Jorge Ortiz González, MSpS.
Superior General
En el caminar
congregacional después del Concilio vamos tomando una progresiva conciencia de cómo en
la Iglesia-Comunión «los estados de vida están de tal modo relacionados entre sí que
están ordenados el uno al otro». Indudablemente que su profundo significado es común y
único, «ser modalidad según la cual se vive la igual dignidad cristiana y la
universal vocación a la santidad en la perfección del amor». Modalidades diversas
y complementarias, conservando cada una de ellas su original e inconfundible
fisonomía, y permaneciendo cada una en relación con las otras y a su servicio (ChL 55).
Desde esta visión
eclesial, estamos aprendiendo a intercambiar nuestros dones y carismas con los hermanos y
hermanas laicos. Es un aprendizaje lento y no exento de sobresaltos y dificultades, pero
no podemos detenernos en esta búsqueda de diversidad y complementariedad en la
construcción de la Iglesia.
Entre las diferentes
responsabilidades que debemos asumir, sobresale de alguna manera la formación de los
laicos, acompañarlos en su llamada a crecer, a madurar continuamente, a dar siempre más
fruto: «la formación de los fieles laicos se ha de colocar entre las prioridades de
la diócesis y se ha de incluir en los programas de acción pastoral de modo
que todos los esfuerzos de la comunidad (sacerdotes, laicos y religiosos) concurran a este
fin» (ibid 57).
El objetivo fundamental
de esta formación es el descubrimiento cada vez más claro de su propia vocación y la
apertura para vivirla en el cumplimiento de la propia misión. Es importante ayudarles a
descubrir lo que Dios quiere de ellos, pero también animarlos a que lo realicen.
Otro aspecto importante
de su propia vocación y misión es el saber vivir en unidad. No pueden darse dos
vidas paralelas: la espiritual y la secular. Todos los distintos
campos de la vida laical son lugar histórico donde deben descubrir la revelación
de Jesucristo; todas las actividades, situaciones y esfuerzos son ocasiones providenciales
para que se ejerciten en las virtudes. Esta unidad de vida será un testimonio
elocuente de la posibilidad real de conjuntar la fidelidad a los deberes temporales y la
vivencia del espíritu evangélico.
Indudablemente la
formación espiritual ocupa un lugar privilegiado, pues son llamados a crecer
continuamente en la intimidad con Jesús, en la adhesión a la voluntad del Padre, en la
entrega generosa a los hermanos y hermanas. En sus condiciones ordinarias de vida deben
crecer en la unión con Cristo, desempeñando sus actividades propias de acuerdo con el
querer divino.
La formación doctrinal
es cada día más urgente frente al mundo y sus graves y complejos problemas. Con su
palabra y su vida, con sus compromisos cotidianos, serán respuesta a los profundos
interrogantes que asedian al hombre y a la sociedad de hoy.
Es indispensable la
formación en la doctrina social de la Iglesia para que puedan hacer reconocer y
estimar los valores humanos y cristianos. Ahí encontrarán principios de reflexión,
criterios de juicio y directrices prácticas (cf EIA 44).
En esa formación
unitaria e integral es también significativo el crecimiento personal en los valores
humanos, teniendo en cuenta la competencia profesional, el sentido de la familia y el
sentido cívico; igualmente aquellas virtudes relativas a las relaciones sociales:
espíritu de justicia, sinceridad, cortesía, probidad, fortaleza de ánimo (cf ChL
58-60).
Sí, es nuestra tarea el
acompañamiento y formación de nuestros hermanos y hermanas laicos, el ir suscitando en
ellos la conciencia y responsabilidad de su vocación y misión. Pero también nosotros
hemos de «estimar profundamente el testimonio y la acción evangelizadora de los laicos
que integrados en el pueblo de Dios con espiritualidad de comunión conducen a sus
hermanos al encuentro con Jesucristo vivo. La renovación de la Iglesia no será posible
sin la presencia activa de los laicos. Por eso, en gran parte, recae en ellos la
responsabilidad del futuro de la Iglesia» (EIA 44).
En esta visión eclesial
renovada somos invitados, como consagrados, a ir construyendo los espacios adecuados para
el desarrollo y crecimiento de los laicos, a colaborar en su formación integral, a
acompañarlos progresivamente en la asunción responsable de sus propios compromisos.
Pero también somos
invitados a abandonar las actitudes clericalistas y machistas, a dejar de considerarlos
cristianos de segunda, a aprender conjuntamente un diálogo entre iguales, a
orientar y respetar, a fomentar la unidad en la diversidad, a ser constructores de
comunión, a saber pasar de lo accidental a lo esencial, a construir relaciones maduras y
con horizonte de iglesia.
En profunda comunión,
Misioneros del Espíritu Santo y laicos, tenemos la mutua tarea de asumir nuestras propias
responsabilidades, ser signos e instrumentos de la comunión querida por Dios, ante un
mundo roto y deseoso de unidad. |