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ESTRENAMOS
27 SANTOS
MEXICANOS

Ismael Gómez Gordillo M., M.Sp.S.

El 21 de mayo de este año santo 2000 serán canonizados por el Papa como «santos» 27 mexicanos, de los cuales 25 fueron martirizados por odio a la religión y 2 fueron fundadores: el P. José María Yermo y Parres y la Madre María Venegas.

Antes parecía que los santos y santas únicamente florecían alrededor del Mediterráneo, pero Juan Pablo II, al proclamar al inicio de su pontificado que la Redención pasa por el Hombre, o sea por la Humanidad (Redemptor Hominis), suscitó la búsqueda de hombres y mujeres de todo el mundo y de todos los tiempos que evidenciaran el fruto del paso de Dios-con-nosotros, Jesús muerto y resucitado para conducirnos en peregrinación por la historia a la derecha del Padre.

Para resaltar el significado de este evento jubilar quiero imaginar un diálogo en una alejada capilla de Iztapalapa, «La Juanita», de gente sencilla, creyente y directa, donde el Teologado de los Misioneros del Espíritu Santo despliega actividades humanitarias, solidarias y apostólicas.

Les doy la buena noticia de que vamos a estrenar 27 santos mexicanos.

  ¡Qué padre, padrecito! ¿Pero de qué nos sirve a nosotros? Quizá nos van a poner más alcancías por ahí para limosnas…

No don Paco, nada de alcancías. Significa que en México sí podemos ser santos y no nada más en los países muy cultos y de larga tradición católica.

 — ¡Ya sé, algo así como san Francisco de Asís y san Juditas milagriento!

Algo así, doña Meche. Como san Francisco sirvió de ejemplo a sus contemporáneos para buscar a Dios sin riquezas —porque se separó de su papá que era el comerciante ricachón del pueblo—, así nuestros santos, que han vivido en este siglo, nos invitan con su heroicidad a seguir a Cristo, cueste lo que cueste.

 — ¿Qué es muy caro seguir a Cristo, o por qué eso de «heroicidad»?

Claro que es caro, pero no de dinero sino de esfuerzo por corresponder a la fuerza que da el Espíritu Santo, pues la mayoría de nuestros santos que van a ser declarados tales en mayo, son mártires de la Cristiada.

 — ¡Ah, sí! Es esa época en que prohibieron las misas y todo eso que mi abuelito cuenta como «la perse­cución religiosa» y que se levantaron en armas por allá en Jalisco ¿no?

—Eso mero, Beto. Pero el Papa de aquel tiempo les prohibió la guerra para defender su religión. En ese tiempo fue cuando muchos sacerdotes y algunos laicos fueron asesinados por odio a la religión.

 —¡Ah, jijos, sí que les salió caro seguir a Cristo! No que ahora somos bien flojos y ni apreciamos las misas o los bautizos, excepto cuando hay fiesta!

Por eso el Papa quiere enseñarnos, al canonizarlos como «santos», que vale la pena lo que ahora nos parece ordinario, como es el celebrar la Santa Misa y los Sacramentos, que nos van ayudando en todas las etapas de nuestra vida.

 — Oiga padrecito, pero ¿qué no se van a enojar más los protestantes? Porque cuando han estado en mi casa hablan re’feo sobre la Virgen y los santitos.

Seguramente van a atacar más a la Iglesia católica, pues ellos piensan que nosotros los idolatramos en vez de a Jesucristo. Pero no es así. A los santos les damos un lugar en el culto, el de «dulía», que viene del griego y significa culto como «siervos», en cambio a Dios le damos el culto de «latría» o adoración. A los santos los invocamos como siervos, como modelos para servir a Dios mejor y ayudar a sus hermanos a ser mejores, en las circunstancias en que les ha tocado vivir, sin pretender por eso hacer la competencia a Cristo.

 — ¡Ay ya me aprendí esa palabrita rara para presumir en mi casa: «dulía»!

Andrés esto no es para aprender palabritas raras, sino para entender de qué se trata cuando canonizan a un santo.

 — Oiga ¿y qué paso con Juan Dieguito? ¿Ya se lo echaron pa’ fuera? Me cae que no se vale.

Juan Diego ya es «beato» y lo podemos tomar como modelo en México; pero he sabido que han detenido su causa por prudencia y esperamos que pronto se le canonice «santo» o sea modelo para la Iglesia universal y no sólo local.

 — Está complicadito eso de ser santa ¿verdad? Imagínense que se ponen a investigar mi vida…

Laurita no seas irónica. El mensaje está bien claro: en México todos podemos ser santos y santas, aunque no sea de altar, y hacer mucho bien incluso después de la muerte, si somos sinceros y coherentes con nuestra religión.

