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¿APOCALIPSIS UNIVERSITARIO? Ismael
Gómez Gordillo M., M.Sp.S. El 2000 ha empezado, en la ciudad de México, con un parto doloroso: el de la UNAM, Universidad Nacional Autónoma de México. Meses interminables de crecimiento del problema, como los nueve meses de gestación humana: la huelga general. Yo lo imagino como ese texto del Apocalipsis, capítulo 12, de la mujer que va a dar a luz y la gran serpiente roja en espera del nacimiento para atrapar al hijo. CONFUSIÓN La
dificultad en esta comparación apocalíptica es que sabríamos quién es la mujer:
la Universidad Nacional, pero no sabemos quién es el niño y quién la serpiente. Ahí
radica la confusión para discernir si es «signo bueno de los tiempos» postmodernos, o
es «un signo malo de enfermedad» de nuestra sociedad pro democrática. La visión
más optimista sería el que el largo paro universitario rematara en una «refundación»
de la UNAM. Sería como un relanzamiento hacia «nuevos cielos y nueva tierra».
Coincidiría con la interpretación que hacemos del Apocalipsis bíblico al referirnos a
María Santísima como la mujer, a Jesús como el que está siendo dado a luz cada
generación, salvado a pesar de la Serpiente. Esta sería toda fuerza adversa al Señor. Pero
tenemos tentación de una visión pesimista, que mejor disfrazaremos de «realista»: en el caso
UNAM no podemos afirmar:
SUEÑOS FUTURISTAS El
Apocalipsis bíblico pretende ser una «manifestación» de bienaventuranzas
definitivas, que pasan por el dolor. Por eso conviene que nosotros, más que a Nostradamus
y sus fatalidades, tengamos como referencia la revelación de Dios sobre nuestro gran
destino final y nuestros destinos intermedios. ¿Es
acertado valernos del texto apocalíptico para interpretar nuestra UNAM en crisis? Yo
pienso que al menos nos puede servir de «telón de fondo», lo cual incluye que no
pretendamos decir que ese texto se refiere a nuestro problema universitario: solamente
podemos encontrar en el texto bíblico «inspiración» para nuestra interpretación de la
historia que vivimos y nuestras historias parciales. Si se
acepta esta perspectiva, echémonos a soñar a colores. La
«mujer vestida de sol» que aparece en el cielo siempre será para nosotros,
mexicanos, Santa María de Guadalupe. En ella destacamos, en este inicio de siglo, su
papel «evangelizador», esto es de portadora de «buenas nuevas», como ayer a Juan Diego
y al nuevo mundo que se gestaba con esperanza dolorosa. María de
Guadalupe es aceptada como «madre» de paristas y autoridades en nuestra religiosidad
cultural. El
«hijo» que da a luz ella, generación tras generación, es el Cristo-total
(¿podríamos decir ahora «global» a tono con nuestro lenguaje moderno?). Este hijo
amado es la nueva patria que todos queremos forjar: con identidad cristiana y apertura
ecuménica, con seguridad de autoestima junto con audacia continental y mundial en la
irradiación cultural incluida la económica. Todos y todas los/as mexicanos/as
somos ese «hijo/a total», pero en batalla con fuerzas seductoras y adversas, como la
serpiente del texto. Nuestro secreto de victoria está en nuestra vinculación
con el Emmanu-el primero y final, alfa y omega, principio y fin. Necesitamos hacernos a su
imagen y semejanza para vencer al maligno. La
serpiente malvada no está fuera de nosotros: co-habita en nuestro interior personal y
social combatiendo nuestra calidad «filial» y tendiente a desvincularnos del Padre y de
la Madre. Es como los microbios en nuestro cuerpo o como el binomio trigo-cizaña del
evangelio. Quizá nuestra «confusión» nace de que dentro de nuestra historia y nuestra
cultura está luchando la actitud del explotado y del explotador, del resentido y del
prepotente, del parista y de la autoridad, del deseo de paz y el impulso a la violencia. Ha de ganar
la «verdad amorosa» y el «amor verdadero» como valor central en el corazón de cada
uno de nosotros, pro-paristas o pro-autoridades o pro-indiferencia. Esa fuente interior,
fruto del «Espíritu» (que «hablará por mi raza» lema de la UNAM):
Pero este
paraíso requiere un tiempo de «desierto» (Apoc. 12,13) para que crezca el «hijo»
interior y se neutralice la «serpiente»; un tiempo y tiempos y medio
tiempo (Apoc. 12,14); nuestra serpiente es la desconfianza, la sospecha
interminable, el complejo de inferioridad (del que escribió el filósofo mexicano Samuel
Ramos, hace muchos años), la pereza agresiva del alumno empobrecido y la imposición
defensiva de la autoridad oficial impotente. GANAR-GANAR El
testimonio de Jesús (Apoc. 12,17) no puede ser otro que el del amor
incondicional que Él fijó para siempre en la cruz, como fuente de toda acción
cristiana. Si alentamos esta perspectiva podemos aspirar a ganar-ganar. Para
que no haya perdedores y ganadores hemos de recurrir a un principio superior al jaloneo de
autoridades-paristas. El principio superior que abarque a ambos no puede ser otro que el
Espíritu de Jesús, expresado u oculto, traducido o directo. Jesús nos
enseñó el amor a amigos y a enemigos: ese es el secreto del ganar-ganar. de romper una y
otra vez los muros que construimos generación tras generación entre los que
tienen y no tienen, entre blancos y negros, entre mujeres y hombres, entre lenguas y
dialectos
Sólo el
amor igualitario (nos encuentra semejantes o nos hace semejantes
enseñaba el Aquinate) es el que haría posible generar una nueva
Universidad para el Tercer Milenio, en que:
Si afrontamos la renovación
universitaria (de la UNAM y de cualquier Universidad) con estos sentimientos proféticos
¿no podríamos ser más constructivos que ateniéndonos a criticar, a ser espectadores, a
condenar y descalificar?
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