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| Canonización de 27 mexicanos Fernando Torre Medina Mora, MSpS.
Éstas fueron las palabras pronunciadas por el Papa Juan Pablo II, el domingo 21 de mayo del año 2000. Los presentes en la Plaza San Pedro expresamos nuestra alegría y gratitud a Dios con un fuerte aplauso, mientras el coro cantaba: Amén. Amén. Amén. Aleluya. Aleluya. Aleluya. El P. Alfredo Vizoso, MSpS, lleno de gozo y gratitud hacia Dios, a modo de confidencia, me dijo: «Éste es el final, la meta, del trabajo de tanto tiempo». Bien sabía él todo lo que había sido necesario trabajar para llegar a ese momento, pues durante varios años fue Postulador de la Causa de los mártires. Luego continuó: «¡Están en el cielo!». Y para asegurarse de que yo no dudara de su afirmación, me dijo: «El Papa lo ha declarado con su autoridad, y en esto es infalible». En la fachada del Vaticano estaban colgadas cuatro pinturas: la de san José María de Yermo, fundador de las Siervas del Sagrado Corazón y de los Pobres; la de santa María de Jesús Sacramentado, fundadora de las Hijas del Sagrado Corazón de Jesús, y dos de los mártires. Allí estaban los tres laicos: Salvador Lara Puente, de la ACJM, martirizado a los 21 años; David Roldán Lara, de la ACJM, fusilado a los 24 años; y Manuel Morales, esposo y padre de tres hijos, presidente de la Liga Nacional Defensora de la Libertad Religiosa. Parecía que la misma Basílica se había vestido de fiesta, pues su fachada lucía una blancura recientemente estrenada. La celebración, fijada para las 10 de la mañana, comenzó unos minutos antes, con una puntualidad poco mexicana. Lo que sí eran plenamente mexicanas eran la alegría y la fe que se respiraba en la Plaza San Pedro. Pero desde antes de las 8, por la Via della Conciliazione, muchos mexicanos nos dirigíamos hacia el Vaticano. Unos llevaban imágenes del P. Román Adame, otros banderas con el águila sobre el nopal todos, ilusión en la mirada y ansiedad en el corazón. Queríamos participar en la canonización de los 27 nuevos santos mexicanos. «Era injusto que después de 500 años de evangelización sólo tuviéramos un santo. San Felipe de Jesús ya no se sentirá tan solo». «¡Pero si faltan más de dos horas!», decía extrañado un guardia italiano que cuidaba el orden y cerraba el paso. «¡Ya déjenos pasar!», respondían insistentes los fieles de Iguala, Chalchihuites y Cuquío que, con un boleto en la mano, reclamaban su derecho a tener un lugar en la canonización de su antiguo párroco. «Si yo vi cuando fusilaron al padre David Uribe, cómo no lo voy a ver ahora que lo hacen santo». Cuando los sacerdotes unos 500 atravesamos la plaza en dirección al altar, los fieles gritaban a sus conocidos: «¡Venimos de Tabasco, padre Carlos!»; «¡Acá, padre Goyo!»; «¡Padre Lara, padre Lara!»; «¡Don Nico!, voltié para la foto». Los 80 obispos salieron más discretamente desde la Basílica de San Pedro. Al aparecer el Papa, la asamblea estalló en aplausos. Y rítmicamente repetíamos: «Juan Pablo / segundo / te quiere todo el mundo». Mons. José Saraiva Martins, Prefecto de la Congregación para las Causas de los Santos, en nombre de toda la Iglesia, pidió al Santo Padre la canonización de nuestros compatriotas. Posteriormente se leyó una breve biografía de los candidatos. Después de que el Papa dijo la fórmula de canonización, se colocaron junto al altar las reliquias de los nuevos santos. Y los