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Decreto sobre las virtudes heroicas
de la Venerable Concepción Cabrera de Armida

Homilía de la celebración eucarística
(El Altillo, D.F., 20 de diciembre de 1999)

Jorge Ortiz González, M.Sp.S.
Superior General



Conchita, ¿verdad que no te esperabas esta reunión? Jamás la hubieras pensado, pues deseabas desaparecer, estar oculta como cimiento, pasar totalmente desapercibida.

Pero hoy, en Roma, el Papa Juan Pablo II ha hecho público el Decreto sobre tus virtudes heroicas. Es el término de un largo proceso que podemos decir se inició un 8 de diciembre de 1862, cuando tus padres te trajeron a la existencia. Tu amigo y compañero el P. Félix Rougier diría que eso comenzó “desde la eternidad… en el Corazón de Dios”.

Ese largo proceso no culminó con tu muerte, sino que en 1956 las Religiosas de la Cruz y los Misioneros del Espíritu Santo quisieron que se iniciara tu Causa de beatificación y canonización. Hoy toda la Obra de la Cruz se ha constituido en Actora de tu Causa.

Cuántos trabajos y estudios en México, en San Luis Potosí, en Roma. Cuántos gozos, penas, zozobras para llegar hasta este día. Votos positivos, negativos o suspensivos, aclaraciones y profundizaciones. Esto de promover una Causa es más que complicado y seguramente a ti no te hubiera gustado.

Pero, ¿no te acuerdas que allá en 1901 tú misma tuviste que ser examinada en tu espíritu por iniciativa del padre Alzola? Cuántos sentimientos, luchas y tentaciones surgieron en tu corazón cuando tuviste que abrir tu alma a los padres Del Moral, Melé, Soler, Carrera… Te morirías de pena si supieras que en Roma leyeron todos tus escritos y hay personas que te conocen al derecho y al revés.

Pero ahora, como te decía, hemos llegado al término después de muchos sobresaltos y sudores. ¿Qué sientes en tu corazón al escuchar que la Sierva de Dios Concepción Cabrera viuda de Armida, Madre de familia, ha ejercitado en grado heroico las virtudes teologales, cardinales y las anexas a ellas?

Estamos hoy aquí tus hijos e hijas, una gama variada de personas: tu familia de sangre, la Gran Familia de la Cruz (13 Congregaciones religiosas, 4 obras para seglares y una para sacerdotes). Nos hemos reunido en torno a ti no para celebrarte o ensalzarte, no para admirar tu vida o virtudes; sino para elevar todos juntos, contigo, un himno de agradecimiento a Dios Trinidad por la obra que ha realizado en ti, por la fecundidad que ha depositado en tu corazón, porque el Espíritu ha suscitado a través de ti ríos de agua viva que sacian nuestra sed y nos llenan de vida.

Tu presencia entre nosotros, el contemplar tu vida, el leer tus escritos, el saber que has vivido las virtudes en grado heroico, ¡ya eres Venerable!, todo esto nos anima a seguir luchando sin desfallecer en la carrera. Tu ejemplo nos estimula en el camino de la vida y sabemos que nos ayudas con tu intercesión.

Conchita, nos felicitamos y te felicitamos, queremos hacer de nuestras vidas, de cada momento de nuestra vida, una Eucaristía, una ofrenda del Verbo encarnado. Como Familia de la Cruz, tu Familia, queremos vivir y desarrollarnos bajo el impulso del Espíritu Santo para continuar, a través del tiempo y del espacio, tu clamor de intercesión que nos dio origen: ¡JESUS, SALVADOR DE LOS HOMBRES, SALVALOS!

Hermanos y hermanas: Quisiera recordar brevemente algunos datos que nos hagan tomar conciencia del momento que estamos viviendo.

El 19 de octubre de 1999 se llevó a cabo en el Vaticano, la Congregación Ordinaria de Cardenales y Obispos para examinar la vida y las virtudes heroicas de la Sierva de Dios Concepción Cabrera de Armida.

Esta reunión tuvo como objetivo el estudio cuidadoso de un documento llamado Relatio et Vota, que contiene el estudio de nueve teólogos consultores sobre las virtudes heroicas de Conchita. En dicho documento se presentan las afirmaciones de los examinadores teólogos, sus dudas y aclaraciones. El documento contiene, además, las precisiones que han hecho los Actores de la Causa, es decir quienes la presentaron como candidata a ser beatificada.

