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La perfecta
alegría: Fernando Torre Medina Mora, msps. (Tercera y última
parte) Antes de redactar un texto, elijo un tema y voy apuntando en una hoja las ideas que se me vienen al respecto. Luego ordeno esas ideas, elimino las que no vienen al caso y hago el esquema. En la parte superior de la hoja para este artículo, un día anoté: «¿Escribir esto?» Durante algunas semanas estuve en duda; incluso ya había comenzado otro (una reflexión sobre el P. Félix de Jesús a los 44 años). Pero luego me decidí a escribir éste. Y enseguida de la pregunta puse: «Sí». Por eso comienzo a redactarlo hoy, 1° de octubre de 1999. Escribe el prólogoUn día de mayo, después de celebrar la eucaristía con las Religiosas de la Cruz, en Altavista (casa donde murió Conchita), la M. Ma. Luisa Sánchez me pidió que redactara el prólogo para el libro de los ejercicios espirituales que hizo Conchita en 1936; los últimos de su vida. El tema era La perfecta alegría. Me dio gusto que me hubieran
pedido tal servicio; es signo de que confían en mí y aprecian mi trabajo. Pero al mismo
tiempo experimenté resistencia, pues no me sentía como para hablar de alegría. Sin
embargo, acepté y prometí entregar mi escrito a principios de septiembre. El artículo que apareció publicado en noviembre, en esta sección de la revista La Cruz, es un refrito del prólogo del libro. El artículo de diciembre, es una selección de los textos que me gustaron. El que ahora estás leyendo, es una serie de experiencias que viví en los días que estaba redactando el prólogo. Escribir con rebeldía y malestarA diferencia de otras ocasiones, en ésta no disfruté al escribir. Para mí fue un sufrimiento hacer ese prólogo. Dos cosas me lo hicieron difícil. La primera, el contraste que sentía entre el tema tratado la perfecta alegría y mi estado de ánimo. Me hubiera sido más fácil escribir sobre la depresión, la ansiedad o el estress. La segunda, fue la presión que experimentaba por la carga de trabajo que traía. «Te sientes agobiado por tantos compromisos y todavía aceptas otro», me recriminaba a mí mismo. Pensé en decirles a las Religiosas de la Cruz que buscaran otra persona que hiciera el prólogo, pero me detuve: «Ya dijiste que sí; ¡ahora cumples!» El texto del libro, que me entregaron las madres en mayo, quedó intacto sobre mi escritorio durante dos meses. Sólo verlo me causaba molestia: «¿Cuándo vas a escribir ese prólogo?» A fines de julio fui a Estados Unidos al Capítulo del Vicariato Cristo Sacerdote. Durante el viaje y en los ratos libres leí el texto y fui haciendo anotaciones. La lectura de esas sabias palabras de Mons. Martínez me dieron muchas luces para entender y aceptar la rebeldía y malestar interior que yo sentía. Al empacar mis cosas para el regreso, sin pensarlo, puse ese texto en la maleta que registré con el equipaje, en lugar de haberlo metido en el portafolio que llevaría conmigo en la cabina del avión. Y, para mi desgracia, la maleta no llegó a su destino. «Llene usted esta forma; a ver si su equipaje llega en otro vuelo», me dijo una amable empleada. Mientras tanto yo pensaba: «Puedo pedirles a las madres otra copia del texto, pero ¿cómo recuperar mis notas?» Me dio coraje contra Dios y le reclamé: «¡Quién te entiende! ¿Quieres o no quieres que escriba ese prólogo?» También pensaba: «Eso me pasa por andar leyendo sobre la perfecta alegría». Al día siguiente apareció la maleta. Me explicaron que de Los Ángeles, en lugar de enviarla a la Cd. de México, la habían mandado por equivocación a Cancún; dichosa ella. Morelia y la CuevitaYa se acercaba el tiempo para entregar el texto prometido y no había escrito ni una línea. Además tenía muchos pendientes del Consejo. La única alternativa era redactarlo durante la semana que iba a estar en Morelia (del 9 al 14 de agosto), dando un curso en la Escuela de verano para formadores. Así lo hice, pero en medio de una