| De unos
años para acá el vocabulario eclesial y religioso ha subrayado la importancia del
discernimiento. Para algunos es sólo cuestión de moda; para otros es algo
imprescindible y urgente; en otros más suscita indiferencia.
El XIII Capítulo
general toca este tema sobre todo cuando habla de la Primera prioridad. Esto manifiesta el
deseo del Capítulo de conectarlo con nuestra vida religiosa y carismática.
Indudablemente que no se
trata de una novedad o de un descubrimiento. Es un dato de revelación que ha atravesado
la vida de la Iglesia y donde han surgido importantes figuras que han enriquecido este
aspecto. Baste señalar las sabias indicaciones de san Ignacio.
Para nosotros,
Misioneros del Espíritu Santo, es un tema obligado desde siempre, teniendo en cuenta que
la dirección espiritual es el «más característico de nuestros medios» en el ejercicio
de nuestra misión santificadora. Sin un verdadero discernimiento, no podemos entender sea
el llevar una seria dirección espiritual personal, sea el ejercer este ministerio.
Para evitar polémicas
inútiles o posiciones extremas podemos concordar fácilmente el objetivo del
discernimiento: procurar las actitudes y medios que favorezcan el auténtico
descubrimiento de la voluntad de Dios. Y sabiendo que esta búsqueda de la voluntad de
Dios es algo que debemos hacer constantemente, concluimos que el discernimiento es una
actitud de vida, un modo de vivirnos, algo permanente a nivel personal y comunitario.
El gran modelo de quien
vive en discernimiento continuo es Jesús. Él bajó del cielo sólo para hacer la
voluntad del Padre y en eso consistía su alimento (cf Jn 4,34; 5,30; 6,38). La
carta a los Hebreos nos lo presenta entrando al mundo con esa disposición fundamental de
venir a hacer la voluntad del Padre (cf Hb 10,7).
Y si pensamos en Félix
de Jesús y Conchita, a quienes estrenamos como venerables, los vemos en una
actitud sostenida de discernimiento-búsqueda de la voluntad de Dios. Lo que ellos
anhelaban en último término era descubrir la voluntad de Dios para llevarla cabo del
modo más perfecto, hasta el heroísmo. Sería muy interesante hacer un estudio de
Nuestros Padres descubriendo sus actitudes, sus maneras, su estilo de vivirse en
discernimiento, sobre todo en situaciones particulares de su vida.
Nuestro último
Capítulo general señala por una parte que «hemos tenido mayor capacitación en el
discernimiento» (28b); pero al mismo tiempo hace notar que «la práctica del
discernimiento (cf CD 138), necesaria en toda vida religiosa comunitaria y urgida en
nuestros últimos Capítulos, no ha tenido la profundización y la práctica necesarias»
(29d). Y concluye que tenemos la exigencia de recuperar «el vivir en una actitud
constante de discernimiento personal y comunitario que nos permita estar atentos al paso
del Espíritu por nuestras vidas» (32d).
Indudablemente estas
orientaciones capitulares nos hablan con toda claridad de la necesidad y urgencia de
suscitar en cada uno de nosotros esa «actitud constante de discernimiento personal y
comunitario».
Algunas notas
características de quien se vive en discernimiento:
Visión teologal:
quien discierne quiere mirar todo desde Dios, está apasionado por los intereses de Jesús
y el Reino, se acerca a su entorno con una visión contemplativa. Desea profundamente
dejarse llevar por el Espíritu.
Una actitud de vida:
el discernimiento no es para momentos ocasionales o importantes, es un estilo
de enfrentar las realidades cotidianas, es un talante para colorear la existencia.
Recordemos las antiguas enseñanzas de nuestro noviciado cuando se nos decía que apenas
oyéramos el toque de la campana por la mañana, saltáramos de la cama, besáramos el
suelo y dijéramos: «He aquí que vengo, Padre, para hacer tu voluntad». Quiere decir
que a lo largo del día, siempre, tengo el firme propósito de discernir su voluntad para
realizarla.
Desprendimiento y
desapego de los propios gustos, quereres y proyectos: quien discierne está dispuesto
a la renuncia absoluta en aras de la voluntad salvífica del Padre. Al estilo de nuestros
Padres: «No lo que yo sino lo que Tú; no cuando yo, sino cuando Tú; no como yo, sino
como Tú», «Eso quieres Tú, Jesús, eso yo también lo quiero».
Dejar de lado lo
visceral: buscar, descubrir y llevar a término la voluntad de Dios no es cuestión de
tripas, sino de mente y corazón. Indudablemente hay que analizar los
sentimientos, afectos y emociones, las mociones, pero precisamente para
discernir y no dejarnos llevar de lo que oscurece la claridad y objetividad.
Saborear la paz:
quien discierne vive en paz porque experimenta que ha puesto los medios a su alcance para
descubrir la voluntad de Dios; porque se ha empeñado en tener un corazón abierto y
disponible, porque su único interés y meta está en colaborar al proyecto de Dios y no
en sus propios proyectos. «Señor, tú nos darás la paz, porque todas nuestras empresas
nos las realizas tú» (Is 26,12).
Hermanos en la misma y
«hermosa vocación», animémonos a seguir alimentando esta actitud permanente de
discernimiento que cualifique nuestra vida personal y comunitaria, nuestra proyección
apostólica y la respuesta al plan amoroso de Dios sobre nuestra Congregación.
Que María, la Virgen
fiel, nos enseñe a guardar en el corazón la Palabra, a meditarla y saborearla, a
llevarla al compromiso cotidiano para hacer, como Jesús, únicamente lo que le agrada al
Padre. |