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La vida consagrada en la Iglesia,
testimonio de Cristo ayer, hoy y siempre

Jorge Ortiz González, M.Sp.S.
Superior General

En torno al 2 de febrero, fiesta de la Presentación del Señor, todos los consagrados y consagradas celebramos el jubileo de la vida consagrada. Las palabras del Papa en esta celebración pueden ayudarnos a tomar mayor conciencia de nuestra vocación y las implicaciones concretas que tiene para el mundo que nos toca vivir y evangelizar.

«… nos unimos al proyecto de la Nueva Evangelización» (XIII CG 55).

Os preguntáis al inicio de un nuevo milenio, cuáles son las formas más eficaces de contribuir, respetando el carisma originario, a la nueva evangelización, llegando a las numerosas personas que desconocen a Cristo.

«… urgente responsabilidad de empeñarnos todos en hacer crecer la Congregación» (ibid 69).

Desde esta perspectiva, se eleva ferviente vuestra invocación al Dueño de la mies, para que suscite en el corazón de muchos jóvenes, chicos y chicas, el deseo de entregarse totalmente a Cristo y  la causa del Evangelio.

«… conversión personal, comunitaria y congregacional a una vivencia significativamente profética de nuestra vida consagrada» (ibid 9).

 He peregrinado por todo el mundo; por eso, he podido darme cuenta del valor de vuestra presencia profética para todo el pueblo cristiano. Los hombres y las mujeres de esta generación tienen gran necesidad de encontrarse con el Señor y de acoger su liberador mensaje de salvación. Y, de buen grado, quiero rendir homenaje, también en esta circunstancia, al ejemplo de entrega evangélica generosa de innumerables hermanos y hermanas vuestros, que a menudo trabajan en situaciones muy difíciles. Se entregan sin reservas, en nombre de Cristo, al servicio de los pobres, de los marginados y de los últimos.

No pocos de ellos han pagado, incluso en estos últimos años, con el testimonio supremo de la sangre su opción de fidelidad a Cristo y al hombre, sin ceder a componendas.

«Signo y testimonio del Reino de Dios entre los hombres» (CD Art 35).

El testimonio escatológico pertenece a la esencia de vuestra vocación. Los votos de pobreza, obediencia y castidad por el Reino de Dios constituyen un mensaje que comunicáis al mundo sobre el destino definitivo del hombre. Es un mensaje valioso: “Quien espera vigilante el cumplimiento de las promesas de Cristo es capaz de infundir también esperanza entre sus hermanos y hermanas, con frecuencia desconfiados y pesimistas respecto al futuro” (VC 27).

«El Espíritu Santo nos impulsa a la santificación y a la construcción del Reino del Padre» (XIII CG 10).

Lo que dice el evangelista de Simeón se puede aplicar perfectamente también a vosotros, a quienes el Espíritu lleva hacia una experiencia especial de Cristo. Con la fuerza renovadora de su amor, quiere transformaros en testigos eficaces de conversión, penitencia y vida nueva.

Tener el corazón, los afectos, los intereses y los sentimientos polarizados en Jesús constituye el aspecto más grande del don que el Espíritu realiza en vosotros. Os conforma a él, casto, pobre y obediente. Y los consejos evangélicos, lejos de ser una renuncia que empobrece, representan una opción que libera a la persona para que desarrolle con más plenitud todas sus potencialidades.

«… recuperar la fidelidad a la oración personal y comunitaria para alimentar la dimensión contemplativa de nuestra vida» (ibid 31,c).

La primera vocación de quien opta por seguir a Jesús con corazón indiviso consiste en “estar con él” (Mc 3,14), vivir en comunión con él, escuchando su palabra en la alabanza constante de Dios (cf Lc 2,38). En este momento, pienso en la oración, especialmente la litúrgica, que se eleva desde tantos monasterios y comunidades de vida consagrada esparcidos por toda la tierra. Queridos hermanos y hermanas, haced que resuene en la Iglesia vuestra alabanza con humildad y constancia; así, el canto de vuestra vida tendrá un eco profundo en el corazón del mundo.

«Este encuentro cotidiano con Jesús ‘hará de nuestra vida una acción de gracias al Divino Padre’» (CD 48).

La gozosa experiencia del encuentro con Jesús, el júbilo y la alabanza que brotan del corazón no pueden quedar escondidos. El servicio que prestan al Evangelio los institutos de vida consagrada y las sociedades de vida apostólica, con la variedad de formas que el Espíritu Santo ha suscitado en la Iglesia, nace siempre de una experiencia de amor y de un encuentro vivo con Cristo. Nace de compartir su esfuerzo y su incesante ofrenda al Padre.

«… hemos sido llamados por El a participar de una misma vocación formando una sola familia» (ibid 132).

Vosotros los consagrados y consagradas, invitados a dejarlo todo por seguir a Cristo, renunciáis a definir vuestra existencia a partir de la familia, la profesión o los intereses terrenos, y elegís al Señor como único criterio de identificación. Así adquirís una nueva identidad familiar. Para vosotros valen de modo particular las palabras del Maestro divino: “Este es mi hermano, mi hermana y mi madre” (cf Mc 3,35). Como sabéis bien, la invitación a la renuncia nos es para quedaros ‘sin familia’, sino para convertiros en los primeros y cualificados miembros de la ‘nueva familia’, testimonio y profecía para todos los que Dios quiere llamar e introducir en su casa.

Las reflexiones del Card. Eduardo Martínez Somalo, en esa misma ocasión, nos recuerdan que «la Eucaristía es el centro y la fuente de nuestra vida espiritual y de nuestros ministerios» (ibid 46).

La Eucaristía es inmolación. Tú consagrado, eres parte de esta gran Eucaristía, que se llama altar de Cristo. Desde la totalidad de su ofrenda se puede entender la identidad del consagrado. Eres altar, eres cáliz, eres sangre de Cristo, eres ofrenda, eres amor, eres holocausto. La persona consagrada sólo podrá experimentar al Dios Amor cuando abraza la cruz de Cristo…

La Trinidad es el primer círculo de amor. Nunca podremos tener auténtica caridad, nunca podremos hacer una entrega total, si no demostramos ese amor y esa entrega al Señor alimentándolos en la oración. De esta oración prioritaria elevada a Dios depende la eficacia de cualquier acción apostólica que realicéis…

Debéis tender siempre a esa cima de amor; debéis tender siempre a ese Cristo que se entregó por vosotros…

 

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