![]() |
![]() |
||||||||||||
Una reflexión sobre el P. Félix de Jesús Fernando
Torre Medina Mora, msps. El 16 de julio de 1904, el P. Félix toma en Veracruz el barco que lo llevará a Francia. Va a pedir permiso a sus superiores para fundar a los Misioneros del Espíritu Santo. Meses atrás, el 4 de febrero de 1903, tuvo un encuentro con Concepción Cabrera de Armida. Ese encuentro fue el inicio de una nueva etapa en la vida del P. Félix. A lo largo de ese año y medio, Conchita y el P. Félix dialogan muchas veces. La
relación y luego la amistad que surge entre ellos es de gran provecho para ambos. Él es
director espiritual de Conchita; y ella es formadora del P. Félix en cuanto a la vivencia
de la Espiritualidad de la Cruz. El P. Félix siente que está haciendo un verdadero
noviciado. Un día Conchita le comunica al P. Félix que Dios lo ha escogido para fundar el Oasis de hombres (los Misioneros del Espíritu Santo). El Espíritu Santo había estado preparando el corazón del P. Félix. Cuando descubre, por labios de Conchita, su nueva misión, el P. Félix no hace sino lo que siempre ha hecho: obedecer a Dios. Y comienza a trabajar con todas sus fuerzas para llevar a cabo ese proyecto. Félix de Jesús no duda de su llamado. Tiene la certeza de que Dios quiere que sea fundador. Pero, para evitar que en el futuro sus hijos pudiéramos pensar que actuó imprudentemente o que fue crédulo, él se pone a discernir la voluntad de Dios por todos los medios que tuvo a su alcance: pide luz al Espíritu Santo; analiza la vida de Conchita y lee su Cuenta de conciencia; consulta a varios obispos, quienes unánimemente son del parecer que el mensaje transmitido por Conchita es auténtico, y que la voluntad de Dios es que él trabaje por la fundación de los Misioneros del Espíritu Santo. La víspera de embarcarse rumbo a Francia, el P. Félix va a
despedirse de Conchita. Ella escribe en su Cuenta de
conciencia: «Las últimas palabras del
padre Félix al partir, fueron éstas: Yo quiero todo lo que Jesús quiera, lo que
sea su gusto, su complacencia, su simple deseo, aunque yo me sacrifique hasta la
muerte».[1] Félix
de Jesús ha firmado a Dios un cheque en blanco. En la plenitud humana Félix Rougier nació a finales de 1859; cuando se embarca rumbo a Francia tiene 44 años. No es ya el adolescente que sin conocer sus limitaciones se siente capaz de todo; que lleno de ilusiones se lanza a la aventura sin medir las consecuencias (como cuando, a los 18 años, levantó la mano para irse con Mons. Eloy a las misiones de Oceanía). No es tampoco el neo-sacerdote que sueña con realizar grandes obras, que como río impetuoso trabaja en favor de los demás, que está dispuesto a comerse el mundo y a no dejar a los otros ni un alma que salvar. No es aún el anciano enfermo, que cansado por el peso de los frutos espera el momento de su encuentro definitivo con Dios (como cuando celebró sus bodas de oro sacerdotales). Es el hombre maduro que conoce sus limitaciones y es consciente de su fragilidad. Es el sacerdote que tiene ya la experiencia del trabajo pastoral como profesor en España y como misionero en Colombia, pero que conserva aún su salud y fuerza física. Es el hombre que ha sido probado por el sufrimiento, que en la escuela de la vida ha adquirido la serenidad de un lago profundo. Es el apóstol que quiere trabajar por la instauración del Reino, pero que sabe esperar con paciencia el momento de Dios. Es el hombre que puede aprovechar la experiencia del pasado, pero que tiene aún la vida por delante. Es Félix de Jesús Rougier, con 24 años de vida religiosa y 16 de sacerdocio. En 1904 Félix de Jesús está en un momento de plenitud humana; ¡comienzan los
mejores años de su vida!, años que desperdició en su destierro. El demonio del medio día Por otra parte, este tiempo de plenitud es también un período de lucha. Al cruzar la frontera de los 40 años se entra en un territorio de prueba y tentación, que ha sido llamado: «el demonio del medio día». Lo que menos se quiere en este período es comenzar de nuevo. Se siente ya en tiempo de cosechar; se quieren ver los frutos del trabajo realizado. Félix de Jesús tiene un fecundo trabajo pastoral. Sin embargo, está dispuesto a comenzar una nueva vida. A esa edad, muchos buscan seguridad y estabilidad. Sin embargo, Félix de Jesús está dispuesto a dejarlo todo y lanzarse a la aventura. En ese período se siente la tentación del poder. A ésta se le ha llamado edad del perro, porque se anda tras el hueso. Se habla de que el P. Félix puede ser nombrado Superior Provincial. Sin embargo, con fe él acepta impartir clases a niños de 5 a 12 años en Barcelona. Es