Esto exige que seamos hombres de oración, atentos amorosamente a Dios, hasta lograr que la oración domine toda nuestra vida y así estaremos continuamente bajo su influencia. Debemos dar el primer
lugar a la contemplación, no sólo en la teoría sino en la práctica concreta de la
vida. Es imposible realizar nuestra misión si nuestra acción apostólica no se deriva de
la abundancia de la contemplación. Llamados por Dios a participar de la misma vocación, formamos una sola familia, en comunión de personas, con un mismo espíritu e idéntica misión. Por eso, en nuestras comunidades buscamos vivir unidos por el vínculo de la caridad, teniendo como los primeros cristianos un solo corazón y una sola alma. Vivimos y trabajamos en comunidad. Ésta es como una familia en la que todos nos ayudamos a ser fieles a Dios y a trabajar en favor de los demás. Somos una congregación religiosa de vida apostólica. Nuestra acción apostólica brota de la contemplación. Como religiosos seguimos
radicalmente a Jesucristo Sacerdote y Víctima. Esto exige la entrega total de nuestra
persona a Dios, por la profesión de los consejos evangélicos de castidad, pobreza y
obediencia. Exige también que colaboremos con Jesucristo en construcción del Reino. Estamos consagrados de
manera especial al Espíritu Santo; somos sus misioneros. |
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