 — Oiga padre ¿y no hay mujeres en esta tanda de santificación o es cosa sólo de hombres?

Buena pregunta, doña Elvira, Sí hay una mujer, la Madre María Venegas, fundadora de una Congre­gación religiosa que hizo y sigue haciendo mucho bien a muchísima gente a través de las monjas que viven como ella su consagración y con su espíritu apostólico.

 — ¿Y una mujer común y corriente como yo puede ser santa?

Pues mira qué coincidencia, en diciembre pasado el Santo Padre declaró «Venerable» por comprobarse sus virtudes heroicas, a una madre de familia mexicana con nueve hijos, que va camino a los altares ahora que se compruebe algún milagro, como signo de que Dios quiere eso. Yo la conozco muy bien porque entre otras linduras ella inspiró a un sacerdote francés el fundar la Congregación a la que pertenez­co: Misioneros del Espíritu Santo.

 — Ande padrecito, eso ya me suena a comercial…

Pues claro. Aprovecho el viaje para enorgullecerme de esa mujer mexicana, Concepción Cabrera de Armida, a quien decimos de cariño «Conchita», que vivió superenamorada de Cristo y contagió santidad a Mons. Ramón Ibarra y González, obispo de Puebla en aquel tiempo, que también es «Venerable»; a Mons. Luis María Martínez, arzobispo entonces de México, cuya causa de canonización ya está iniciada; también al padre francés mi fundador, Félix de Jesús Rougier ya reconocido en sus virtudes heroicas recientemente —el 15 de febrero—. Conchita inspiró las llamadas «Cinco Obras de la Cruz»: una Congregación de madres contemplativas, otra Congregación de padres misioneros, una Asociación para todo tipo de personas, otra para Seglares consagrados, mujeres y hombres, muy comprometidos y hasta una «Liga apostólica» para sacerdotes diocesanos.

 — Híjole, hasta se le acabó la saliva. Así hasta a mí se me está antojando entrarle a ser santa y fundar muchos grupos.

¿Apenas se te está antojando ser santa, Mariana? Pero el Concilio Vaticano II, que reunió a todos los obispos del mundo entre 1961 y 1965 nos dice que “todos estamos llamados a la santidad”. Así es que apúrate.

 — Y usted ¿ya le está haciendo la lucha padrecito?, porque a veces nos regaña de a feo.

Ejem…, ejem…, mira Luis, te aprovechas de que eres chiquito para decirme mis verdades, pero sí, diario le digo al Señor que sigo en lo dicho… y si no se lo dijera ¡imagínate cómo te trataría: peor que peor!

 — Una última reflexión casi política, padre.

Hable usted, señor partidista.

 — ¿No cree que esto es una cachetada a la Revolución mexicana en que el Vaticano la descalifica, después de haber tenido tanto reconocimiento mundial desde Benito Juárez pa’delante y de haber tratado tan bien al Papa en sus visitas?

Sinceramente creo que sí es una cachetada con guante blanco: esta canonización de mártires mexicanos denuncia una «injusticia» de aquellos tiempos para con estas personas que disentían de la Revolución o al menos de sus métodos sangrientos. Pero también esta canonización abre la esperanza a una nueva época de tolerancia de unos con otros, y sobre todo del valor de las garantías a la libertad de religión.

 — ¡Dios mío esto ya parece una proclama electorera para diputado!

No te preocupes Nico, que los curas no podemos tener cargos civiles públicos, a menos que renuncie­mos a curas, cosa que no pienso hacer.

 — A mí lo que me queda claro es que así como hay buenas artistas mexicanas, con belleza y talento en Hollywood, así también tenemos cristianos y cristianas de primera, salidos de nuestro país, que son modelo para todo el mundo.

Te felicito Talía, porque a esa conclusión quería llegar. Pero no se vaya a quedar todo en admirarlos y hacer una pachanga el 21 de mayo, sino que cada uno de nosotros, empezando por mí, se comprometa con Cristo a amar como Él y a convertirse en apóstoles de la fe, con mucha esperanza esforzada y organi­zada, para una Iglesia mexicana mejor, fermento para toda América, cueste lo que cueste.

¿Un canto de despedida, Lolita?

 — Claro. Nos despedimos cantando:

 … “aunque te digan algunos que nada puede cambiar, lucha por un mundo nuevo, lucha por la verdad: Ven con nosotros a caminar, Santa María ven, ven…”

 

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