pagina_01_13.jpg (1226 bytes)
Página Principal Página Principal
Página Principal


EL MISIONERO DEL ESPÍRITU SANTO
EN EL UMBRAL DEL NUEVO MILENIO

Jorge Ortiz González, MSpS.
Superior General

Estamos comenzando un nuevo año: el 2001, y un nuevo siglo: el XXI. Nos ha tocado en suerte vivir este acontecimiento mundial. Pero, siempre, nuestra visión teologal nos invita a mirar estos acontecimientos con perspectivas diversas, y por ello es justo y necesario preguntarnos qué significan estos eventos históricos para nuestro caminar congregacional. O, dicho de otra forma, qué elementos debemos privilegiar para ir dando respuesta a este cambio epocal que forma parte de nuestro tejido histórico.

Privilegiar el conocimiento, profundización, vivencia y difusión de nuestro carisma

«Ante todo se pide la fidelidad al carisma fundacional y al consiguiente patrimonio espiritual de cada instituto. Precisamente en esta fidelidad a la inspiración de los fundadores y fundadoras, don del Espíritu Santo, se descubren más fácilmente y se reviven con más fervor los elementos esenciales de la vida consagrada.

«Se invita pues a los Institutos a reproducir con valor la audacia, la creatividad y la santidad de sus fundadores y fundadoras como respuesta a los signos de los tiempos que surgen en el mundo de hoy» (VC 36-37).

Seguir haciendo caminos de refundación; ir a las raíces de nuestra inspiración carismática; volver a los fundamentos, vivir en esa doble referencia: los orígenes y el mundo de hoy; empeñarnos en una fidelidad creativa.

«Pensar en Cristo Sacerdote y Víctima nos conecta con nuestros orígenes. La figura evangélica de Jesús, iluminada por la doctrina y experiencia de Concepción Cabrera de Armida y por la vivencia del hombre d efe que Dios nos dio como Fundador, viene a dar un marco de referencia existencial e histórico a nuestros orígenes» (XIII CG 18).

Fomentar la espiritualidad de la comunión

«Las comunidades de vida consagrada se presentan como signo de un diálogo siempre posible y de una comunión capaz de poner en armonía las diversidades... son enviadas a anunciar con el testimonio de la propia vida el valor de la fraternidad cristiana y la fuerza transformadora de la Buena Nueva, que hace reconocer a todos como hijos de Dios e incita al amor oblativo hacia todos, y especialmente hacia los últimos» (VC 51).

Hoy más que nunca nos encontramos inmersos en un mundo plural y multiforme; dividido, fraccionado e injusto; inundado por el fenómeno de la globalización y el neoliberalismo; que produce situaciones de soledad y aislamiento; que lleva a enfrentamientos por diferentes motivos; donde se ha perdido el sentido de la comunión.

Tenemos la exigencia de recuperar «el cultivo intenso de la vida de familia para vivir como hermanos que, juntos y en comunión, busquemos responder al proyecto de Dios y construir el edificio congregacional» (XIII CG 32f). Somos llamados a vivir en la unidad verdadera, fruto de un amor recíproco incondicional; a tener una disponibilidad para el servicio sin reservas, a ser prontos para acoger al otro tal como es, sin juzgarlo; a crecer en la capacidad de perdonar (cf ibid 33).

La misión como dinamismo de nuestra identidad carismática

«Antes que en las obras exteriores, la misión se lleva a cabo en el hacer presente a Cristo en el mundo mediante el testimonio personal. ¡Este es el reto, éste es el quehacer principal de la vida consagrada! Cuanto más se deja conformar a Cristo, más lo hace presente y operante en el mundo para la salvación de los hombres. Se puede decir, por tanto, que la persona consagrada está "en misión" en virtud de su misma consagración, manifestada según el proyecto del propio Instituto» (VC 72).

