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| POLVORÍN EN SUDAMÉRICA, CON MECHA EN MÉXICO Ismael
Gómez Gordillo M., M.Sp.S. En Perú los candidatos presidenciales en pugna «muy pareja» y su segunda vuelta son una advertencia para el Continente entero, que nos habla de cambios rápidos y profundos en modelos de regir un pueblo, con raíces tan diversificadas como los sucesores de los Incas. En
Venezuela es otra la situación y parecida la respuesta popular muy dividida, ante una
Presidente militar desafiante de un contexto histórico de petróleo, centro de las
finanzas nacionales, que en sube-y-baja de
precio global, hace inestable a toda una sociedad, golpeada, por otra parte, por las
inundaciones más desastrosas de un siglo. En
Quito, Ecuador, se han conjuntado también la ambigüedad política social con el golpe de
la naturaleza por torrentes de lluvia que anegaron la ciudad en abril pasado. Colombia,
líder de narco-producción y guerrilla permanente, más poderosa que las fuerzas
económicas y políticas del país, hacen disolver ante nuestro espíritu sus bellezas
naturales y su gente de bien tan aceptadas por nuestros programas televisivos con amplia
difusión. En
Chile, el caso de Pinochet, en el banquillo internacional de los acusados por «lesa
dignidad humana», es un clavo en el zapato que hace caminar con dificultad sus caminos
recientes de democracia modelo y logros de organización nacional. ¿Y MÉXICO? México
se prepara a las elecciones del 2 de julio del 2000, en que se puede prever el «síndrome
sud-americano» concentrado en nuestra situación:
UNA MIRADA DE IGLESIA Tenemos
una invitación muy integral, por parte de nuestros Obispos mexicanos (Conferencia
Episcopal Mexicana), emitida el 25 de marzo pasado. Se trata del Documento «Del encuentro
con Jesucristo vivo a la solidaridad con todos». Desde ahí podemos mirar y reflexionar en común para actuar con eficacia
eclesial, no sólo ante el «polvorín sudamericano», sino ante un contexto muy amplio y
realista, que interpreta la historia nacional (I parte), toma conciencia de la acción
intraeclesial (II parte) y analiza la cuestión social en orden a trascender apatías,
desconfianzas, divisiones y descalificaciones, para alcanzar ser fermento de
reconciliación nacional lúcida y constructiva. No
pretendo emitir un juicio sobre el Documento que apenas vamos digiriendo en su
riqueza sino aceptar su perspectiva y mirar nuestro entorno con su mirada, que ha de
ser una respuesta a la mirada misma de Cristo Jesús echada sobre nuestra situación
actual y nuestro Continente en evolución. Dicho
Documento, en efecto, se ha propuesto ser una expresión inmediata del documento
pontificio «La Iglesia en América», que vino a proclamar a nuestra multiforme América
(Norte Centro y Sur) el papa Juan Pablo II el año pasado desde México, como lugar
teológico de «referencia», especialmente por el signo de Santa María de Guadalupe,
«estrella» permanente de la evangelización en Cristo, el mismo ayer, hoy y
siempre. La
«mirada eclesial» abarca un arco muy interesante:
MIRADA QUE COMPROMETE Esta
mirada exige dos movimientos y un empeño. Ante
todo exige PURIFICACIÓN: necesitamos del antibiótico de la confianza entre nosotros,
civiles y eclesiásticos, lo mismo que del colirio de la fraternidad internacional, que
aunque no significa siempre «amistad», sí hace prevalecer los lazos de la semejanza por
creación y redención, que América evidencia por su fe en Cristo, desde Alaska hasta
Tierra de Fuego. El
segundo movimiento, como actitud es la ESPERANZA. Hace poco oí a una sabia mujer que
decía, sobre la situación civil y eclesial de México: «optimismo no, pero esperanza
sí». La «esperanza» con minúscula nos toca entretejerla a cada uno de nosotros/as con
el más próximo (prójimo), anudándola con su interior más profundo que, afirmamos,
está habitado por el Espíritu y, en el peor de los casos, está garantizada por su
potencial de imagen y semejanza de Dios (Gn 1,27). Pero esa minúscula es
vuelve Esperanza con mayúscula, cuando nos constatamos unidos por el mismo Espíritu de
Jesús y su fuerza divina, por lo que se convierte, así, en virtud «teologal». EL EMPEÑO brota de la visión que el «polvorín» de Sudamérica nos sugiere, con su «mecha» de semejanza hasta México: asumir, en primera persona, el grado y poder de responsabilidad que cada uno de nosotros tiene.
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