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Desterrar las preocupaciones inútiles

Jorge Ortiz González, M.Sp.S.
Superior General

 

Una vez más me sirvo de algunas reflexiones del Card. Carlo Maria Martini, Arzobispo de Milán, para iluminar el pensamiento y deseo de N. Padre fundador en torno a sus conocidas palabras: «Ante todo contemplativos y luego hombres de acción».  

Somos conscientes de que la vivencia diaria de la primera Prioridad capitular que toca nuestra consagración e identidad, no sería posible sin esa dimensión contemplativa tan recomendada por el P. Félix.

Sabemos por experiencia que no es fácil desterrar las preocupaciones inútiles. Nos asaltan la angustia, la ansiedad, el miedo. Los Evangelios nos insisten sobre la preocupación inútil como un verdadero enemigo de la vida espiritual.

Nuestra experiencia pastoral se refleja en el pasaje de Marta y María. Nos damos cuenta de que a veces tenemos la actitud de Marta y en otras ocasiones la de María, pero sin equilibrarlas.

Cuando somos Marta querríamos ser María, disponer de tiempo para orar, reflexionar, estudiar, y cuando lo tenemos nos ganan las urgencias y nos ponemos a hablar por teléfono o vamos a buscar a fulano o zutano, con la excusa de que debemos comprometernos, hacer algo, trabajar…

Sí, debemos desterrar las preocupaciones inútiles, aun si son pastorales. Todos vivimos esta preocupación que es nuestra tentación cotidiana y que no eliminamos dejando de lado nuestro compromiso ante el Señor. Es más, obrando así corremos el riesgo de vivir nuestras responsabilidades con calma pastoral.

Debemos aceptar que la preocupación pastoral es inevitable y no podemos esperar que desaparezca. El mismo Pablo (2Co 11,23ss) recuerda todas sus desaventuras (fatigas, encarcelamientos, golpes, peligro de muerte…) y al final añade: “Y a todo esto  se añade la preocupación diaria que supone la solicitud por todas las iglesias”.

Pablo vivía esta preocupación casi más allá de sus innumerables situaciones negativas; aunque no las hubiera tenido, bastaba la preocupación diaria por las Iglesias para agobiarlo. Y esto es inevitable porque somos servidores de la caridad de Dios, y es el mismo Pablo quien nos hace entender esa inevitabilidad cuando dice: “¿Quién desfallece sin que desfallezca yo? ¿Quién es puesto en trance de pecar sin que yo me abrase por dentro?” (v 29). La preocupación está ligada a la caridad pastoral que me hace sufrir con todas las personas que a mi alrededor se preocupan y sufren. Un pastor que no se preocupa de las ovejas no es pastor, no ve venir el lobo.

La preocupación pastoral no debe quitarnos la paz interior. La palabra-promesa de Jesús nos conforta: “Les dejo la paz, les doy mi propia paz. Una paz que el mundo no les puede dar. No se inquieten ni tengan miedo” (Jn 14,27). En un mundo que siempre está lleno de angustias y preocupaciones —basta entrar en contacto con las noticias diarias— no nos debemos turbar.

Es posible, entonces, una preocupación pastoral sin turbación, con una paz de fondo, paz que es claramente un don de Dios, que hay que pedir con humildad y recibir con gratitud.

La preocupación pastoral no debe quitarnos el sentido de las prioridades. La vivimos bien cuando no nos hace perder el sentido y orientación de las cosas. Y la primera prioridad es la Palabra de Dios. Si no ponemos la Palabra de Dios en primer lugar, confundiremos las cosas y las preocupaciones serán destructivas.

Recordemos la explicación de la semilla caída entre espinas: “Son esos que oyen el mensaje, pero las preocupaciones del mundo… los invaden, ahogan el mensaje y éste queda sin fruto” (Mc 4,18s). Si la preocupación pastoral sofoca la Palabra, no la deja respirar, se pierde el sentido de la prioridad.

La preocupación pastoral es buena cuando no sofoca la oración, es más la alimenta. Debemos dar amplios espacios a la oración. Es importante establecer tiempos precisos durante nuestro día, porque si esperamos tener algún momento libre para ello, jamás oraremos. Busquemos que la oración nos prepare a ese culmen que es la celebración de la Eucaristía y que de ella siga fluyendo.

La preocupación pastoral debe ser moderada poniendo orden entre las tantas cosas que debemos realizar a lo largo del día. No basta dar espacio a la oración si, al mismo tiempo, no ponemos orden en nuestros múltiples compromisos.

La preocupación o las preocupaciones pastorales se asientan dejándolas en el Señor, según la sabia enseñanza de Pedro: “Así pues, humíllense bajo la poderosa mano de Dios, para que os encumbre en su momento. Confíenle todas sus preocupaciones, puesto que él se preocupa por ustedes” (1P 5,6-7). Y luego continúa: “Vivan con sobriedad y estén alerta. El diablo, su enemigo, ronda como león rugiente buscando a quien devorar” (v 8). Podemos contemplar en este “león rugiente” a ese gran enemigo del hombre que es la preocupación como tentación diabólica y peligrosa, es la preocupación pastoral cuando no la vivimos de acuerdo a las condiciones arriba mencionadas.

De acuerdo a estas orientaciones, ¿qué actitudes debemos modificar para conseguir esa “otra característica de los apóstoles de Cristo (que) es la Contemplación”, de modo que logremos vivir en “un estado en el cual la oración domina toda la vida y el alma está continuamente bajo su influencia”? (ECC 209).

 

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