Nuestra misión es ser apóstoles del Espíritu Santo y de la Cruz, enviados a promover la santidad en todo el Pueblo de Dios, según nuestro espíritu característico, y así extenderemos el reinado del Espíritu Santo. La Iglesia nos une a su misión santificadora y nos envía a promover la santidad según el espíritu de Cristo Sacerdote y Víctima (cf CD 13.191).

«Siguiendo los acentos que la Iglesia postconciliar nos ha ofrecido —profética, liberadora e inculturada—, la Congregación quiere proyectar con estos énfasis su misión carismática. Para esto nos proponemos, en comunión eclesial, generar, a través de nuestro testimonio y nuestra acción, la presencia de Cristo Sacerdote y Víctima en la Iglesia y en el mundo para extender el reinado del Espíritu Santo. Esto se explicita en destinatarios prioritarios, obras características y medios específicos, promoviendo en el pueblo sacerdotal la santidad según nuestro espíritu» (XIII CG 42).

Recrear una cultura vocacional: ¡tarea de todos!

«La primera tarea de todos los consagrados y consagradas consiste en proponer valerosamente, con la palabra y con el ejemplo, el ideal del seguimiento de Cristo, alimentando y manteniendo posteriormente en los llamados la respuesta a los impulsos que el Espíritu Santo inspira en su corazón... El problema de las vocaciones es un auténtico desafío que interpela directamente a los Institutos, pero que concierne a toda la Iglesia» (VC 64).

La necesidad de hacer de la promoción vocacional una actividad prioritaria y permanente en nuestra pastoral sigue siendo una urgencia cada día más sentida. Nuestra realidad nos hace tomar conciencia del progresivo envejecimiento de nuestros religiosos, de la necesidad de crecer como Congregación, de que no aumentan las vocaciones como quisiéramos a pesar de los esfuerzos y recursos que empleamos.

«El interés y preocupación porque la Congregación crezca en vocaciones debe volverse un modo de ser, de pensar y de relacionarse; un anhelo que se convierta en mentalidad constante, de manera que la búsqueda de vocaciones no se reduzca a momentos puntuales o a responder a iniciativas o disposiciones que nos vengan de fuera, sino que sea el modo de vivir habitual y que tenga cauce en invitar permanentemente a través de todas nuestras actividades, obras y medios.

Esto nos hace pensar de manera análoga en una cultura como la que Nuestro Padre, a ejemplo de Jesús, cultivó en los primeros años de la vida de nuestra Congregación: a través de su estilo de vida y del ejercicio de su misión, en todas sus acciones, fue convocando discípulos para la Iglesia o para la Congregación. Esto es lo que entendemos por cultura vocacional» (XIII CG 81).

Incrementar y consolidar la expansión

«"El amor de Cristo nos apremia": los miembros de cada Instituto deberían repetir estas palabras con el Apóstol, por ser tarea de la vida consagrada el trabajar en todo el mundo para consolidar y difundir el Reino de Cristo, llevando el anuncio del Evangelio a todas partes, hasta las regiones más lejanas... la misión refuerza la vida consagrada, le infunde un renovado entusiasmo y nuevas motivaciones, y estimula su fidelidad» (VC 78).

Debemos inspirarnos en el espíritu eclesial y misionero de Félix de Jesús. Su persona y su vida nos marcan las pautas para descubrir la manera de vivir y proyectar la riqueza de nuestro carisma en la Iglesia y en el mundo de hoy. No somos para una ciudad, no somos para un país (aunque sea el propio), somos para una Iglesia dispersa entre todas las naciones. Necesitamos como Congregación tener una mentalidad de expansión, con amplitud de miras, con deseos afectivos y efectivos de salir a otros lugares.

«La expansión es tarea corporativa, no sólo de los destinados directamente a ella. Es una urgencia y un imperativo para crecer y enraizar en otras culturas. Entendemos que esta necesidad de crecer y de expansión puede significar discernir proyectos y tomar decisiones que impliquen opciones y renuncias. Los superiores, a todos los niveles, habrán de promover en todos los religiosos el espíritu misionero y el deseo de expansión de la Congregación» (XIII CG 94).

