Alguien llamó a ese momento «la agonía de la
nación». Tal vez no lo era, tal vez era sólo la oscuridad que precede a un amanecer,
pero quienes vivieron ese momento histórico lo veían como agonía, y
seguramente no les faltaban razones para hacerlo. |
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Los fundadoresEn el momento en que nacían los Misioneros del
Espíritu Santo estaban presentes tres personajes con fama de santos, dos hombre y una
mujer. Desde años atrás habían recibido del Señor la promesa de esa futura fundación
y habían luchado intensamente para conseguirla. Eran Mons. Ramón Ibarra y González,
entonces arzobispo de Puebla, quien celebró la Misa en que canónicamente se iniciaba en
la Iglesia la nueva congregación; el P. Félix de Jesús Rougier, escogido por
Dios para fundar a los Misioneros del Espíritu Santo, y la Sra. Concepción Cabrera de
Armida, inspiradora y promotora de la nueva fundación. Tres personajes providenciales: un santo y dinámico pastor de
la Iglesia mexicana, un sacerdote apasionado por seguir con plena fidelidad los designios
del Señor, y una mujer seglar que, adelantándose a los tiempos del Vaticano II, se
entregó con entusiasmo al servicio de Dios y de los hombres. Tres instrumentos
providenciales para el establecimiento de la Obra de la Cruz y de cada una de sus
cinco ramas, de las cuales los Misioneros del Espíritu Santo fueron cronológicamente los
últimos en ser establecidos en la Iglesia. Estas cinco Obras
buscan vivir la Espiritualidad de la Cruz y difundirla en el mundo. El caminoAl principio, podría decirse que fue una simple vereda, llena de vericuetos, tropiezos y altibajos (más bajos que altos). Número de novicios: uno, Moisés Lira; el segundo, el P. Domingo Martínez, de Morelia, no ingresaría al Noviciado sino hasta principios del siguiente año. La residencia: la Casa de los tepalcates, una humildísima vivienda cercana a la Villa de Guadalupe, con el mobiliario más austero que se pudiera pensar: la mesa del comedor era un simple cajón de madera, con un periódico por mantel. El formador: el P. Félix de Jesús, que había sido prestado por su congregación, la Sociedad de María, únicamente por dos años, con la terrible incertidumbre que eso significaba. El noviciado fue cambiando de casa en casa, algunas sólo después de unos días de ocupadas, debido al peligro de ser descubiertos por los perseguidores. Antes de establecerse de manera más estable en Tlalpan, pasó por muchas casas. Los permisos del P. Félix se prorrogaban temporalmente hasta que, por fin, doce años después, se le permitió pasar a formar parte de la Congregación por él fundada. Fue hasta 1918 cuando se fundó en Tacubaya (Cd. de México) la primera comunidad de pastoral. Luego vendrían otras fundaciones. Este fue el comienzo de un largo camino, muchas
veces doloroso, del que aún nos queda mucho por recorrer.
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