Postuladores cada Causa debe tener uno, Mons. Oscar Sánchez Barba y el P. Antonio Sáez, Trinitario, agradecieron al Santo Padre la canonización realizada. En la homilía el Papa nos invitó a permanecer fieles a Jesucristo, «México, siempre fiel», y a «transformar la sociedad con los valores del Evangelio: justicia, fraternidad y armonía entre todos». Los nuevos santos de la «amada tierra mexicana» son modelos para todos, pues supieron amar «no de palabra ni de boca, sino con obras y según la verdad». Y nos exhortó (¿o nos mandó?, ¿o nos retó?) a «buscar con valentía y decisión la santidad». En cuanto el Santo Padre dejó de hablar, uno de los fieles gritó: «Se ve, se siente, el Papa está presente». Y muchos unimos a él nuestras voces para agradecer así a Juan Pablo II las palabras que nos había dirigido. En un sitio privilegiado estaban varios enfermos, siempre presentes en las celebraciones del Papa. Su aparente inutilidad hace más patente la eficacia salvífica de la cruz. Casi toda la gama de las clases sociales de mexicanos estaban allí, desde hombres bien trajeados y señoras peinadas de salón y oliendo a perfume bueno que gracias a la palanca de algún obispo habían conseguido un buen lugar, hasta bigotones de sombrero y mujeres de trenza y rebozo, cuyos pies extrañaban ya los huaraches. Sólo faltaban los indígenas, cuya situación económica no les permite el turismo ni una peregrinación tan distante, y que si viajan es con la esperanza de obtener recursos materiales, confiando en la solidaridad de los demás, o para enriquecer a los otros pueblos con la belleza de su folklore. Parecía que la Señora y Niña del Tepeyac, cuya imagen estaba colocada en un lugar especial, buscaba con angustia, y sin encontrarlo entre la multitud, el rostro indígena de Juan Diego. Sólo el aroma de las rosas que rodeaban el altar le hacía llevadera la nostalgia. Después de la comunión escuché atrás de mí un llanto descarado. Era un sacerdote viejo que ya no pudo contener los sentimientos que se le agolpaban. Sollozaba, sonreía mirando al cielo, irradiaba satisfacción. Otro sacerdote le echó el brazo al hombro y le dijo: «La sangre del padre Tranquilino ha llenado de bendiciones a Tepatitlán». A los cerca de 65,000 fieles que habíamos participado en la canonización de los cuales la mitad éramos mexicanos, se unieron varios grupos de peregrinos provenientes de diversos países. Como todos los domingos, venían a rezar el Angelus con el Santo Padre a las 12 del día. Minutos después de terminada la celebración, los alrededores de Plaza San Pedro, al igual que la rivera del mar de Galilea, se convirtieron en un inmenso comedor. A falta multiplicación de los panes, cada uno extraía de su mochila tortas, refrescos, fruta ¡Qué bien nos habría caído un primer milagro de san Toribio Romo, pues fue vicario de la parroquia de Tequila! A falta de hierba, cualquier grada o escalón era un buen asiento. Aquí estaba el grupo de la cachucha amarilla; allá, los de la camiseta con la imagen de san Miguel de la Mora; más allá, los del paliacate rojo. A la hora de la comida el P. Vizoso continuaba exultante de gozo. Se acercó a mí y me dijo: «En alguna ocasión, cuando trabajaba en la Institución Rougier, me quejé con Nuestro Señor, pues yo había soñado con darle sacerdotes santos, y Él ponía en mi camino casi puros sacerdotes con serios problemas. Hoy puedo decir que le di a Dios 22 sacerdotes santos».
