habituados a buscar culpables atribuimos al «mal gobierno»
todos nuestros males. Luchar contra esta triple «D» es tarea de corto y largo plazo
del nuevo Gobierno a partir del 1° de diciembre del 2000, en que tomará posesión el
Presidente electo, Lic. Vicente Fox. Las tres «D» mencionadas son sólo consecuencia y síntomas de
males profundos y extensos, unos adquiridos por contagio (los del neoliberalismo, por
ejemplo) y otros de marca propia (como la corrupción sistemática y totalitaria «a la
mexicana»). Hay que tomar en nuestra mano el reto de convertirlos en «seguridad
convencida», no violenta; «empleo digno», no mendicante; y «confianza
corresponsable», no gratuita. LAS TRES «A» En varios escritos anteriores a las elecciones, especialmente en
la Carta Pastoral de la Conferencia del Episcopado Mexicano (CEM) llamada «Del encuentro
con Jesucristo a la solidaridad con todos», en su tercera parte, se hacía tomar
conciencia de que había, por primera vez en México, las posibilidades de una alternancia
en el gobierno, por lo que exhortaba a la sensatez para optar por su conveniencia o no
conveniencia, con argumentos personales y disposición de participación, dejando a un
lado las actitudes viscerales e infantiles que esperaran todo de «papá gobierno»
es mi interpretación, no el texto literal. El resultado de las elecciones produjo, en los que votaron por
la «Alianza por el cambio», inmensa alegría, porque estábamos habituados por décadas
a que «algo sucedía» bueno o malo y siempre ganaba el PRI. Muchos pensaban,
especulaban y delataban estrategias reales o imaginarias del Revolucionario
Institucional para «salir de nuevo con la suya». El monumento del «Ángel de la
Independencia» concentró esta alegría de muchos, con una desvelada festiva y sin
incidentes violentos. El Presidente Zedillo produjo la tercera «A»: asombro, pues
habló a la Nación afirmando el triunfo de Fox antes del conteo formal, oficial, que se
dio días después. Fue un comunicado televisivo y radiofónico breve, preciso y
contundente, que ha favorecido, sin duda, el crecimiento en madurez democrática nacional
al dar paso hacia una transición pacífica. Coherente con el mensaje, invitó primero y
realizó después, el lunes 3 de julio, el primer encuentro con Fox en vistas a una
transición ordenada y eficiente. LAS TRES «R» Ahora, más allá de las bravatas de la campaña electoral y las
«majaderías» del ranchero Vicente Fox en su afán por conquistar todos los estratos
sociales, el Licenciado Presidente se ha de enfrentar a retos mayúsculos, acordes a su
«decálogo» famoso que incluía los diez principales renglones de su compromiso y que se
refería a los principales ministerios de todo gobierno. Será un inicio difícil, tanto
por la resistencia de una oposición sumamente inquieta, crítica y agresiva, sea por la
inercia impositiva del PRI y la desconfianza del PRD, quien, en voz de su líder
Cuauhtémoc Cárdenas, tiene principios diametralmente opuestos al PAN en algunas
cuestiones y, en particular a Fox. El Presidente electo prometió, en todos los foros, un respeto
plural y coordinado, lo cual es sin duda válido, pero más lento y menos brillante que la
imposición a que estábamos habituados. Esta característica del respeto se va a poner a
prueba, sin duda, ante la variedad de líderes de partidos en puestos de elección a lo
largo y ancho del país, empezando por el Distrito Federal, en donde se confirmó el PRD
como preferido en la persona de López Obrador como Jefe de Gobierno. La tercera «R» la percibo más allá de la persona del
Presidente electo, e incluso más allá de las Cámaras negociadoras: responsabilidad de
todos, sin la cual no podría haber gobernabilidad alguna. Responsabilidad significa
trascender los gustos personales para favorecer los beneficios nacionales. Desde la
oposición significa «dar oportunidad» de generar, creativamente, nuevos cauces
institucionales para el desarrollo de nuestro nuevo modo de ser en el siglo XXI, sin duda
de exigencia más pluralista y tolerante por parte de todos. El «cambio» en sí no
significará mucho, si no está potenciado por una dirección que lo justifique y le
imprima consistencia. LAS TRES «I» La orientación del cambio ha de ser hacia la igualdad como
«causa final»: partir de nuestra desigualdad histórica hacia la igualdad en la meta,
llamada «felicidad» por los filósofos griegos, y «Reino de los cielos» por los
Evangelios bíblicos. La democracia tiene a la igualdad del voto como medio
imprescindible, pero hemos de transitar por la igualdad de corresponsabilidad (desde la
debida diversidad existencial indígena, femenina, minusválida, etc.) y llegar a la
igualdad escatológica social-teológica de que Dios sea todo en todos, cabe
quien ya no habrá pobreza ni dolor, nadie estará triste, nadie tendrá que
llorar como reza la plegaria eucarística de los niños en el misal romano. La orientación del cambio tiene que realizarse con visión
inteligente, palabra que viene del latín «intus legere» = «leer dentro», que a la
altura de nuestros tiempos nuevos, con los medios de comunicación masiva tan
desarrollados, ha de traducirse en inteligencia «global», y no sólo del caudillo, o del
premio Nobel, o del niño «virtual», experto en computación. Esto se opone a actuar
como «tontos de empuje» según la expresión popular. Hemos de ejercer nuestra
inteligencia personal en provecho de la sociedad, con retroalimentación mutua, con
progreso argumental en las decisiones y con la certeza de nuestras limitaciones humanas
(no pretendernos dioses). En la especificación de la orientación del cambio escogido por
la mayoría, pienso que hay una «I» que debe animar la audacia asumida de la
alternancia: las Iglesias, así, en plural. Y hemos de empezar en primera persona nosotros
los «católicos», mayoría todavía en medidas de censo. Hemos de propiciar, y quizá
estrenar, nuestra misión de reconciliación, desde lo interior a lo exterior:
reconciliación consigo mismo en actitud de conversión religiosa; reconciliación con
nuestra idiosincrasia, con nuestra identidad sin fanatismos; reconciliación dentro de la
jerarquía (obispos, presbíteros y diáconos); reconciliación en oración y acción
con los «hermanos separados»; reconciliación con el Jesús del Evangelio (anterior al
de los manuales de teología) que se nos presenta como el camino-verdad-vida,
partiendo de su abajamiento (se hizo uno de tantos Filipenses,
capítulo 2), continuando con su preferencia pastoral por los más débiles (hoy diríamos
por los grupos más vulnerables) y culminando en su Cruz como camino que
garantiza el verdadero amor, el sacrificado y oblativo, esforzado y creativo, el
resucitado y resucitador. INVITACIÓN FINAL Ya no es hora de preguntar ¿por quién votaste?,
que nos llevaría a una involución de debates familiares, callejeros o «de caché».
Ahora de lo que se trata es de:
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