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ESPIRITUALIDAD DE
LA COMUNIÓN P. Jorge Ortiz
González, MSpS. De muchas maneras y en muchas ocasiones
he hablado sobre el tema de «la comunión», comenzando por la Circular 1: Unidad y
diversidad en nuestra amada Congregación. Esta insistencia machacona tiene su
origen en las reflexiones capitulares y en el documento final del XIII Capítulo General,
que nos recuerda que en muchos casos nuestra relaciones son de poca profundidad; que
existen distanciamientos, críticas y descalificaciones mutuas; que en ocasiones estos
aspectos trascienden a personas ajenas a la Congregación (cf XIII CG 29d; CD 142.3). Por ello, en la Primera prioridad de ese
mismo Capítulo, que se refiere directamente a nuestra vida consagrada en la
Congregación, se nos invita a fortalecer «nuestro espíritu de familia y el sentido de
cuerpo» (XIII CG 9). El papa Juan Pablo II en su reciente
Carta apostólica Novo millennio ineunte, inspirado en el misterio de la
Iglesia-comunión, nos recuerda con insistencia que somos testigos del amor y que la
comunión «encarna y manifiesta la esencia misma del misterio de la Iglesia» (42). Enseguida nos presenta el gran desafío
que tenemos ante nosotros en el milenio que estamos comenzando: «hacer de la Iglesia la
casa y la escuela de la comunión». Esto significa:
Esta tarea testimoniante nos pide
cultivar y ampliar continuamente los espacios de comunión en la vida de la Iglesia:
relaciones entre obispos-sacerdotes-diáconos; entre pastores y Pueblo de Dios; entre
clero y religiosos; entre asociaciones y movimientos eclesiales (cf 45). Se nos hace notar que la teología y la
espiritualidad de la comunión aconsejan una escucha recíproca y eficaz entre pastores y
fieles, es decir el diálogo de la caridad. Y, para animarnos a vivir en actitud de
apertura y escucha, nos presenta dos ejemplos concretos:
Estas reflexiones e invitación del Papa
deben resonar profundamente en nuestros corazones, ya que como religiosos y como
sacerdotes somos responsables de la construcción de la comunión, tanto en la comunidad
religiosa como en la comunidad eclesial, para que esos espacios sean realmente casa
y escuela de la comunión. Podemos leer esta carta y estos números
concretos con nuestros hermanos de comunidad para descubrir juntos hasta qué punto
estamos favoreciendo y promoviendo la espiritualidad de la comunión entre nosotros. Lo
podemos hacer también con nuestros hermanos laicos de los diversos movimientos y
asociaciones para interrogarnos en qué medida estamos asumiendo la corresponsabilidad de
ser testigos en nuestro mundo del misterio de la Iglesia-comunión. Lo puedo hacer
personalmente y en ambiente de oración para constatar con honestidad si veo a mi hermano
como uno que me pertenece, como un don para mí y si he aprendido
a dar espacio a mi hermano. Viviendo la Pascua de Jesús con el
anhelo de la efusión de su Espíritu, pidamos a María, Virgen de Pentecostés,
Madre de la Iglesia, Señora de la Soledad, que nos conceda estar «dedicados asiduamente
y unánimes a la oración» para que podamos acoger la acción poderosa de ese Espíritu
que nos reúne para anunciar con valentía la salvación a todos los hombres y mujeres, y
ser signos de comunión en nuestro mundo.
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