Mexicanos, muchos mexicanos por todo Roma. Positivamente la Ciudad Eterna fue tomada por paisanos venidos de Chihuahua, Querétaro, Zacatecas, Guerrero, Aguascalientes, Michoacán pero sobre todo de Jalisco, Guanajuato y Durango («la sangre de los mártires es semilla de cristianos», bien dijo Tertuliano). Al caer la tarde continuó la fiesta. Los altavoces de la Plaza San Pedro, en varios idiomas invitaban a la oración vespertina. «Nunca había participado tanta gente», decía admirada una voluntaria. «Son los mexicanos que han venido a la canonización», le explicaba otra que, al igual que todos los voluntarios, traía un delantal azul en el que estaba escrito: Era forastero y me acogisteis. «Padre, ¡qué gusto de encontrarlo! me decía Imelda emocionada. Es el primer rostro conocido que veo. Vinimos 85 jóvenes de Guadalajara, 30 de Monterrey, y muchos más de otras partes de México para echar una mano como voluntarios». Mientras esperábamos que comenzara la oración, personas que apenas en la mañana se habían conocido se saludaban como viejos amigos, con esa cercanía entre paisanos que sólo se obtiene al estar lejos de la patria. Nosotros fuimos a las catacumbas y al Coliseo, ¿y ustedes? A la Plaza Navona y la fuente de Trevi. ¿De Gloria? No, la gloria es de Bernini. ¿Qué no es de Sergio? ¿Obeso? Ya menos, pues en la cárcel no le dan tanto de comer. Junto a la estatua de san Pedro, y como bajo su sombra, estaba el coro. Un poco más a la derecha se colocó una cruz y un atril. A las 7½ comenzó la oración. «Yo soy la vid, ustedes los sarmientos Permanezcan en mí como yo en ustedes». Después de la lectura del Evangelio, el Card. Norberto Rivera, arzobispo de México, que presidía la celebración, dijo una breve homilía. Luego profesamos nuestra fe común. Un joven leía en latín unas frases del Credo, y todos respondíamos cantando: Credo. Credo. A-amén. Después del canto final oficial, el mariachi Son de Gracia, formado por jóvenes mexicanos, entonó Desde el cielo una hermosa mañana. A pesar del «Podéis ir en paz», que nos había dicho el obispo, nadie se movió de sus lugares. Terminado el canto se escuchó un fuerte grito:
Como respuesta, cinco vivas resonaron en toda la plaza. «Otra, otra», gritaba una religiosa mexicana. «Llevo varios años en Roma y no había oído aquí canciones de éstas». El mariachi cantó La Virgen ranchera y Guadalajara. La religiosa bailaba con tímidos pasos; otras mujeres, más desinhibidas, hasta la enagua se levantaban. Los guías de turistas alzaban sus estandartes y gritaban convocando a su grupo. Los peregrinos se ayudaban entre sí: «Apúrate, mhija, que nos deja el camión», «¿Dónde está don Chon?». No podía faltar el «levanten la mano los que faltan». Los hoteles estaban llenos; fue imposible encontrar hospedaje en Roma; algunos grupos se tuvieron que quedar en hoteles distantes; más de dos horas se necesitaban para llegar. Y regresamos a nuestros temporales hogares recordando el himno del Gran Jubileo:
El lunes 22 siguió la fiesta. A las 10½ de la mañana, comenzó la primera Misa en honor de nuestros nuevos santos. Aprovechamos que aún no deben tener mucha chamba en el cielo para pedir, por su intercesión, las gracias que más necesitamos. San Jesús Méndez, ruega por nosotros. La celebración se había planeado realizarse en Asís. Queríamos agradecer a san Francisco que 508 años atrás, doce de sus hijos nos habían llevado la fe en Jesucristo. Pero una huelga (tan comunes en Italia) de autobuses impidió el traslado, y se tuvo que celebrar en Roma. El sábado en la noche, cuando el Santo Padre supo que, a causa de la huelga, se había suprimido el viaje a Asís, dijo: «Entonces el lunes iré a comer con los obispos mexicanos». Durante la comida, a pesar de que su secretario buscaba abreviar el tiempo de la visita, el Papa no daba ninguna señal de querer marcharse, y decía a los que estaban con él: «Estoy a gusto aquí con ustedes, muy a gusto». Presidió la celebración el Card. Juan Sandoval, arzobispo de Guadalajara. Puesto que los sacerdotes no llevábamos