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¿APOCALIPSIS UNIVERSITARIO?

Ismael Gómez Gordillo M., M.Sp.S.

El 2000 ha empezado, en la ciudad de México, con un parto doloroso: el de la UNAM, Universidad Nacional Autónoma de México. Meses interminables de crecimiento del problema, como los nueve meses de gestación humana: la huelga general. Yo lo imagino como ese texto del Apocalipsis, capítulo 12, de la mujer que va a dar a luz y la gran serpiente roja en espera del nacimiento para atrapar al hijo.

CONFUSIÓN

La dificultad en esta comparación apocalíptica es que sabríamos quién es la mujer: la Universidad Nacional, pero no sabemos quién es el niño y quién la serpiente. Ahí radica la confusión para discernir si es «signo bueno de los tiempos» postmodernos, o es «un signo malo de enfermedad» de nuestra sociedad pro democrática.

La visión más optimista sería el que el largo paro universitario rematara en una «refundación» de la UNAM. Sería como un relanzamiento hacia «nuevos cielos y nueva tierra». Coincidiría con la interpretación que hacemos del Apocalipsis bíblico al referirnos a María Santísima como la mujer, a Jesús como el que está siendo dado a luz cada generación, salvado a pesar de la Serpiente. Esta sería toda fuerza adversa al Señor.

Pero tenemos tentación de una visión pesimista, que mejor disfrazaremos de «realista»:

en el caso UNAM no podemos afirmar:

  • qué «hijo» se ha estado engendrando ¿un nuevo perfil de Universidad nacional?, ¿un nuevo estilo de universitaria y universitario?, ¿un nuevo modo de gobernar? No lo sabemos aún;

  • sobre la «gran serpiente roja» ¿sería representada por el gigante e interminable problema del FOBAPROA débilmente contrarrestado por el IPAB?, ¿sería el Consejo General de Huelga (CGH)?, ¿será alguna fuerza política oculta en la cueva del ’68 ahora crecida por gozar de autoridad?, ¿será la «juventud de hoy» que está decepcionada no sólo de sus autoridades, sino de nuestra cultura global y prefiere jugar con «la muerte»?

SUEÑOS FUTURISTAS

El Apocalipsis bíblico pretende ser una «manifes­tación» de bienaventuranzas definitivas, que pasan por el dolor. Por eso conviene que nosotros, más que a Nostradamus y sus fatalidades, tengamos como referencia la revelación de Dios sobre nuestro gran destino final y nuestros destinos intermedios.

¿Es acertado valernos del texto apocalíptico para interpretar nuestra UNAM en crisis? Yo pienso que al menos nos puede servir de «telón de fondo», lo cual incluye que no pretendamos decir que ese texto se refiere a nuestro problema universitario: solamente podemos encontrar en el texto bíblico «inspiración» para nuestra interpretación de la historia que vivimos y nuestras historias parciales.

Si se acepta esta perspectiva, echémonos a soñar a colores.

La «mujer vestida de sol» que aparece en el cielo siempre será para nosotros, mexicanos, Santa María de Guadalupe. En ella destacamos, en este inicio de siglo, su papel «evangelizador», esto es de portadora de «buenas nuevas», como ayer a Juan Diego y al nuevo mundo que se gestaba con esperanza dolorosa.

María de Guadalupe es aceptada como «madre» de paristas y autoridades en nuestra religiosidad cultural.

El «hijo» que da a luz ella, generación tras generación, es el Cristo-total (¿podríamos decir ahora «global» a tono con nuestro lenguaje moderno?). Este hijo amado es la nueva patria que todos queremos forjar: con identidad cristiana y apertura ecuménica, con seguridad de autoestima junto con audacia continental y mundial en la irradiación cultural —incluida la económica. Todos y todas los/as mexicanos/as somos ese «hijo/a total», pero en batalla con fuerzas seductoras y adversas, como la “serpiente” del texto. Nuestro secreto de victoria está en nuestra vinculación con el Emmanu-el primero y final, alfa y omega, principio y fin. Necesitamos hacernos a su “imagen y semejanza” para vencer al maligno.

La serpiente malvada no está fuera de nosotros: co-habita en nuestro interior personal y social combatiendo nuestra calidad «filial» y tendiente a desvincularnos del Padre y de la Madre. Es como los microbios en nuestro cuerpo o como el binomio trigo-cizaña del evangelio. Quizá nuestra «confusión» nace de que dentro de nuestra historia y nuestra cultura está luchando la actitud del explotado y del explotador, del resentido y del prepotente, del parista y de la autoridad, del deseo de paz y el impulso a la violencia.

Ha de ganar la «verdad amorosa» y el «amor verdadero» como valor central en el corazón de cada uno de nosotros, pro-paristas o pro-autoridades o pro-indiferencia. Esa fuente interior, fruto del «Espíritu» (que «hablará por mi raza» —lema de la UNAM):

  • purificará las intenciones torcidas,

  • anulará la belicosidad juvenil,

  • alentará la transparencia del proceso en términos académicos, sin politiquerías,

  • propiciará la creatividad para vincular investigación científica y humanismo social.

 

Pero este paraíso requiere un tiempo de «desierto» (Apoc. 12,13) para que crezca el «hijo» interior y se neutralice la «serpiente»; “un tiempo y tiempos y medio tiempo” (Apoc. 12,14); nuestra serpiente es la descon­fianza, la sospecha interminable, el complejo de inferioridad (del que escribió el filósofo mexicano Samuel Ramos, hace muchos años), la pereza agresiva del alumno empobrecido y la imposición defensiva de la autoridad oficial impotente.

GANAR-GANAR

El “testimonio de Jesús” (Apoc. 12,17) no puede ser otro que el del amor incondicional que Él fijó para siempre en la cruz, como fuente de toda acción cristiana. Si alentamos esta perspectiva podemos aspirar a “ganar-ganar”. Para que no haya perdedores y ganadores hemos de recurrir a un principio superior al jaloneo de autoridades-paristas. El principio superior que abarque a ambos no puede ser otro que el Espíritu de Jesús, expresado u oculto, traducido o directo.

Jesús nos enseñó el amor a amigos y a enemigos: ese es el secreto del ganar-ganar. de romper una y otra vez los “muros” que construimos generación tras generación entre los que tienen y no tienen, entre blancos y negros, entre mujeres y hombres, entre lenguas y dialectos…

Sólo el amor igualitario (“nos encuentra semejantes o nos hace semejantes” —enseñaba el Aquinate) es el que haría posible generar una “nueva Universidad” para el Tercer Milenio, en que:

serán vecinos el lobo y el cordero,
y el leopardo se echará con el cabrito,
el novillo y el cachorro pacerán juntos,
y un niño pequeño los conducirá.
La vaca y la osa será compañeras,
juntas acostarán sus crías,
el león, como los bueyes, comerá paja.
Hurgará el niño de pecho en el agujero del áspid,
y en la hura de la víbora el destetado meterá la mano.
Nadie hará daño,
nadie hará mal en todo mi santo Monte
porque la tierra estará llena de conocimiento de Dios,
como llenan las aguas el mar
(Is 11,6-9).

 

Si afrontamos la renovación universitaria (de la UNAM y de cualquier Universidad) con estos sentimientos proféticos ¿no podríamos ser más constructivos que ateniéndonos a criticar, a ser espectadores, a condenar y descalificar?

 

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