Amor preferencial por los pobres y marginados

«La opción por los pobres es inherente a la dinámica misma del amor vivido según Cristo. A ella están pues obligados todos los discípulos de Cristo; no obstante, aquellos que quieren seguir al Señor más de cerca, imitando sus actitudes, deben sentirse implicados en la opción por los pobres de una manera del todo singular. La sinceridad de su respuesta al amor de Cristo les conduce a vivir como pobres y a abrazar la causa de los pobres. Esto comporta para cada Instituto, según su carisma específico, la adopción de un estilo de vida humilde y austero, tanto personal como comunitariamente» (VC 82).

Como Iglesia y en fuerza de nuestro carisma, debemos encarnar en nuestra vida y en nuestras iniciativas pastorales la solidaridad hacia los pobres y marginados de todo género. Somos responsables en la construcción de un mundo más justo y más humano, donde todos seamos hijos y hermanos, según el proyecto de Dios. La Iglesia pretende que no haya en absoluto marginados y esto surge de la opción de amar de manera preferencial a los pobres. Se trata de un amor que no es exclusivo y no puede ser interpretado como signo de particularismo o sectarismo (cf EIA 58).

«El Señor nos llama ante todo a una profunda conversión, que nos renueve en nuestra vida consagrada: vida de pobreza, castidad y obediencia; vida de oración y contemplación, personal y comunitaria; vida de fraternidad y mutua solidaridad (cf CD 163-167; 171. 198-202). Desde nuestro seguimiento de Jesús Sacerdote y Víctima, la primera exigencia, antes que pensar en los destinatarios, es hacia nuestra propia vida. Nos exige un estilo de vida pobre y austero, en actitudes de desarraigo, despojo y humildad (cf CD cap. 8). Y quizá debemos confesar con sinceridad que es en este campo donde nuestras resistencias son mayores, porque implica una profunda conversión de toda nuestra vida.

«Sentimos aquí con mucha fuerza la invitación de Nuestro Padre a estar muy atentos acerca de los abusos contra la pobreza en nuestras casas religiosas (cf ECC p 51).

«El Señor nos pide que, a imitación suya, realicemos todo nuestro ministerio pastoral con un celo renovado, entre sacerdotes, personas consagradas y laicos, mostrando siempre sus actitudes de misericordia y compasión, sobre todo con aquellas personas más necesitadas por cualquier clase de pobreza (cf CD 74 y 242).

«Cimentados en nuestro testimonio de vida, estaremos en condiciones de denunciar, de la manera más adecuada a nuestra propia opción y permaneciendo libres de ideologías políticas, las injusticias cometidas contra tantos hijos e hijas de Dios, y de comprometernos en la promoción de la justicia en el ambiente social en el que actuamos (cf VC 82). Nuestras Constituciones y el XII Capítulo General nos señalan pistas claras a favor de una pastoral integral (cf CD 211.7-10; XII CG 5)» (XIII CG 111-114).

Misionero del Espíritu Santo del nuevo Milenio: estás llamado a ser hoy para la Iglesia y para el mundo un signo atractivo, válido y eficaz para testificar ante tus hermanos y hermanas los valores del Reino y la opción por Jesús.

Entremos, todos juntos, en este proceso congregacional que nos permita realizar plenamente nuestra vocación de acuerdo a los sueños de Félix de Jesús y Conchita.

Que tengas un Año Nuevo lleno de felicidad, realizaciones y fecundidad.

Que tengas oídos y corazón abiertos para descubrir el paso del Espíritu en el Milenio que iniciamos.

 

Regresar a Temas de reflexión


 
Página principal  |

| Quiénes somos | Espiritualidad | Misión | Vocaciones | Dónde estamosPara MSpS |

| Concepción C. de Armida  |  Félix de JesúsFamilia de la Cruz |
Noticias  |  Temas de reflexión  |   La opinión de los visitantes |