casullas, hicieron su aparición estolas de todos colores y estilos: unas con la imagen de Virgen de Guadalupe o con el símbolo del Jubileo, otras hechas con tejidos indígenas o sarape de Saltillo. Dijo la homilía Mons. Arturo Szymanski, arzobispo emérito de San Luis Potosí y presidente de la Comisión Episcopal para las Causas de los Santos. Retomando el salmo responsorial, dijo: «Necesitamos mexicanos de manos limpias y corazón puro». Cómo no pensar en nuestros gobernantes, sobre todo ahora que estamos en campaña para las elecciones presidenciales. «Con el barro mexicano, el Alfarero divino formó 27 santos. Si somos dóciles a la acción del Espíritu, también nosotros podemos ser santos». Y nos exhortó a seguir trabajando por las causas de los santos de nuestra patria, y a mantener viva la memoria de tantas personas que, sin ser canonizadas, vivieron santamente. Terminada la Eucaristía, mientras se preparaba la sede para el Papa, el coro cantaba Tú reinarás, éste es el grito , Que viva mi Cristo, que viva mi Rey Y nuestros corazones se iban disponiendo para el encuentro con el Vicario de Cristo. El Santo Padre accedió tener una audiencia extraordinaria con los mexicanos como un signo de especial cariño por ese pueblo que con tanto amor lo había recibido. El Papa llegó en automóvil. Todos aplaudíamos y cantábamos Tú eres mi hermano del alma, realmente el amigo A pesar de ser más de 10,000 personas, la plaza se venía medio vacía. «Santo Padre, Mazatlán (México) te saluda y te ama», decía una de las múltiples mantas que se veían desde arriba. Por allí vi una niña indígena con su traje típico; sin duda que María de Guadalupe, mucho antes que yo, también la había encontrado. Frente a nosotros estaba un anciano de 80 años, encorvado, con una mano temblorosa y voz cascada. Pero, a pesar de esto, es un hombre que constantemente rejuvenece a la humanidad; es la columna que sostiene la Iglesia, la señal que indica con seguridad el camino a seguir, el testigo que anuncia con verdad y valor la Palabra de Dios. «Juan Pablo, hermano, ya eres mexicano», gritábamos incesantemente, impidiendo al Card. Juan Sandoval decir sus palabras. El Papa enfatizó la importancia del documento Ecclesia in America. Con paternal cariño confesó: «Recuerdo las entrañables jornadas que viví en México, en mis cuatro viajes». Y nos puso sobre aviso para evitar lo que ha sucedido en muchas partes de Europa: «No dejen apagar la luz de la fe; América es el continente de la esperanza». Se acercaron a saludarlo todos los obispos, tres sacerdotes en silla de ruedas, varias religiosas de las Congregaciones fundadas por los nuevos santos y muchos laicos, alguno con traje de charro. Varios se quisieron colar, pero los inflexibles guardaespaldas se lo impidieron. Cuando el mariachi volvió a cantar, todos respondimos con gritos y aplausos. El Papa se veía contentísimo. «Mhijo el Pepe me mandó unos dolaritos, pa que viniera»; «yo vendí una vaca y unos puercos»; «yo tenía mi guardadito, pues el Señor Cura de Tecolotlán, desde hace tiempo nos había dicho que fuéramos ahorrando, pues un día iban a hacer santo al P. José María Robles». Otro, más a la mexicana, confesaba: «yo soy pariente de san Margarito Flores; pedí prestado; a ver luego cómo pago; pero lo pasiado, ya nadie me lo quita». El Papa subió al automóvil y comenzó a alejarse de nosotros. Lo despedimos con porras, lágrimas y diciendo adiós con nuestros brazos. Poco a poco se disolvió la asamblea. Unos se dirigieron hacia el interior de la Basílica de San Pedro, para cruzar la Puerta Santa; otros hacia un restaurante; otros hacia su autobús, su hotel, su casa, su patria Todos, como los discípulos de Emaús, llevábamos ardiendo el corazón y resucitada la esperanza, deseosos de seguir a Jesucristo hasta la muerte como nuestros nuevos santos, y dispuestos a luchar por construir un México más justo y fraterno, donde todos podamos vivir como hijos de Dios y hermanos de todos. Regresar a Temas de reflexión
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