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LO QUE VENERO
DE CONCHITA ARMIDA

Ismael Gómez Gordillo M., M.Sp.S.

 

El Papa Juan Pablo II declaró digna de veneración por su santidad de vida, obras y escritos a Doña Concepción Cabrera de Armida, entre nosotros llamada «Conchita».

Detrás de esta breve declaración llevada a cabo el 20 de diciembre próximo pasado, en medio de otras muchas personas ejemplares, es fruto de un largo, largo y atento proceso de investigación, estudios, juicios teológicos y el pronunciamiento de un «congreso» de cardenales y obispos que la indicaban como mujer de virtudes heroicas.

Sus hijos e hijas espirituales nos alegramos sobremanera, pues si ha sido largo, costoso y difícil ese proceso, más denso en desconfianzas, pruebas, luchas y triunfos fue la vida de la que reclamamos «Nuestra Madre».

Yo veo un triple nivel de significado en esta mujer mexicana, esposa, madre, mística cristiana y fundadora de tres movimientos espirituales y dos congregaciones religiosas, de las que se han generado otra decena más cuyo conjunto llamamos «Familia de la Cruz».

MUJER PROFÉTICA

Percibo a Conchita en medio de una Iglesia católica eminentemente «patriarcal», en que la mujer es pospuesta en cuestiones de iniciativa y combatida por descalificación gratuita, hasta nuestros días. Conchita aparece en su contexto como una luchadora tan infatigable como humilde, por hacerse escuchar y secundar. Con datos históricos en la mano contemplo cómo pulso a pulso y paso a paso se abre paso, se impuso a las sospechas, desconfianzas y guerras en su contra, y se impone por su interioridad resplandeciente de la luz de Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo, y por su aportación a la Iglesia de la Espiritualidad de la Cruz, como fermento evangélico en tres medidas de harina —como recomendó Jesús que fuéramos respecto al reino de los cielos.

La miro a ella como la enamorada permanente y pertinaz de Jesús, «salvador de los hombres», lo que le da la fuerza trascendente para afrontar su presente y ubicarse en el futuro de la gloria de Dios, por encima persecuciones de propios y extraños. Como profeta de nuestro tiempo, nos señala el rumbo, decidida, hacia el reinado del Espíritu Santo en cada corazón, cuyo programa abarca desde los seglares más sencillos hasta las consagradas y los consagrados a Dios, especialmente los sacerdotes.

Se me antoja compararla a los profetas y las profetisas bíblicas, una de cuyas características es remontar a reyes y sacerdotes en sus posiciones de poder, para anunciar el hecho central de la Alianza con Dios, para denunciar sus infidelidades y para renunciar al prestigio personal, como signo de autenticidad de su envío divino.

Conchita, con humildad y firmeza, transforma las resistencias históricas contextuales en virtud expansiva y santidad contagiosa, desde su ser de mujer que escucha al Señor y es consciente de que su mensaje es de Él, a través de ella como «caño» portador de agua pura —que es una de sus múltiples comparaciones.

¡Cómo me parece del brazo de esa otra mujer, María de Nazaret, cuya carta de identidad profética, el Magnificat, nos habla de maravillas hechas en ella por el Poderoso y del realismo de hacer caer a los prepotentes y exaltar a los humildes!

MÍSTICA DE LA ENCARNACIÓN

Si venero a Conchita como una gran mujer, más aún merece tu veneración y la mía como mujer inmersa en el Misterio de la Encarnación del Verbo divino.

Me maravillo de su inmersión en dos vertientes:

  • La de verse arrollada en ese Misterio de amor loco de Dios a la humanidad, por medio del Emmanuel —Dios con nosotros— injertado en la historia, que con Él cambia de sentido, a través del revestimiento de carne tejido en el vientre maternal de María; Conchita se hace verbo dulce, vibrante, poético y enérgico del Logos de Dios: miles y miles de páginas son el testimonio perenne de esta vertiente, con toda la versatilidad imaginable, cartas, libros, cuenta de conciencia, oraciones, folletos…, que han sido analizados meticulosamente hasta emitirse el juicio positivo eclesial. Un estilo florido, propio de su tiempo y cultura, me hace ubicarla en el género literario apasionado y rococó, sin resquicios vacíos. Pero la venero más aún porque su palabra escrita aparece ampliamente respaldada por su coherencia de vida y explicada por una correspondencia incondicional al don divino del amor primero del Señor, que recibe con profusión.

