El guía supremo es el Espíritu Santo, el mismo que ungió a Jesús como Sacerdote y que lo condujo por los caminos que el Padre le había señalado. Ese Espíritu de amor nos lleva a imitar a Jesús en su amor obediente al Padre y en su amor humilde a los hermanos, en su pureza y en la santidad de su vida, para ejercer nuestro sacerdocio espiritual ofreciéndolo y ofreciéndonos con Él. El modelo es María, la Virgen sacerdotal, a quien profesamos un amor filial en el misterio de sus dolores, especialmente los de su Soledad. Todos
los Misioneros del Espíritu Santo, los novicios, los hermanos estudiantes,
los hermanos coadjutores, los diáconos permanentes y los sacerdotes, seguimos
ese camino porque todos, según el propio carisma, queremos identificarnos
con Jesús Sacerdote y Víctima. |
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