gran resistencia. En esos días estaba tenso, cansado y hasta físicamente débil. Como no era suficiente el tiempo que me dejaba el curso, me tenía que levantar más temprano para conseguir así algunas horas para escribir. Por otra parte, me decía: «Ni que fuera una tesis; basta con unas palabras para presentar el libro». Pero mi sentido de responsabilidad (o mi perfeccionismo) no me lo permitía: «Si te comprometiste a hacer algo, ¡hazlo bien!» También existía la posibilidad de entregarlo después de la fecha acordada, pero me urgía desembarazarme de ese compromiso. Cuando encontraba más dificultad, me animaba pensando que mis palabras podrían hacer algo de bien a los lectores. Sin embargo, al terminar el prólogo, me quedó la sensación de que era un texto poco útil. ¿Será ésta la cruz que hará fecundas mis palabras? ¿La frustración será compañera habitual de la perfecta alegría? Conchita hizo sus ejercicios en la casa de Mons. Martínez. Había allí una pequeña capilla a la que llamaban la Cuevita. Era un sitio privado y secreto, pues corrían tiempos de persecución religiosa. Conchita pasó largas horas en ese lugar. Allí Jesús se le manifestó muchas veces. Era un verdadero lugar de encuentro entre Jesús y ella. Para motivarla a ir a Morelia a hacer sus ejercicios, Mons. Martínez le escribe: «La Cuevita la espera».[1] Como no me sentía inspirado, y aprovechando que estaba en Morelia, se me ocurrió ir a visitar la casa donde Conchita había hecho sus ejercicios. Actualmente es la casa de Mons. Alberto Suárez Inda, Arzobispo de Morelia. Está ubicada en la calle Rendón 54, en el centro de Morelia. La Cuevita ha sido transformada en antecomedor. Hay allí una Cruz del Apostolado y una fotografía de Conchita. Estuve un rato tratando de imaginar cómo sería cuando aún era capilla. Había ido a ese lugar con la ilusión de sentir la presencia de ese Dios que allí se le revelaba a Conchita; pero no sentí nada. Sé que el silencio de Dios es también un modo como Él se comunica; sin embargo, salí desilusionado. «¿Qué voy a decir en ese prólogo? ¡Inspíramelo Tú, Espíritu Santo!» Y algo me inspiró, pues al final de esa semana ya tenía el borrador. Misión terminadaAl regresar a la Cd. de México envié el borrador a la M. Ma. Luisa Sánchez y a la M. Guadalupe Labarthe para que me lo corrigieran. Me sorprendió que ambas me dijeron que el texto les había gustado. Las últimas correcciones las hice con una gripa que me traía menso (más de lo ordinario): «Sólo esto me faltaba; ni siquiera tengo cabeza para pensar.» Y, mientras escribía que la aceptación de la cruz es condición para la perfecta alegría, yo rechazaba la cruz: «Yo quiero alegría, pero no de esa perfecta, sino una alegría verdadera, sin sombra de cruz.» ¡Qué iluso; quería el cielo! El 27 de agosto entregué mi
trabajo a las madres Ma. Luisa Sánchez e Ivette Zavala. Me agradecieron mucho mi texto.
Les hice algunas sugerencias para la edición del libro. ¿Publicar o no un tercer artículo?Una vez terminada la redacción de este artículo, continuaron mis dudas: «¿Es conveniente o no publicarlo? ¿Lo publico ahora o después de algún tiempo?» Se me hacía que revelar lo que viví al escribir el prólogo, era una especie de hipocresía y cinismo: «Sí, escribí sobre la alegría estando tenso, rebelde y triste; ¿y qué?» Tenía, además, una salida fácil y tentadora: «Yo nunca dije que iban a ser tres partes; nadie me va a reclamar si sólo aparecen dos». Entonces, ¿por qué publico este tercer artículo? No lo sé con certeza; se mezclan varias razones. Aquí anoto algunas que ahora veo:
Si la lectura de estas páginas te ha sido de provecho y te ha ayudado a conocer mejor a Dios, dale gracias a Él. Si, por el contrario, te ha parecido algo inútil y te ha hecho perder el tiempo, entonces es tu oportunidad para ofrecer esa cruz y así vivir, también tú, la perfecta alegría. [1] CC 65,161: 30 sep 1936.
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