una etapa de cierto escepticismo ante el futuro; lo que cuenta es el presente; a los 40, cualquiera se siente justificado para ser pesimista. Sin embargo, Félix de Jesús, hombre de esperanza, y por eso irremediable optimista, mira el futuro con ilusión. A los 18, es fácil decidirse a invertir algunos años para prepararse a realizar un proyecto futuro; a los 40 se busca el rendimiento inmediato. Sin embargo, Félix de Jesús está dispuesto a invertir el tiempo que sea necesario para realizar el proyecto de Dios. A esa edad aparece con nueva fuerza la necesidad de apoyos afectivos. Se reaviva la sensibilidad hacia la aprobación y el reconocimiento de los demás. Sin embargo, Félix de Jesús está dispuesto a renunciar al apoyo que ha encontrado en Conchita, al cariño y valoración de tantas personas de México; está dispuesto a ser criticado por sus hermanos de congregación, a ser juzgado como loco. Félix de Jesús está dispuesto a todo esto, porque está enamorado de
Jesucristo. Recordemos las palabras que dijo a Conchita al despedirse: «Yo quiero todo lo
que Jesús quiera, lo que sea su gusto, su complacencia, su simple deseo, aunque yo me
sacrifique hasta la muerte».[2] En la crisis de la mitad de la vida, muchos sucumben. El P. Félix rompe el esquema natural: sabe enfrentar la prueba y superar la tentación. Sin cuenta regresiva; sin echar raíces Cuando a un encarcelado le dan su sentencia, ese mismo día comienza para él la cuenta regresiva: «me faltan diez años para salir», «me faltan nueve años, once meses y treinta días» «me falta un día». El P. Félix no tuvo cuenta regresiva. Nosotros sabemos que su destierro duró diez años; él nunca supo cuánto duraría. Y si el P. Félix es admirable por haber desperdiciado los diez mejores años de su vida obedeciendo, más admirable aún es por haber estado dispuesto a desperdiciar toda su vida, si así lo quería Dios. Si él hubiera sabido que su destierro iba a durar diez años, habría podido echar raíces y organizar su vida en función de ese período. Pero Félix de Jesús vivió cada día con la zozobra de que quizá al día siguiente llegaría el permiso deseado. Tanto en Barcelona como en Saint Chamond trabajó generosamente, pero siempre en una situación provisional, pues sentía que de un momento a otro podía ser liberado de su exilio. Para Félix de Jesús, éste fue un período de gran sufrimiento. Basta con ver algunas de las fotografías de ese tiempo; se percibe en su rostro el dolor y la tristeza. Incluso físicamente se enfermó. Además, algunas prohibiciones de sus superiores vinieron a hacer más pesada su carga: no podía comunicarse con los obispos mexicanos; no podía trabajar por la fundación que tanto anhelaba; sin leerlas, debía quemar las cartas que Conchita le escribía (así lo hizo de 1904 a 1909) Alguno ha dicho que «fue un error del P. Félix hacer depender la fundación proyectada de la decisión de sus superiores». Que «el P. Félix debió pedir su dispensa de votos» en la Sociedad de María, y haber fundado inmediatamente la nueva Congregación; «así nuestro fundador se habría ahorrado diez años de su tiempo y diez toneladas de su salud».[3] Pensar así es banalizar su obediencia heroica. Félix quería cumplir la voluntad de Dios, y sólo el permiso de sus superiores le aseguraba que, lo que él con tanta certeza sentía en su corazón, era realmente al voluntad de Dios. Arriba he escrito entre comillas la palabra desperdiciar. Considero que esos diez años no fueron ningún desperdicio; por el contrario, fueron la mejor inversión que el P. Félix pudo hacer. Son esos diez años de fe y obediencia los que hicieron que su estatura espiritual se agigantara. Soy el mismo En 1914, terminado su destierro, el P. Félix regresó a su patria: México. Un día va a visitar a Conchita, y en seis palabras le muestra su corazón: «Soy el mismo para las Obras».[4]
Esta fidelidad del P. Félix durante los diez años de su destierro no hubiera sido posible sin una gracia, muy especial, del Espíritu Santo. A Él hemos de agradecer la obra que realizó en este hombre que se sentía frágil, limitado e inconstante. Termino esta reflexión con una nota personal. Ayer cumplí 44 años, ¡y me siento tan distante de Félix de Jesús! ¡Pero con tantas ganas de seguir el camino trazado por él!
[1] Citado por Cabrera de Armida C: Cuenta de conciencia 20,384: 16 jul 1904. [2] Idem. [3] Zimbrón R: Misioneros del Espíritu Santo. Mérida, Ediciones Monjas, 1987, pp 34-35. [4] Citado por Cabrera de Armida C: Cuenta de conciencia 39,260: 23 oct 1914. [5] Cabrera de Armida C: Cuenta de conciencia 18,72: 9 abr 1903.
Regresar a Temas de reflexión
|
|||||||||||||