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VIVIR EL JUBILEO CON
FÉLIX DE JESÚS Fernando Torre Medina Mora, msps. (Primera parte). La noche entre el 31 de diciembre de 1999 y el 1° de enero del 2000, en todo el mundo hubo celebraciones. El derroche de luz, el exceso de vino y las manifestaciones de júbilo ¿trajeron algo de esperanza para los oprimidos o propiciaron la paz entre los pueblos en guerra? Cambiar los cuatro dígitos del año al calendario nos dio la sensación de entrar en una nueva época, pero ¿qué ha cambiado en nuestro corazón? En el ámbito eclesial nos encontramos ya en plena celebración del Gran Jubileo. Es un peligro para la Iglesia, para mí y para ti, quedarnos también en los aspectos exteriores: peregrinaciones a Roma, a Tierra Santa, a la Catedral o a algún santuario, actos de culto, congresos eucarísticos, publicación de libros El P. Félix de Jesús Rougier puede servirnos de guía para vivir bien las realidades profundas que celebramos en el Jubileo. La Trinidad El objetivo de la celebración del año 2000, nos dice el papa Juan Pablo II, «será la glorificación de la Trinidad de la que todo procede y a la que todo se dirige, en el mundo y la historia» (TMA 55). Un elemento que caracterizó la espiritualidad del padre Félix fue su devoción a la Trinidad. Decía: «La Santísima Trinidad es todo nuestro amor».[1] «¡Oh la Santísima Trinidad! Este Misterio, que es el fondo de nuestra Religión, es nuestro encanto, y lo tenemos siempre presente con mucho amor!»[2] Su simplísima jaculatoria, «Dios, Dios, Dios», expresa su relación con Dios Trinidad. Y nos recomendaba: «¡Ante todo Dios, Dios, Dios! Procuren la Atención amorosa, con suave y constante aplicación».[3] Su amor a Dios lo lleva a relacionarse con cada una de las Divinas Personas. Parece que no puede hablar de una, sin nombrar a las otras dos. Entre los medios que ayudan a la perfección, el P. Félix cita: «Enamorarse del Divino Padre (como Jesús). Tener una devoción especial al Corazón de Jesús. Invocar con frecuencia al Espíritu Santo».[4] Más aún, es una relación dinámica: «La unión con Jesús para ir al Padre bajo la moción del Espíritu Santo es como el centro de todo en nuestra vida espiritual».[5] El itinerario espiritual del P. Félix siguió estas etapas: comenzó con una acendrada devoción a Jesús y a su Sma. Madre. Al entrar en contacto con Conchita y la Espiritualidad de la Cruz, se entusiasmó con la persona del Espíritu Santo. En 1924, cuando Félix de Jesús tenía 64 años, tiene un encuentro con Dios Padre y su corazón se orienta definitivamente hacia la Primera Divina Persona. Para enseñar a sus hijos a relacionarse con Dios, el P. Félix daba gran importancia al dogma de la inhabitación trinitaria. «Estando en estado de gracia, toda alma lleva EN SÍ las Tres Divinas Personas ¿Lo pensamos? Es una divina realidad».[6] Y no quería que nuestra relación con Dios fuera únicamente a nivel del entendimiento, sino una relación personal, afectiva, gozosa: «no sólo debemos tener presente que el Padre, y el Verbo, y el Espíritu Santo están en nosotros, pero debemos decidirnos para siempre a HACERLES FIESTA SIN CESAR».[7] El P. Félix quería que en su apostolado, sobre todo a través de la dirección espiritual, los Misioneros del Espíritu Santo enseñaran a los demás a amar a la Trinidad y a relacionarse personalmente con el Padre, con Jesús, con el Espíritu Santo.[8] Y decía que se conoce al perfecto Misionero del Espíritu Santo en que «es devotísimo de la Santísima Trinidad y de cada una de las Divinas Personas».[9] La Eucaristía Otro elemento fundamental del Año Jubilar es la Eucaristía. Nos dice el Papa: «El Dos mil será un año intensamente eucarístico» (TMA 55). Veamos cómo vivió Félix Rougier este misterio de la vida cristiana. Hizo su primera comunión el 10 de mayo de 1869, en Meilhaud. Él nos cuenta: «Recuerdo la emoción muy especial y tan nueva que experimenté durante los días de silencio que precedieron a mi Primera Comunión. [ ] El único recuerdo que he conservado de la Misa de Primera Comunión es que besé muchas veces durante la Misa una imagen del Sagrado Corazón que tenía en mi libro. [ ] Éste fue para mí un hermoso día, que dejó en mi alma un recuerdo imborrable de alegría y de amor a Nuestro Señor».[10] El 24 de septiembre de 1887, Félix Rougier recibió la unción sacerdotal. «Mi papá, mi mamá y mi hermano Estanislao asistieron a mi ordenación y a mi primera Misa, que celebré al día siguiente en nuestra casa (general)».