  • La segunda vertiente de la Encarnación del Verbo, que venero con silencio filial meditativo, es una gracia extraordinaria que revolucionará el mundo de la teología espiritual cristiana: “la encarnación mística”, que la hace “madre del Verbo”, con minúscula, en cuanto que es análoga y vinculada a la maternidad de María santísima (única Madre del Verbo con mayúscula): gracia que la honra, sí, pero que ante todo la compromete a engendrar en los corazones de muchas mujeres y hombres tal relación con Cristo Jesús, que nos vayamos asemejando a su vida, palabra y acción.

MADRE FECUNDA

Venero también a Conchita como mamá de fecundidad generosa, fruto de un amor inequívoco a Pancho, su marido. Sus nueve hijos, cuyas familias se han multiplicado por centenares hasta nuestros días, reciben los beneficios de una madre responsable ordinaria, y poco o nada perciben de su densidad espiritual extraordinaria, lo que la hace a mis ojos más auténtica en su virtud.

Certifico por sus cartas que su fecundidad hacia sus hijos e hijas, nietos y nietas, no se ha detenido en mínimos de asistencia maternal, sino se ha ampliado constante y prudentemente en alimentar su espíritu para hacerlos crecer “en estatura, sabiduría y gracia, delante de Dios y de los hombres”, como hicieron María y José con Jesús. Esta tarea fue tanto más digna de encomio, cuanto que los tiempos eran adversos (liberalismo vs catolicismo) y el acomodo burgués de sus apellidos facilitó en más de un familiar suyo, hechos sociales vistosos y escandalosos.

Pero la fecundidad y maternidad de la que yo me precio en vivo y en directo, con otras miles de personas, es a nivel de su espiritualidad expansiva, la “Espiritualidad de la Cruz”, de la que se alimentan fontalmente las «Cinco Obras de la Cruz»:

  • Apostolado de la Cruz, para todo fiel cristiano;

  • Religiosas de la Cruz, congregación de clausura contemplativa;

  • Alianza de Amor con el Sagrado Corazón de Jesús, para seglares;

  • Liga Apostólica para obispos y sacerdotes dioce­sanos;

  • Misioneros del Espíritu Santo, congregación religiosa de vida apostólica.

Los tiempos cambian y los nuestros lo hacen a tal grado que hablamos de un «cambio de época», lo cual toca a cada una de esas «Obras de la Cruz» y, más ampliamente, a la gran «Familia de la Cruz» frente al Tercer Milenio de la Encarnación del Verbo.

El sentirme invitado por el Papa Juan Pablo II a venerar a Conchita Armida como estrella del universo católico que se posa sobre el Verbo Encarnado para reconocerlo, amarlo y darle el don de mi vida consagrada a su seguimiento, no se detiene en una admiración estéril. A mí me impulsa a retomar a Conchita Armida como «venero» o fuente de renovación espiritual a mis casi seis décadas de vida, treinta de sacerdote, cuarenta y uno de religioso, cuarenta y siete de haber entrado a la Escuela Apostólica de los Misioneros del Espíritu Santo, con corazón ingenuo como el del niño Samuel bíblico, pero con el riesgo de Saúl de ser infiel.

Mi veneración por ella —a lo cual te invito a ti, me impulsa a tres movimientos vitales:

  • interiorizarme en mi carisma (que significa don) de religioso, esto es de «religado» a Jesús sacerdote y víctima pascual; de «reelegido» para ser mediador entre Dios y la humanidad sin discriminaciones y selectividades; de ser «re-leyente» de la realidad de nuestro tiempo como lo fue Conchita, bajo el impulso de la luz del Verbo de vida;

  • afrontar la vida que cambia con espíritu de lucha, como Conchita, fundamentada en un amor pensante y dirigida al reino de Dios y su justicia, con afán de conversión y transformación constante en los sentimientos de Cristo Jesús (“que siendo de condición divina se despojó de su rango…” Flp 2) y también con agradecimiento por todas las «añadi­duras» pasadas, presentes y futuras que, según la promesa del Señor, advienen a la búsqueda del reinado del Espíritu;

  • empeñarme con mis hermanos de Congregación por una formación permanente que venere a Conchita y haga de ella su venero, para sobrepasar las tentaciones de regresión y preservación de formas pasadas descontextualizadas, en favor de un espíritu confiado, como el de Doña Concha, en que por el discernimiento al ritmo del Espíritu, por una parte nos re-fundamentamos en la voluntad primera del Señor y, por otra, nos re-lanzamos con visión profética, a hacer que Dios sea todo en todos, en la Familia de la Cruz y en todo hombre y mujer de buena voluntad. 

¡TE VENERAMOS, CONCHITA ARMIDA, POR DESA­TAR EN NOSOTROS TANTA ENERGÍA DE SANTIDAD PARA NUESTRO MUNDO ÁVIDO DE ESPÍRITU Y VERDAD!

 

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