Propiamente en esta reunión se examinó si la fama de santidad de Conchita tenía un fundamento sólido. Esta fama de santidad debe estar apoyada en una vida recta y en el ejercicio de las virtudes heroicas.

En el lenguaje popular se llaman virtudes heroicas aquéllas que están relacionadas con hechos extraordinarios, y esto puede ser cierto. Pero lo más importante, y lo que se estudia teológicamente, es si dichas virtudes tienen estas cuatro características: haberlas ejercido con facilidad, prontitud, siempre y con alegría, como resultado de un don de Dios y como respuesta generosa por parte del ser humano.

El juicio de los Cardenales y Obispos fue positivo. Es decir, han declarado que las virtudes de Conchita pueden llevar el calificativo de heroicas. O, mejor dicho,  que la fama de santidad de que gozó en vida, y después de su muerte, tiene una base sólida en el ejercicio de las virtudes en grado heroico.

No es éste el lugar adecuado para extendernos y mencionar los pormenores de la ponencia presentada por el Card. Alfonso López Trujillo, Relator de la Causa en la Congregación Ordinaria de Cardenales y Obispos.  Pero sí veo oportuno el que escuchemos sus conclusiones:

«El documento “Ecclesia in America” pone de relieve la primacía de Dios revelado en Jesucristo y la importancia básica del encuentro con El como fundamento del ser cristiano y de la misión evangelizadora del Continente.

Todo el capítulo III, centrado en la conversión a la santidad, constituye un llamado a profundizar y asumir la auténtica espiritualidad cristiana que no es otra cosa que “la vida en Cristo y en el Espíritu, que se acepta por la fe, se expresa por el amor y, en esperanza, es conducida a la vida dentro de la comunidad eclesial” (29).

Me parece que la vida de la Sierva de Dios, tal y como es presentada hoy, sea una “encarnación” de lo que los Obispos expresaron en el n. 29 de este documento:

  • «Ella es una discípula que con su vida, sus escritos y sus obras apostólicas, se transforma en testigo de la primacía de Dios hasta dar su vida, en la experiencia cotidiana, en oblación por la Iglesia y el mundo.

  • «Es una laica para quien la oración y la contemplación son fuente de unión con Dios y de fecundidad apostólica a favor de los hermanos.

  • «Es una esposa y una cristiana que se alimenta de la liturgia, de los sacramentos y que integra en la vida y en muchas de sus obras la religiosidad popular.

  • «Es una esposa y una madre que, en el propio ámbito y en armonía con la formación de su tiempo, se comprometió en la realización de un México más justo.

  • «Es una esposa, madre, laica que por más de 40 años tuvo una dirección espiritual tal que la llevó a ofrecerse radicalmente a Dios y al prójimo.

«Sus Obras, pero sobre todo su vida, pueden ser para América y para el mundo, un fuerte llamado a la santidad y un testimonio de que cuando decimos santidad hablamos no sólo de “una parte de la vida, sino la vida toda guiada por el Espíritu Santo” (EIA 29).

En México, que es una nación de sólida cultura cristiana, probada por la misma persecución, la fama de santidad de la Sierva de Dios es impresionante.

En América Latina donde existe la necesidad de estos modelos de santidad, la Sierva de Dios impulsará a tantas personas a seguir a Jesús y servir a la Iglesia.

En el mundo, donde están dispersos sus hijos e hijas, presentes en más de 15 naciones… y fidelísimos a la Iglesia (conozco cercanamente a los Misioneros del Espíritu Santo), esta vida de confiada respuesta al Señor, será como un nuevo oxígeno».

Termino estas reflexiones con unas palabras de Conchita del 2 de enero de 1924, como conclusión de los ejercicios que le predicó el P. José Guadalupe Treviño, M.Sp.S., y que son una invitación para responder con fidelidad a nuestra vocación de ser continuadores de la obra y misión de Concepción Cabrera de Armida:

«Moriré: no podré ya sufrir… Me faltarán las fuerzas para postrarme al pie del Sagrario… Mi corazón dejará ya de latir… Pero, qué consolador será para mí pensar que sobre la tierra quedarán labios que en mi nombre continuarán alabando a Dios… Corazones, que en mi nombre sigan latiendo de amor por Jesús… Hostias vivas, que en mi nombre sigan elevando al cielo el perfume divino de la sangre… ¡SON MI SANGRE! y en ellos continuaré sufriendo, como continuaré amando... No moriré del todo, hijos míos, me sobreviviré en vosotros» (CC 44,176a).

 

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