[11] Desde entonces, con mucha frecuencia, el padre Félix pidió a nuestro Señor la gracia de ser un santo sacerdote y de celebrar dignamente el santo sacrificio de la Misa; y Dios se lo concedió. Toda su vida celebró la Eucaristía con tal sencillez y naturalidad, pero también con tal piedad y unción, que impresionaba a cuantos lo veían.[12] Hablando de los Misioneros del Espíritu Santo, con orgullo paterno comentaba: «A nosotros nos reconocen, me lo han dicho muchas veces, y me ha causado alegría profunda, por nuestro modo de celebrar muy bien la Santa Misa».[13] Félix de Jesús prolongaba a lo largo del día la celebración de la Misa ofreciendo continuamente a Jesús, y entregando generosamente su vida como alimento para los demás. Un momento eucarístico privilegiado era la adoración ante el Santísimo Sacramento. Largas horas, de día y de noche, pasó el padre Félix frente a Jesús. «Les voy a decir cómo paso el día [ ]. Doy la mañana a Dios N.S. hasta las 9.00. A esta hora me toca la hora que las Constituciones revisadas conceden a los superiores ¡De 9 a 10! ¡Hora de delicias, por cierto, y en un sentido la más preciosa del día, como se siente durante y después! ¡Pero antes de empezar, qué tentaciones tan fuertes e inverosímiles, e insidiosas, y en apariencia tan razonables, con todas las preocupaciones de las Constituciones, la correspondencia y el trabajo que me he puesto encima!»[14] Por eso, con toda razón, a sus hijos les pedía: «En todas nuestras Casas adoraremos a Jesús Sacramentado, constantemente expuesto en nuestros Altares. El amor a la Divina Eucaristía, debe ser para nosotros como la característica principal. Por eso las horas más dulces de la vida de un Misionero del Espíritu Santo, serán aquellas que pase a los pies del Sagrario. [ ] Nada os he recomendado tanto, amados hijos, como que nunca descuidéis el ejercicio de la oración y el trato asiduo con Dios».[15] El 31 de diciembre de 1937, Félix de Jesús celebró por última vez la Eucaristía. Lo acompañó únicamente el H. Agustín Lira, su abnegado enfermero. Éste nos cuenta: «A pesar de la diarrea, que lo hizo interrumpir dos veces, no quiso dejar de celebrar». «Apenas principiaba la Epístola, cuando tuvo que interrumpir. Sin la menor señal de disgusto, se quita los ornamentos y pasa a su pieza para cambiar de ropa». Además del frío invernal, una hemorragia interna lo helaba. «¡Qué frío!», le decía al H. Agustín. «Por segunda vez empieza la Misa. Estando en el Evangelio, de nuevo la interrumpe. Pensando que era inútil todo esfuerzo, nos da la Comunión y se quita los ornamentos: una exclamación de vez en cuando: Si mi Jesús lo quiere, yo también lo quiero». «Había puesto el radiador en la capilla para que se calentara un poco. Cuando se vistió por tercera vez, me dice: Me voy a sentar un rato en la capilla y me pone el calentador en la espalda, a ver si así puedo decir la Misa. Le puse el calentador tan cerca que tenía miedo que se quemara la ropa. Hasta después de un tiempo más o menos largo empezó a sentir un poquito de calor. Se revistió y por fin pudo continuar hasta terminar. Esta lucha duró dos horas y cuarto: desde las 6:45 hasta las 9».[16] Los siguientes diez días el P. Félix ya no pudo celebrar litúrgicamente la Eucaristía, pero continuó ofreciendo en su propia carne el sacrificio de Jesucristo. Su última comunión eucarística la recibió horas antes de su muerte. Escribe el P. Edmundo Iturbide: «El día 10, a las 6:30 a.m. le traje, después de celebrar, el Viático, por última vez. Pudo pasar la Hostia, aunque con dificultad y tomando unas gotas de agua. Se quedó dando gracias en gran recogimiento y con sus terribles dolores».[17] A las 10:27 de la mañana,[18] Félix Rougier dejó el tiempo, y se encontró cara a cara con Dios, quien lo hizo pasar al banquete del Reino. El P. Félix vive ahora en comunión con Dios por toda la eternidad. [1] Rougier F: Escritos, circulares - cartas. España, 1989, p 121. [2] Ib., p 290. [3] Ib., p 215; cf p 292. [4] Ib., p 213. [5] Ib., p 121. [6] Ib., p 290. [7] Ib., p 235. [8] Cf ib., p 229. [9] Ib., p 182; cf pp 289-290. [10] Padilla JM: El Padre Félix Rougier: I. Preparándolo para su misión. México, Editorial La Cruz, 1973, p 59. [11] Ib., p 201. [12] Cf ib., pp 201-202. [13] Rougier F: Escritos, circulares cartas, p 141. [14] Ib., pp 164-165. [15] Ib., p 69. [16] Lira A: Breve reseña, en Rougier FJ: Autobiografía. Jesús María, Editorial La Cruz, 1989, pp 91-92. [17] Iturbide E: Carta al P. José Ibarrola, en Rougier FJ: Autobiografía, p 113. [18] Cf Lira A: Breve reseña, en Rougier FJ: Autobiografía, p 101.
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